Fuera de la realidad, el libro/disco de Otro Tavella

La aventura es la canción

Santiago Tavella, bajista y fundador de El Cuarteto de Nos, sorprende con la edición de un primer disco solista. Fuera de la realidad, firmado por Otro Tavella & Los Embajadores del Buen Gusto, es un libro/disco publicado por Yaugurú, con producción musical de Guillermo Berta y asesoría literaria del escritor Aldo Mazzucchelli. Un disco para aventurarse y dejarse llevar por un pop-rock sofisticado y de muy buena factura poético musical.

Por G.P.

 

Es un debut. Tiene más de 30 años de recorrido en esto de la música, pero ese dato no inhibe que el libro/disco Fuera de la realidad técnicamente sea un debut y que Santiago Tavella lo viva como una primera vez. Porque es Otro Tavella. Porque está solo pero muy bien acompañado. Porque sus canciones son protagonistas de otra manera muy distinta a las vivencias de El Cuarteto de Nos.

Porque son otras canciones, un puñado de letras y músicas que viene masticando desde hace años; primero solo con su guitarra, después acompañado por los Embajadores del Buen Gusto y todo tipo de asesores que lo fueron guiando en una aventura que es –definitivamente– una fresca y luminosa primera vez.

 

Apuntes sobre letras y músicas

El recorrido de Fuera de la realidad se inicia con una canción que funciona mejor que ninguna como apertura, como punto de partida de una aventura de reescrituras sobre el amor y otros deseos más o menos confesables (no olvidemos que todo esto se trata de Tavella, aunque sea Otro Tavella, pero el filo, lo punzante y el acertijo perverso siempre está, desde la palabra y desde la propia voz). ‘Un amor cualquiera’, se llama la primera canción, y tiene un tono melancólico en una intro con rasgueos de guitarras y el clima tensionado que agrega el vibráfono, que dan el color perfecto para que entren los versos de Tavella y luego un crescendo pop-rock que no incomoda, que calza perfecto con ese “amor cualquiera” que busca Colette en La ingenua libertina y tan bien traduce y desenrosca Tavella. Es una canción que emociona cuando la protagonista descubre que eso con lo que sueña y la lleva a la aventura no es más que la aventura del amor: “un amor cualquiera/ como el de todo el mundo/ pero que sea verdadero,/ y con él sabré/ edificar uno/ digno solo de mí”. Y Tavella se hace cargo de lo que ambiciona Colette, y alcanza con cambiar “amor” por “canción” para identificar que esa aventura vital es la propia construcción del disco, que además se anuncia como una suma de historia de amor y desamor, de historias más o menos incorrectas, pero al fin y al cabo en formato canción, o sea, cuando sucede esa magia tan intangible entre letra y música.

Una tras otra, las canciones se escuchan y se leen como un libro más o menos picaresco, desde leyendas con hadas oscuras, sirenas de balneario o vecinas de Satán hasta fotografías cotidianas sobre el amor de un protagonista que asoma tímido y más o menos atemorizado. Y vuelve una y otra vez la idea de la aventura del amor, como certeza, como centro gravitatorio. Hay momentos de alta factura, de temas que hace tiempo que Tavella viene mostrando en recitales: ‘El amor es de nadie’, ‘Ella es mi novia (pero no lo sabe todavía)’, ‘Tan patéticos y bellos’, y temo enumerar todas las canciones del disco, o desarrollar ideas y versos de probada fineza y sustancia poética. Pero si hay que nombrar una, sin dudas es ‘Baile de mierda’, una pequeña maravilla que expone, como bien anota el poeta Aldo Mazzucchelli en uno de los intertextos que se insertan en el libro/disco, que “lo que hay es lo que todo el mundo ve: que si te conociste en un baile de mierda, lo que viene después es lo que viene después”. Y es exactamente eso: en todas las canciones hay lo que todo el mundo ve, pero que Tavella logra convertir en canciones, letra y música, como ya se dijo, en una alquimia que logra hacer funcionar como nunca, o bien como en esas pequeñas joyas cuarteteras como ‘Nuevamente’ o ‘Zapatitos de hormigón’ que tal vez nunca fueron valorizadas como se merecían.

 

La aventura de Otro Tavella

¿Lo sentís como un disco debut? Porque, entre otras cosas, venís trabajando en varias de las canciones desde hace años,en principio solo y después acompañado por la banda.

Es debut, sí, porque si bien hubo intentos previos, quedaron en el intento. Estas canciones las vengo siguiendo desde hace años; para mí tienen vida propia, y de hecho fueron mutando hasta llegar a un punto en el cual pareció legítimo grabarlas. Si bien esto no garantiza que no muten más, en esa mutación la banda tuvo mucho que ver, porque la interpretación es muy importante y creo que se llegó a arreglos muy buenos, algunos muy despojados. La producción y la mezcla de Guillermo Berta supieron poner esto al frente, y el trabajo que hicimos con Aldo Mazzucchelli –de edición y preproducción– aportó mucho. Es curioso, pero la industria musical, que básicamente produce canciones, pone un gran cuidado en el sonido, uno pequeño en lo interpretativo y nada en lo literario, que es la mitad de la canción. Eso queda en manos del artista, y como me habrás escuchado decir alguna vez frente a algunas canciones, ¿es que fulano no tiene ningún amigo escritor que lo asesore?

 

Ese es un buen punto del disco, porque de alguna manera es un manifiesto en defensa de la canción como género musical/literario. ¿Qué te llevó a profundizar en esto?

Creo que es una manera que encontré de salir de la zona de confort. En el disco, por ejemplo, hay humor, pero no es el protagonista, no distrae la atención y te deja seguir haciendo más lecturas entrelíneas de lo escrito y de lo musical. Me parecía importante eso. Salir de lo literal, del mensaje obvio y meterme en zonas en las que hay opacidad. Me interesa que el escucha quede atrapado, pero que no encuentre la solución a nada. Se podría decir que es una reivindicación de la irresponsabilidad, que es la única responsabilidad del verdadero artista.

 

Al escuchar el disco, queda la sensación de que son relatos de tu aventura con la canción y con el amor.

Es que hablar de amor es una forma de salir del discurso del ego, de la experiencia personal, de la autorreferencialidad que nos agobia en el ombliguismo de tanta cosa que anda en la vuelta, que van desde simples canciones hasta piezas de arte contemporáneo en las que se cree que por surgir de vivencias personales ya son válidas. Y a mí las vivencias personales de un artista me importan un reverendo bledo. A mí me interesa el otro, ese que nunca vamos a conocer, que es un misterio, que se nos presenta en relaciones conflictivas, siempre imperfectas, pero en las que, si uno acierta en la canción, hacen que aflore la pulsión vital que tiene que tener cualquier cosa que pretenda ser arte.

 

Esas canciones diferentes

Las canciones de Otro Tavella & Los Embajadores del Buen Gusto sorprenden con un sonido luminoso y simple pero esencialmente distinto a lo que se escucha en la vuelta. No hay ruido. No hay provocación en la superficie. La aventura parece haber sido escapar de la extrañeza, de lo pretendidamente raro, y esa paradoja es precisamente lo extraño porque llevó al músico y a su banda a transitar un camino dislocado, donde no hay encuentro con lo convencional, sino con una extrañeza más sabia y más peligrosa.

El pop-rock que se elige transitar, un pop-rock para adultos, radiofónico, guitarrero, de tres minutos, excelentemente ejecutado, se vuelve provocador. Y no es fácil el punto, y por eso estuvo tanto tiempo buscándolo, armando una banda, ejercitando el canto, tejiendo letras que no se gastaran en una primera escuchada. Por eso es correcto afirmar que Tavella se marchó a la aventura, y a la hora de escribir confundió –por suerte– amor con canción, y es capaz de conmover en ‘Un amor cualquiera’ y de matarnos de risa espasmódica en ‘Baile de mierda’, pero no se vanagloria de esas posibilidades, sino que ejercita en cada canción un bordado diferente, para que se meta en el que escucha/lee como si fuera una fábula infantil. En esencia, el disco recorre la aventura tavelliana del amor; perdón, la divertida desventura tavelliana del amor.

“En lo musical, trato de evitar las resoluciones obvias”, dice el artista, “pero sin caer en lo llamativamente raro, lo cual es mucho más difícil. Si te ponés a escuchar lo que se está llevando, asombra la abundancia de pobreza, una suerte de ostentación de la falta de recursos, de la repetición de lo que ya se sabe que funciona. Y no te estoy hablando de cumbia cheta, que no importa si es así porque no pretende ser otra cosa, te hablo de cosas que hacen músicos que pretenden tener algo que decir, pero que en definitiva el único mensaje que tienen es ‘atenti, mirá que lo que hago tiene mensaje’. En el vocabulario adolescente, una cosa que noté es que una muletilla recurrente es la palabra ‘literal’, que la entiendo como síntoma y diagnóstico a la vez de la producción simbólica actual, y que con mucho trabajo yo trato de evitar, espero que con éxito”.

Baile de mierda
“Esa canción salió de una frase de Santiago Sappía, mi sobrino, hablando de antros a los que concurría. Se refirió a uno de ellos como “un baile de mierda”, y ahí asocié con la pregunta recurrente de Graciela Taquini, mi madre argentina, que les pregunta siempre a las parejas “¿dónde se conocieron?”, lo cual puede llegar a ser una pregunta embarazosa si la pareja se hubiera conocido en ese preciso lugar. Esa canción fue posible gracias a que Sebastián Macció, el baterista, es capaz de tocar cumbia en la batería con swing, cosa poco común en los bateristas de rock uruguayos”.

1 Comentario en "La aventura es la canción"

  1. Felicitaciones Tabela. No he visto el disco pero por los comentarios el artista sale nuevamente,siendo otro,lleno de magia talento y sobre todo original. Muchas felicitaciones. Nan mió jorengue kio

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