El Iceberg

Se han amuchado las voces para pegarle al ‘Ñato’ Eleuterio Fernández Huidobro. Se cuentan por decenas las declaraciones y comunicados admonitorios contra el hombre y pululan en las redes sociales las exigencias de destitución o no confirmación del ministro en la cartera de Defensa Nacional.

Son pocas, por el contrario, las voces que se han levantado para defenderlo aunque más no sea en su honor; para colmo, entre los pocos que lo han defendido públicamente, el único que ha tenido el eco interesado de los medios ha sido un miembro del Foro Libertad y Concordia, un grupo ultraderechista de apoyo a los represores de la última dictadura militar que cumplen penas de prisión por su ejercicio del terrorismo de Estado. Este solitario respaldo tan inconveniente para el denostado lo señala muy particularmente la senadora Constanza Moreira en su última columna en Montevideo Portal, titulada “Fernández Huidobro: la punta del Iceberg”. Dada la metáfora, corresponde esta vez abordar el Iceberg, porque es evidente que el único punto de contacto entre el Ñato Huidobro y sus detractores en este instante controvertido es que debajo de este episodio se hunde en el mar de la realidad un iceberg o, por lo menos, un Iceberg.

En su artículo, Constanza intenta delimitar el Iceberg en algunos párrafos. Señala que la confirmación de Fernández Huidobro al frente del Ministerio de Defensa no “está en sintonía con los logros y el espíritu del Frente Amplio [FA] ni honra uno de sus emblemas principales: la lucha por verdad y justicia como una causa ética, universal y de principios”, y echa mano a declaraciones de Gerardo Caetano en las que el politólogo e historiador afirma que la renovada designación de Fernández Huidobro “obedece al respaldo militar”. Cierto es que Constanza no dice eso abiertamente, lo que constituiría de su parte un triple golpe –a Fernández Huidobro, naturalmente, pero también a Pepe Mujica y a Tabaré Vázquez, quienes, no debe soslayarse, son los que lo han designado–, sino que recurre al procedimiento de citar a otro que lo diga, en este caso a Caetano –que sí lo dice–, pero a continuación es ella, la senadora reelecta y también politóloga, la que aporta los fundamentos de esta apreciación de Caetano porque, después de todo, “en efecto” –escribe Constanza– “su defensa de la corporación ha sido consistente, sistemática y, por cierto, muy poco alineada con principios rectores del FA”. Comienza entonces Constanza Moreira a enfocarse en la política de defensa nacional que se ha llevado adelante en estos años, y manifiesta que no sólo no se ha avanzado, sino que se ha retrocedido. Hace un somero recuento de algunos aspectos de la política de la defensa que ella no comparte y que, por lo tanto, fungen de demostración del retroceso que observa y culmina argumentando contra el mantenimiento de tropas en la misión de paz en Haití. Porque para Constanza la Minustah también forma parte del trasfondo de todo esto. Cabe decir, sin embargo, que en un párrafo Constanza admite que la “lucha dada en su último Congreso [del FA] y en la Unidad Temática sobre temas de defensa […] ha fracasado”. En mi humilde opinión ahí está el Iceberg que estamos omitiendo todos con el riesgo inmenso que supone omitir un Iceberg, tal cual ya demostró el inhundible Titanic.

El Iceberg verdadero consiste en que la política de defensa nacional que ha aprobado y ratificado el FA en sus instancias convocadas para tal fin no tiene nada que ver con la que propone Constanza Moreira y, eventualmente, Gerardo Caetano o el Servicio Paz y Justicia (Serpaj) o el cúmulo de organizaciones sociales y organizaciones no gubernamentales que le han saltado al cuello a Fernández Huidobro. En ese sentido corresponde aceptar que el que está en minoría en el FA no es el Ñato, sino sus oponentes y que, bueno es decirlo, en su mayoría no tienen ninguna obligación de acatar esa línea porque, en tanto organizaciones de la sociedad civil, no les cabe ninguna disciplina partidaria. Los que sí tienen que acatar el programa son los legisladores y miembros del Poder Ejecutivo elegidos bajo el lema del FA. El resto puede, de forma honesta y genuina, patalear contra la gestión del ministro en discordia, pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Analizamos hace unos cuantos meses, en la edición del viernes 9 de mayo de Caras y Caretas, el documento sobre la política de defensa nacional elaborado y rubricado el 29 de abril por el Consejo de Defensa Nacional (Codena), organismo creado por la ley marco de defensa nacional, Ley 18.650, que fuera aprobada por la unanimidad de los partidos con representación parlamentaria en la anterior legislatura. Es un documento de 48 páginas titulado “Política de Defensa Nacional”, que cobró en su momento cierta notoriedad en ambas riberas del Río de la Plata por señalar que la presencia de potencias extrarregionales en el Atlántico Sur (referencia inequívoca a Inglaterra y su ocupación de las islas Malvinas) era una de las dos amenazas latentes para Uruguay en el rubro de los conflictos regionales, junto con el agravamiento de posibles conflictos fronterizos entre países de la región y la eventual carrera armamentística concomitante. El documento es mucha más que eso y no vale la pena analizarlo ahora en detalle, pero conviene señalar su existencia para desmentir la extendida afirmación de que no existe una política de defensa nacional del FA o, como lo dice tan elocuentemente Constanza, que existe una “no-política con respecto a las Fuerzas Armadas que es toda una definición política”. Eso, sencillamente, no es así: existe una política en el ámbito de la defensa, se viene aplicando hace años y, de acuerdo con lo que puede leerse en el último programa del FA, se seguirá aplicando en los próximos años. Esa política no pasa por la supresión de las fuerzas armadas ni por la reducción de su presupuesto, ni cuestiona su vigencia o la relevancia de sus operaciones porque nuestro país “no ha tenido un conflicto militar en los últimos cien años”, como señala Constanza en su artículo. Por el contrario, incluso en las bases programáticas del FA para el gobierno 2015-2020, en las páginas 184 y 185, pueden leerse cosas como: “Nuestras fuerzas armadas son el elemento profesional y permanente del factor militar y deben tener, por tanto, la capacidad y la doctrina necesarias para integrase con el pueblo para una auténtica defensa militar, bajo el encuadre y la conducción que el poder político democráticamente elegido determine”. O en otro párrafo, más adelante: “Se acuerda en formar fuerzas armadas con una integración racional en el marco de su nueva doctrina, con personal altamente calificado y dignamente remunerado. El número y formación de los efectivos, materiales, equipos y presupuesto asignados surgirán de las exigencias planteadas por la nueva Política de Defensa Nacional y su Política Militar de la Defensa siendo los necesarios, suficientes y acordes al cumplimiento de las misiones asignadas”. Pero además, en este mismo programa del FA, entre otras muchas cosas, se avisa que se viene la discusión para elaborar una “nueva doctrina de defensa nacional que destierre, definitivamente, la doctrina de Seguridad Nacional” que Estados Unidos impuso por intermedio de la Escuela de las Américas. Y es a eso a lo que ha estado avocado el Ñato Fernández Huidobro durante su gestión en el Ministerio de Defensa, y eso es, justamente, lo que debe continuar haciendo, de acuerdo con lo resuelto en el Congreso del FA, y para lo que lo ha ratificado el presidente electo Tabaré Vázquez, quien, al igual que el Secretariado del FA, reconoce la calidad de su gestión –aunque al Secretariado parece costarle decirlo en voz alta–, así no le quede ni un voto propio de los muchos que supo tener.

No he querido hacer foco aquí en el interdicto entre Fernández Huidobro con Serpaj, en particular, con su representante Madelón Aguerre. Para mí es evidente que si Serpaj o su vocera afirmaron que el ministro de Defensa, Fernández Huidobro, obstaculizaba la búsqueda de los desaparecidos y oculta deliberadamente información para favorecer a los responsables de los delitos de lesa humanidad, lo menos que puede recibir en respuesta del agraviado es un insulto. Porque lo que ella disparó fue un misil por debajo de la línea de flotación, una acusación durísima para un hombre que, mal que les pese a muchos, se comió 4.700 días entre cuarteles, aljibes y torturas, después de haber sido acribillado en la casa de la calle Amazonas. Yo no sé si eso merece un reconocimiento, pero al menos merece respeto. En ese sentido, el Ñato tiene el cuero duro: si no lo mataron con punto treinta, no lo van a ablandar a puteadas.

En otro orden: puede parecer jodido de mi parte, pero es insólita la dificultad que existe para comprender un discurso irónico. Huidobro dice que si Serpaj lo autoriza a torturar capaz que consigue información. Lo que dice en esa frase es, claramente, que él no tiene una información que oculte, pero que tampoco tiene otro método para conseguirla que obtener declaraciones voluntarias de militares o ex militares que decidan romper la omertá. El hecho de ser ministro de Defensa no le da un poder especial sobre la voluntad de hablar de los implicados, y si de lo que se trata es de quebrar la voluntad a prepo, los procedimientos que existen son los mismos que te convierten en tu enemigo. No hay, para mí, en esa frase ninguna banalización de la tortura, más bien lo que hay es un golpe bruto de realismo mediante la ironía. Me parece que más banaliza la tortura aquel que cree que un tipo que sufrió trece años de aislamiento y tortura puede banalizarla.

Un fragmento más del Iceberg es a qué país aspiramos. Yo no quiero la impunidad. La odio. Odio la ley de impunidad y lo que ella produjo, pero estoy a favor de los institutos de democracia directa y los plebiscitos me pesan. Yo, que aprecio mucho al Ñato, con quien he militado muchos años, quiero la verdad y quiero la justicia tanto como cualquiera de los que hoy lo atacan. No formo parte de una generación de combatientes ni formé ni formaré parte de ningún pacto, sea presunto o concreto, para dar garantías de salvación a ningún genocida. Pero mi aspiración fundamental es el socialismo. Y soy de los que creen que para la construcción de nuestro socialismo necesitamos soberanía total, y un componente sin el cual es imposible la construcción de soberanía y la verdadera autodeterminación es la defensa. La defensa en todos los sentidos, incluso el militar. Por eso, aunque nunca tuve ningún aprecio por los militares, no desconozco que las fuerzas armadas tienen que cumplir un papel fundamental en la protección de nuestro destino y, sobre todo, de nuestra autoridad sobre nuestro destino. Unas fuerzas armadas tienen que tener, se cae de maduro, compromiso con el proyecto de país que se está construyendo. Porque está claro que puede haber un destino de buenos modales con los dueños del mundo y es compatible con vivir en el paraíso de los completamente desarmados, pero si realmente en América Latina estamos intentado construir un horizonte que confronte con el pensamiento dominante de los poderosos, más vale estar preparados para cualquier contingencia. Porque el día que avancemos en un proyecto propio lo suficiente como para suscitar el interés de agredirnos de un poder extraterritorial o, simplemente, alguno de nuestros recursos despierte la voracidad de algún pesado, hay que tener bien claro cómo vamos a cuidar nuestro suelo, nuestra patria y a nuestro pueblo. Esa es la función de Ministerio de Defensa. Y yo creo que falta mucho, pero esa función la están cumpliendo bien el ministro y su equipo.

 

* Publicada en Caras y Caretas el viernes 02 de enero de 2015

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