El tema de fondo es la verdad histórica

No debería menospreciarse nunca a la derecha. Ni siquiera debemos de dejar de llamarla derecha. En realidad los poderes económicos que sostienen a la derecha política son los que tienen “el poder”, son las clases sociales que sostienen a la derecha, para no hablar con eufemismos.

Cuando la izquierda pierda o sea obligada a retroceder –lo que alguna vez ocurrirá– deberá recordar que haber menospreciado el papel nefasto de los medios de la derecha habrá sido su pecado más imperdonable.

La derecha es muy inteligente y aprende de sus derrotas. Maneja, además, los grandes medios –que son el principal instrumento en la lucha por la hegemonía cultural– y es capaz de montar grandes operaciones mediáticas.

Entre algunas de estas operaciones, políticas, apuntaladas u orquestadas por los medios de la derecha, cabe destacar la puesta en marcha de “la positiva” en la elección anterior, la construcción de la imagen de “Pompita”, la idea mentirosa de que las capas medias y en particular los jóvenes habían abandonado al Frente Amplio, la de Novick en la elección municipal, la reescritura de la historia reciente, y la flamante “Operación Amodio”.

Ya sabemos que olvidar la historia nos condena a repetirla. Por eso hay que guardar en la memoria colectiva, que en nuestro país, en el período 1968-1985, desde que comenzó el gobierno autoritario de Jorge Pacheco Areco hasta el fin de la dictadura, (período elegido por el gobierno para investigar las violaciones a los derechos humanos), ocurrieron muchas cosas terribles que aún esperan ser investigadas.

El pueblo uruguayo, el liderazgo político, la academia y la Justicia tienen el deber moral de investigar hasta las últimas consecuencias ese período que llamamos “historia reciente”, que condiciona nuestro presente y nuestro futuro, y donde han quedado innumerables responsabilidades sin dilucidar. Ese período es el del fascismo, como se le decía antes.

Investigar y aclarar lo oscuro de este lapso es un problema de salud política y ética nacional. Y conste que todos los viejitos, civiles y militares, que fueron cómplices de la dictadura aún no están muertos.

Al respecto, voy a hacer tres reflexiones:

Los lectores podrán hacer otras tal vez más interesantes, oportunas y apropiadas.

Primero: esa historia reciente es ferozmente disputada hoy por varios bandos –el primero de los cuales está encabezado por el ex presidente Julio María Sanguinetti y los escritores y periodistas que le son funcionales, desde libros, artículos y, sobre todo, programas periodísticos emitidos por los canales abiertos y de cable que están en manos de sus amigos.

Con ellos difunde la leyenda de que Pacheco hizo un gobierno muy respetable, que la dictadura vino por omisión de los políticos de la época (con lo cual golpea, no sólo a la izquierda y a la mayoría blanca de entonces, sino a su propio partido), que no hubo torturas masivas, ni Escuadrón de la Muerte, ni desaparecidos, ni embajada norteamericana entrometiéndose, ni Huelga General, ni manifestación del 9 de julio, ni genocidas, ni tiranos; que no fueron importantes para la derrota de los dictadores ni la resistencia de los trabajadores, de los estudiantes y de todos los demócratas, ni la entereza de los presos políticos, ni la lucha de los exiliados, ni la solidaridad internacional. Para Sanguinetti, nos sacamos a los militares de encima gracias a que los colorados consiguieron dialogar con ellos y tejer con ellos una salida pactada.

Sanguinetti, que no habla del desastre al que habían conducido al país cien años de gobierno blanquicolorado, es el mismo “historiador” que defiende el genocidio de Salsipuedes, perpetrado por los Rivera en los charrúas que habían sido soldados de Artigas.

Sanguinetti, en su libro sobre estos temas, dice más mentiras que Pinocho.

Segundo: Cuando hablo de responsabilidades pendientes no me refiero únicamente a los delitos cometidos por militares, yo creo que mucho peor fueron los de los civiles (funcionarios, políticos, banqueros y empresarios ) que se beneficiaron de la dictadura y de los cuales solamente han sido juzgados –y bien juzgados– dos, Juan María Bordaberry y Juan Carlos Blanco. No hay que olvidar nunca que los militares sólo fueron el brazo armado de la rosca financiera y de los políticos reaccionarios y corruptos a los que sirvieron.

Tercero: y más importante, esto involucra directamente a Amodio Pérez, es que algunos de esos delitos no sólo son imprescriptibles, sino que casi todos pueden perfectamente ser juzgados al amparo de la ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado, que yo llamo ley de impunidad porque así lo habilita su artículo 4º, que hizo posible el juzgamiento de los militares y civiles en el primer gobierno de Tabaré Vázquez.

Naturalmente los que no prescriben son, como la tortura, los crímenes de lesa humanidad.

Por sobre todo, quiero remarcar que acá no nos estamos ocupando de una discusión entre ancianos ni entre viejos tupamaros, acá la cuestión es la ética, la izquierda y la verdad histórica, ese tesoro del que quiere apoderarse claramente la derecha.

La “operación Amodio”

La “operación Amodio” fracasó y la derecha quiere enterrarla. Los medios de prensa, los canales abiertos y el diario El País –que fue el operador principal– casi han olvidado el tema. Aun peor, se pretende imponer la idea miserable de que la conciencia, las ideas, los principios y hasta el alma son productos en venta en el mercado. Que al final todo el mundo traiciona si se encuentra el precio y que Amodio fue sólo una víctima infeliz de la debilidad de la carne.

Nada más mentiroso que eso. Es verdad que la voluntad humana puede quebrarse por el dolor, pero nada justifica la traición. Nadie puede obligar a nadie a cambiar de bando y pasarse al de los asesinos, nada puede justificar que Amodio haya salido de cacería y haya enviado a sus compañeros a la máquina. No se trata sólo de un desgraciado, de una víctima de la tortura, se trata de un traidor y un criminal que la historia y su peripecia personal puso a la altura de las bestias.

La fuerza de los hombres no está en el músculo sino en la cabeza.

El acuerdo entre la dictadura uruguaya y la de Francisco Franco, que permitió ingresar a España y por el que se le adjudicó a Amodio Pérez la ciudadanía española, sus contactos con el general Luis Queirolo y el inspector Campos Hermida cuando ya vivía en Madrid, su misteriosa vida en estos cuarenta años en que se le supo colaborando en la represión a la ETA u operando para servicios de Inteligencia, y su reciente infiltración en la Izquierda Unida en la región de Madrid, podrían también ser objeto de una investigación.

El libro de Amodio es una operación de Inteligencia y una historia hecha a medida. Hasta su mujer tiene un nombre diferente al real. Ahora sabemos que se llama Celia del Bosque y no Aurora, como Amodio dice en su libro. O todo el libro es una mentira como esta o Amodio se olvidó hasta del nombre de su esposa.

No hay que permitir que esta operación de Inteligencia se silencie para disminuir el ruido de su fracaso. Hay que seguir poniendo en evidencia el amplio y muy caro operativo que trajo al traidor Héctor Amodio Pérez desde España, a toda matraca, con hotel cinco estrellas y custodia personal incluida, para que presentara un libro que es funcional a esa visión de la historia reciente.

¿Con qué objetivo se hizo todo esto?

No importa si Amodio procuraba plata o redención. Lo que importa es lo que significa Amodio en el marco de la “operación Amodio”.

El regreso de Amodio y su libro son parte de una muy cara y planificada operación de “enchastre” a las fuerzas democráticas y especialmente a la izquierda, a la que siempre la derecha trató de identificar con los tupamaros. Pero se trata, además, de una operación neoliberal que pretende imponer la cultura del consumismo hasta el límite de que el alma también se compra y se vende en la feria de las vanidades.

Amodio no sólo fue un traidor a los tupamaros, sus compañeros, a los que anduvo delatando y persiguiendo, interrogando e incluso torturando, sino que fue un traidor al país y a su democracia porque colaboró activamente con la preparación del Golpe de Estado de 1973.

Sanguinetti molesto: salió mal la “operación Amodio”

El doctor Sanguinetti bajó del Olimpo y escribió en El País, el diario de la dictadura y el que preparó la “operación Amodio”. Escribió caliente porque se le dio vuelta la tortilla.

Amodio es ahora despreciado por el país entero, los medios de la derecha tratan de olvidarlo, y Uruguay recuerda, entre otros casos, el de 28 mujeres torturadas y violadas, fruto de la actividad del delator. Se recordó el documento que obtuvo el senador Dardo Ortiz, que demostró que Amodio era inspirador del Golpe de Estado del 27 de junio de 1973, y que mintió siempre, situación –la mentira– afirmada explícitamente por los senadores Mario Heber, Washington Beltrán, Lalo Paz Aguirre, Zelmar Michelini, y hasta por el doctor Jorge Batlle.

El editorial se titula “La farsa tupamara” y tiene errores graves. Dice: “La primera observación que cabe hacer es que el señor Héctor Amodio Pérez, más allá de su participación en una organización criminal, hoy estaría beneficiado por la ley 15.737, que declaró la amnistía de todos los delitos políticos, comunes y militares conexos con ellos, desde el 1º de enero de 1962. La amnistía es de los delitos, no es un perdón personal, es la extinción del hecho criminal. A este título, sin ir más lejos, hemos tenido en esa situación a un Presidente de la República y a dos Ministros actuales (…) el MLN intenta vengarse de su ‘condenado’, tratando de hacerlo caer en la excepción del artículo 5º de la ley de amnistía. Ese artículo textualmente dice que están excluidos de la amnistía ‘los delitos cometidos por funcionarios policiales o militares, equiparados o asimilados, que fueron autores, coautores o cómplices de tratamientos inhumanos, crueles o degradantes o de la detención de personas luego desaparecidas, y por quienes hubieren encubierto cualquiera de dichas conductas’. En una palabra se trataría de demostrar que este hombre tuvo la intención deliberada (el dolo) de entregar gente para ser torturada. Lo que claramente es difícil de demostrar, cuando lo que estaba tratando era de salvarse él o aliviar su condición de prisionero de las FFAA. Insistimos en el dolo porque el delito requiere deliberación”.

El doctor Sanguinetti cita la horca en la casa del ahorcado. Afirma que “todos están amnistiados”.

Pero se equivoca, la ley de caducidad de la pretensión punitiva del Estado, que nosotros llamamos de impunidad, no es una ley de amnistía, no “olvida” ni “borra”. Al contrario, en su Artículo 4º establece que los jueces podrán juzgar, previo consentimiento del presidente de la República. Fue al amparo de ese artículo que el presidente Tabaré Vázquez pudo encarcelar a los militares que hoy están presos, y a los civiles Juan María Bordaberry y Juan Carlos Blanco.

Lo que tiene Sanguinetti es un deseo enorme de que Amodio no se quede en el país, acaso porque en su desesperación puede hablar de muchas cosas, particularmente sobre la participación de los civiles en el ascenso del fascismo o del Escuadrón de la Muerte y las bandas paramilitares. Al fin y al cabo, el pasaporte con el que salió del país rumbo a la España de Franco le fue entregado por el general Ramón Trabal, en un gobierno del cual el doctor Sanguinetti era nada menos que el ministro de Educación y Cultura.

La frase final es casi un ruego del doctor Sanguinetti: “De modo que el tema jurídico, aun con las dudas siempre posibles, no parecería incriminar específicamente al tal Héctor Amodio Pérez. Salvo que abramos del todo la Caja de Pandora y surjan de allí sapos, centellas, rayos y cocodrilos, muchos de los cuales hoy están bendecidos por la República. Ojalá todo termine cuanto antes, nuestra Justicia no quede malparada y la ciudadanía pueda atender sus enormes desafíos del presente y no seguir distraída con las peores historias de su peor pasado”.

Por el contrario, doctor Sanguinetti, nosotros creemos que hay que rever todo, que hay que investigar todo, en particular, la participación de los civiles en la dictadura y los crímenes todos; no sólo los militares deben cargar con las culpas, sino también los banqueros, terratenientes, industriales, economistas, doctores y políticos que se beneficiaron de ella…

Y que salgan los cocodrilos y los sapos de la Caja de Pandora, que al fin de cuentas, por algo el doctor Sanguinetti los tenía tan ocultos.

 

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