El revés de la trama

Tras las polémicas declaraciones del ministro de Defensa Nacional, Eleuterio Fernández Huidobro, los derechos humanos y las organizaciones no gubernamentales que trabajan en este campo se convirtieron en el centro de las discusiones.
Por Leonardo Borges

“Milton [Friedman] es la encarnación del aforismo que reza que las ideas tienen sus consecuencias”.

Donald Rumsfeld

 

 

En las últimas semanas, un secretario de Estado, nada menos que el ministro de Defensa Nacional, coqueteó en sus palabras –por cierto irónicas– con la idea de que existe una motivación o una ideología detrás de algunas ONG que actúan en muchos países del mundo. Esa motivación no se manifiesta, por cierto, en esas organizaciones en particular, sino en la estructura de poder que las mantiene.

El ministro dirigió su mirada a una en particular, el Servicio Paz y Justicia (Serpaj Uruguay). Tras la contienda, el chisporroteo mediático, las idas y vueltas de un tema en el que se juegan otros temas subsidiarios (el pasado, nuestro pasado), queda tiempo para intentar comprender esas motivaciones, si existen o no, y tal vez respondernos, de una vez por todas, de quá hablamos cuando hablamos de derechos humanos.

 

 

Derechos humanos y palabras

El concepto de derechos humanos es de vieja data. Se puede entroncar con el Iusnaturalismo dieciochesco e incluso antes, pero en general parte de una premisa occidental, más allá de que existan otros ejemplos antiguos y orientales (el Cilindro de Ciro, por ejemplo). Los derechos humanos se conformaron a partir de la civilización occidental como un deber ser que fue amalgamándose a las circunstancias. Se podría seguir el concepto (o derivados) a lo largo del desarrollo de Occidente, desde Grecia, Roma, con puntos altos en la Revolución Inglesa (Bill of Rigths) y la Francesa (con la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano).

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) llevó a las potencias a generar un organismo supranacional denominado Sociedad de las Naciones, en la que determinados derechos se consagraban. A pesar de esto, la Sociedad de las Naciones fracasó rotundamente con el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial. Tras los excesos y las atrocidades del nazismo apareció una nueva institución, más poderosa y un poco más vinculante, denominada Organización de las Naciones Unidas (ONU) y una nueva concepción de los derechos humanos. Allí se sentaron las bases de la Declaración de París, de 1948. Se inició así el camino más conocido de la lucha por esos derechos, de la mano de las dos superpotencias vencedoras de la guerra, que aparecen como firmantes de la primera declaración. De todos modos, faltaría mucho tiempo para que se tomara en serio el concepto.

Estados Unidos y la Unión Soviética se desacreditarán y denunciarán mutuamente por lo que ellos consideraban violaciones de los derechos humanos cometidas por su enemigo. La Guerra Fría prosiguió igualmente con el terror y la impunidad del poder de uno y otro bando. Esa impunidad pronto arribó a Latinoamérica, y se instalaron dictaduras despiadadas en consonancia con esa guerra ya no tan fría. Las palabras sucedieron a los hechos, y los intentos de justificación de aquellas atrocidades. Las palabras son el mástil de las ideologías y rápidamente se convierten en conceptos puros y “políticamente correctos” que esconden motivaciones. Quién podría olvidar la utilización de la palabra “civilización” por parte de los imperialistas británicos o franceses en la segunda mitad del siglo XIX, y quién podría discutir lo correcto (en aquel momento histórico) del concepto.

Otras palabras han abonado la historia contemporánea, de un lado y de otro, y han sido funcionales. Por ejemplo, “democracia” (cuántas intervenciones estadounidenses se hicieron en nombre de esa hermosa palabra). Tal vez algo más cercano en el tiempo. En 1993, un politólogo estadounidense escribía un artículo titulado ‘The Clash of Civilizations?’; años más tarde, en 1996, se convertiría en un libro, en el que ya no se planteaba la pregunta, sino la afirmación que iba acompañada por “y la reconfiguración del orden mundial”. Ese hombre era Samuel Huntington, quien formaba parte del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca y asesoraba nada menos que a Donald Rumsfeld, mano derecha de George W. Bush y alma máter de las guerras en Medio Oriente. La palabra “terrorismo” pasó entonces a engalanar el cúmulo de palabras intocables. El 20 de setiembre de 2001, a nueve días del ataque a las torres gemelas, en Nueva York, George Bush simplificó el mundo nuevamente: “O estás con nosotros o estás con los terroristas”.

 

 

Un diálogo difícil

Tras el fin de las dictaduras latinoamericanas, las palabras “derechos humanos” aparecieron naturalmente después de las atrocidades cometidas por el terrorismo de Estado. Allí surgieron de forma natural las organizaciones sociales que buscaban la verdad y la justicia. Igualmente, las causas de aquellos hechos, el trasfondo, los culpables quedaron en el limbo más absoluto. No solamente los que cometieron de hecho los excesos, sino las motivaciones que estaban detrás de aquellas atrocidades. O sea, las atrocidades no eran el fin, sino el terrible medio. Otra vez las palabras inyectaron ideología, y muchos no se dieron cuenta. La lucha contra el fantasma del comunismo y la implantación de un nuevo modelo fueron acicate suficiente. La investigadora y periodista Naomi Klein sostiene en su libro La doctrina del shock, con respecto a las razones y los culpables: “Estos actos de terror se calificaron como actos ‘contra los derechos humanos’, en lugar de como herramientas con fines claramente políticos y económicos”.

La autora sostiene que justamente las políticas de derechos humanos en ese sentido le hacen el juego al sistema, dado que se centran en los crímenes y no en las razones que los motivaron. Pero más allá del fondo, la fachada de América Latina tras las dictaduras era brutal. Y allí emergieron las organizaciones sociales y más tarde las ONG en busca de verdad y justicia.

Los derechos humanos tras las dictaduras aparecieron claramente en la agenda política de la izquierda como nunca lo habían estado. Se dio por momentos una especie de monopolización de estos derechos por parte de sectores de la izquierda. En Uruguay, principalmente, dada la apoplejía del Estado escondida tras la ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado (de 1986).

Recién en el gobierno de Jorge Batlle (2000) se creó la Comisión para la Paz, en la que se unía parte de la sociedad civil, organizaciones y el Estado, quienes debían por mandato legal investigar. La apoplejía mejoró, pero faltaban hechos. El advenimiento del Frente Amplio al gobierno trajo aparejados muchísimos cambios en lo que a pasado reciente refiere. Búsquedas, encuentros, juicios, militares presos y hasta el ex presidente y dictador Juan María Bordaberry en prisión por atentar contra la Constitución. Pero proseguía la puja entre los civiles que habían luchado desde el primer momento y el Estado. A pesar de que muchos de los que ahora timoneaban ese Estado habían estado del otro lado de la barra, luchando codo a codo en las organizaciones sociales. Ya en el siglo XXI, los países latinoamericanos siguen en la búsqueda, algunos más cerca, otros más lejos de la justicia.

 

 

Agenda siglo XXI

Las palabras no son en ningún caso inocentes: civilización, democracia, lucha contra el comunismo o terrorismo, son algunas de las que se han utilizado para justificar invasiones e implantaciones de modelos foráneos. Quizá se debería revisar la agenda de los países poderosos para comprender sus motivaciones actuales.

El Comando Sur de Estados Unidos o Comando Meridional de Estados Unidos o Ussouthcom (United States Southern Command) representa uno de los comandos del país que están desplegados en el mundo y tiene como objetivo el sur del continente americano, América Central y el Caribe. Su base está en Miami. Unifica más de 1.200 soldados de todas las fuerzas, tiene un comandante y una flota desde 2008 llamada Cuarta Flota. Creada en 1943, fue disuelta tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y en 2008 inició de nuevo sus actividades, con base también en Florida. Este comando tiene una serie de misiones en el área que le corresponde, muchas de ellas –o todas– compartidas por los demás comandos desplegados en el mundo. Una de ellas son los derechos humanos. El comando tiene una división de Derechos Humanos que posee cinco responsabilidades: “Asesorar e informar sobre cuestiones de derechos humanos; establecer y apoyar programas de formación en derechos humanos; asegurar que los derechos humanos forman parte de los ejercicios del Comando Sur y las operaciones; promover el respeto de los derechos humanos mediante el apoyo a las iniciativas regionales; servir de enlace con otras entidades que trabajan temas de derechos humanos, como la comunidad interagencias, organizaciones internacionales y organizaciones no gubernamentales de derechos humanos”.

Por lo tanto, el comando lleva adelante políticas en pro de los derechos humanos. Una de ellas es el denominado Centro de Formación en Derechos Humanos (Cecadh), con sede en San José de Costa Rica y del que Uruguay forma parte. Los lineamientos del Cecadh (una especie de ONG) están alineados con los del Comando Sur: defender los derechos humanos. Las palabras, nuevamente las palabras.

Igualmente detrás de los uniformes, que malos recuerdos traen a los latinoamericanos, se esconden otras agencias gubernamentales de apoyo económico, que están obviamente alineados detrás del comando. La United States Agency for International Development o Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional  (Usaid). Es una institución que se encarga de distribuir ayuda de carácter no militar en el mundo.

Si bien recibe órdenes del Departamento de Estado, es prácticamente independiente. Su misión específica es, directamente o por intermedio de subsidiarias, sostener la política estadounidense en el exterior por medio de la ayuda; en pocas palabras, dinero.

La Usaid ha sido acusada en innumerables oportunidades de ser mascarón del proa de la CIA. Su director Mark Feierstein se ha despachado al respecto sin cortapisas, la USAID apoya a grupos venezolanos opositores, muchos de ellos acusados de formar parte del intento de golpe de Estado a Hugo Chávez, y otros episodios de desestabilización a su gobierno. Feierstein sostuvo que los apoyan porque “están luchando por los derechos humanos y la democracia”. Esas ONG son financiadas por la Usaid casualmente en pro de una de las motivaciones del Comando Sur.

Wikileaks hace unos años difundió una serie de telegramas del ex embajador en Venezuela William Brownfield, en los que informaba que decenas de ONG venezolanas eran financiadas por Usaid o sus subsidiarias. Brownfield sostuvo en uno de los telegramas: “La infiltración en la base política de Chávez […] la división del chavismo […] la protección de los intereses vitales de Estados Unidos […] y el aislamiento internacional de Chávez”.

El papel de la Usaid en Paraguay ha sido puesto en tela de juicio y fue expulsada de Ecuador y de Bolivia por esas injerencias. ¿Será entonces la Usaid una fachada de la CIA y el Comando Sur en lo ideológico? ¿Quiénes más financian a las ONG en el mundo? ¿Qué motivaciones poseen? ¿Son los derechos humanos la nueva doctrina?

El año pasado, otra de las organizaciones que vuelcan enormes sumas de dinero se retiró de Ecuador debido a las trabas del gobierno sobre a quién se le entregan las donaciones, la Konrad Adenauer Stiftung (KAS). Esta ha sido acusada en varias oportunidades de transmitir las motivaciones de las potencias del centro. El caso de Venezuela es uno de los más emblemáticos, en el que la KAS afirma, por ejemplo: “El hecho de que en Venezuela el movimiento de oposición Mesa de Unidad está surgiendo como una alternativa genuina al devastador proyecto populista y destructor de Hugo Chávez hace que nos sintamos optimistas. La KAS comparte este desafío con la Mesa de Unidad” (Diálogo político, publicación trimestral de la Konrad-Adenauer-Stiftung A. C. Año XXVIII, Nº 1, marzo de 2011, página 198).

Algunos analistas sostienen que la KAS, una organización alemana que lleva el nombre del ex presidente Konrad Adenauer, sigue los lineamientos de Washington. No podemos asegurarlo de ninguna forma. Es una organización relacionada con los partidos de corte cristiano, eminentemente conservadores en varios aspectos. Adenauer provenía de un partido conservador denominado Zentrum, directamente católico, que luego se unió con otros y formó la Unión Democrática Cristiana.

Otras poderosas organizaciones e instituciones que han sido sindicadas como colaboracionistas del sistema (de algunas no hablaremos pues no tenemos espacio, como la NED) son el grupo de organizaciones y subsidiarias del millonario húngaro George Soros. Open Society Foundations (OSF) es una de ellas y vuelca millones de dólares a ONG en el mundo entero. Sus objetivos son promover la democracia, los derechos humanos y gobiernos abiertos a la participación ciudadana.

Uruguay recuerda ese nombre dado que OSF es una de las organizaciones que están a favor de despenalizar el consumo de marihuana. Millones de dólares son volcados por OSF y otras fundaciones lideradas por Soros.

Otra de las fundaciones que están en tela de juicio es nada menos que la Ford Foundation. La fundación se creó en 1936 con dineros de tres accionistas de la empresa, incluido Henry Ford. En el transcurso de los años fue haciéndose independiente de la directiva, hasta que en 1974 se despegó totalmente. Naomi Klein sostiene irónicamente que fue después del golpe en Chile. Fue la Fundación Ford la que financió mediante un programa a la generación que se denominó Chicago Boys, que fueron los encargados del ajuste estructural en los países de América Latina. La fundación financia desde los años ochenta a organizaciones de defensa de los derechos humanos. Según Klein, gastó 30 millones de dólares en defensa de esos derechos en Latinoamerica en esa década. La ironía, según la autora, es justamente que el modelo autoritario trajo consigo un modelo económico (o viceversa), y la Fundación Ford estuvo también detrás. Hoy en día, la fundación defiende los derechos humanos. La palabra del momento.

 

 

La punta de la madeja

En Uruguay las organizaciones no gubernamentales obviamente reciben dinero de otros países, y eso no quita un ápice de compromiso en busca de la verdad y la justicia. Pero también sería bueno preguntarse hasta qué punto las fundaciones u organizaciones han minado este sistema. En el caso de Serpaj Uruguay la transparencia es clara, dado que existe al alcance de cualquiera una lista de apoyos a la institución. En esa lista aparecen organizaciones históricas en la búsqueda de la verdad junto a otras agencias gubernamentales foráneas. La KAS aparece en la lista, así como nada menos que la embajada de Reino Unido, un fondo canadiense para iniciativas locales (cuyo tema prioritario en su página web es promover los derechos humanos) y la Unión Europea.

Por otra parte, aparece una fundación denominada Tides Foundation de Estados Unidos, que a su vez es financiada por George Soros y nada menos que la Ford Foundation. Sumado a esto, encontramos la financiación del Fondo de las Américas, obviamente proveniente de Norteamérica.

¿Aparece la Usaid directamente en la financiación de Serpaj? No. Pero si acercamos la lupa encontraremos una serie de dudas razonables. Serpaj forma parte del Observatorio de Políticas Públicas de Derechos Humanos en el Mercosur. Ese observatorio está financiado por varias organizaciones y fundaciones, entre ellas la John Merck Foundation de Estados Unidos. Aparece también el apoyo no monetario del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH), el organismo supranacional que colabora en estos menesteres y que está conectado con ambas. El IIDH aparece apoyado directamente por la Usaid (ver página web), además de otras agencias internacionales (Canadá, Noruega, Dinamarca). Prácticamente todas las organizaciones comparten financistas directa o indirectamente. El Instituto de Estudios Legales y Sociales, por ejemplo, es financiado por la Unión Europea. Si subimos la mirada hacia la región, podemos encontrar Centro de Estudios Legales y Sociales de Argentina, que es financiado por la John Merck Foundation, la Embajada británica, la Fundación Ford y la Unión Europea, entre otros; el Instituto Sou da Paz de Brasil (también perteneciente al Observatorio) detalla las donaciones de OSF, Ford Foundation, entre otras.

Podría entonces leerse de varias formas. Estamos todos por primera vez tirando para el mismo lado: las potencias occidentales, el tercer mundo y las ONG. O tal vez debamos analizar más fríamente las cuestiones, intentando separar la paja del trigo, buscando quizá el revés de la trama.

 

* Publicada en Caras y Caretas el viernes 02 de enero de 2015

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