Especial Bocha Benavides: El profesor que abría ventanas

Por Ana Fornaro.

“Ay, la libertad, qué miedo que les da”, nos decía el Bocha revoleando los ojos cuando algunos estudiantes pedíamos detalles sobre el formato de sus evaluaciones. Podíamos hacer lo que quisiéramos siempre que dialogara con las obras que veíamos en clase. Nos alentaba a la escritura creativa, a copiar estilos, a largarnos al ensayo. Él después decidía si habíamos investigado lo suficiente.

Su curso, que tiene casi título de cátedra – Literatura moderna y contemporánea-, era parte del primer año oficial de la licenciatura. Si bien no había materias correlativas y orden para cursarlas, el Bocha funcionaba como una especie de anfitrión para esa masa amorfa de la carrera de Letras que engloba posadolescentes, jóvenes adultos y jubilados con revancha literaria. Al menos así era hasta 2002, cuando fui su estudiante. Supongo que la cosa no cambió mucho.

Gran parte de su alumnado eran fans: sabían que era una leyenda en vida y se le amontonaban en los recreos; otros no tenían mucha idea de quién era; otros sabían quién era pero (o por eso) miraban con desconfianza sus gesta antiacademicista. Mientras en otras materias aprendíamos teoría y discutíamos sobre investigación literaria y definiciones, en sus clases, el Bocha nos tiraba los textos por la cabeza y aprendíamos leyendo. La única premisa que teníamos era llegar a la clase con los textos semidigeridos y después, sí, empezar a conversarlos.

La dinámica de sus clases, además de ser inspiradora por cierto romanticismo libertario, tenía la ventaja de nunca irse del todo al demonio. El Bocha era un buen árbitro de discusiones y tenía una picardía e ironía que lograban ponernos en caja. Pero lo hacía con calidez y no parado desde un saber. Él mismo muchas veces se perdía en digresiones.

A veces nos echaba en cara haberlo sacado de foco. “Ustedes me hacen hablar de cualquier cosa”, decía. O “Dejen de hacerme preguntas que me saquen del texto”. Los ojos le bailaban cuando se entusiasmaba hablando de algo o cuando se le ocurría alguna maldad. No siempre la decía, pero se le notaba. Creo que parte de que sus clases fueran así, tan del lado del deseo y de la gracia, era que él intentaba, sobre todo, no aburrirse. Para eso iba cambiando el programa todos los años, haciendo unas elecciones de corpus exquisitos y poco previsibles.

En estos días, las redes sociales se llenaron de mensajes y recuerdos de sus exalumnos. Todos hacen mención a las ventanas que el Bocha les había abierto. Desde Silvia Plath hasta Roberto Arlt, pasando por Carver y E.E. Cummings. La lista es infinita, como sus lecturas. Él fue -además de poeta, traductor, compositor- un comparatista nato: establecía diálogos entre autores y textos y cada uno de sus cursos era una pequeña antología. A mí me tocaron textos poco frecuentados de la literatura rusa: una elección poco ortodoxa para estudiantes de primer año, casi una excentricidad. Pero hoy, 15 años después, todavía puedo recitar de memoria algunos versos de Mayacovski o recordar a la perfección pasajes de un relato de Pushkin. Además, sus lecturas me llevaron luego a más rusos, a más libros. Algo que, por supuesto, no me sirvió para nada. Al menos no en términos utilitarios. Y por eso mismo siempre le estaré agradecida. Infinitamente, Bocha.

1 Comentario en "Especial Bocha Benavides: El profesor que abría ventanas"

  1. Fue mi profe mas querido.Hace 60 años en Paso de los Toros.en el liceo.Mi profe de literatura.Siemore en mi corazon Bocha querido!!!

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