Limbo, la nueva novela de Agustín Fernández Mallo

Por Nelson Díaz. Foto: Verónica Caballero. El escritor español Agustín Fernández Mallo estuvo en Montevideo para presentar Limbo. En entrevista con Caras y Caretas, se refirió al proceso creativo, las formas de narrar y cómo un ejemplar del Nuevo Testamento se transformó en el disparador de su nuevo opus.

La publicación de Nocilla Dream (2006), primera parte de la trilogía Proyecto Nocilla, completada por Nocilla Experience (2008) y Nocilla Lab (2009), supuso, más que una bocanada de aire fresco, un golpe de timón en la literatura hispana. Catalogada de rupturista y considerada por la crítica española la mejor novela de ese año, su autor, Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967), de profesión físico, apelaba a nuevas formas narrativas que se nutrían del hipertexto y la conectividad vía internet, la ciencia, el pop art, el cine y la música.

El escritor coruñés trabajaba varios años atrás en un nuevo paradigma poético, al que denominaba pospoesía -en libros como Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus y Creta, lateral travelling– y que en rigor pregonaba una actualización de la poesía; sostenía (y aún sostiene) que la poesía contemporánea está anquilosada porque no ha integrado los adelantos científicos o tecnológicos, como sí lo hizo la pintura con las imágenes digital y el pixelado.

Este año, el escritor regresa con Limbo (Alfaguara), una novela en la que entrecruza tres historias aparentemente independientes: una joven secuestrada que narra los pormenores de su claustro, un grupo de músicos que preparan su primer disco y una pareja que recorre Estados Unidos en busca del Sonido del Fin.

***

Al leer Limbo, y recordando tu Proyecto Nocilla, lo asocié con algo que alguna vez dijo William Burroughs: que la novela como tal estaba terminada. Es decir, que el sentido ortodoxo y lineal del género estaba perimido y, por lo tanto, había que buscar otras formas de narrar.

En mi caso no fue buscado, porque creo que cuando buscas algo no lo encuentras de esa manera. No creo en eso de que alguien se levante un día y diga “quiero cambiar el mundo” o “quiero cambiar la literatura”. Esas cosas aparecen sin que te des cuenta. Empiezas a tener intuiciones de hacer algo, de investigar tu poética, y de repente haces algo. Cuando hice el Proyecto Nocilla no tenía idea de que iba a cambiar algo. La sorpresa fue tanto para el público y la crítica como para mí como autor. Lo que sí me interesaba, una vez terminado el Proyecto Nocilla, era poder narrar con independencia y sin la influencia del éxito anterior. Quería hacer otras cosas. Ahora estoy investigando otros caminos; no sé cuáles, pero sé que son otros. Con respecto a lo que decía Burroughs, es cierto que la muerte de la novela se va certificando cada equis años, pero también es cierto que la novela sobrevive. Lo que sí creo es que hay muertes de determinados formatos y sensibilidades, y que aparecen otras. Hay una mutación de las formas, de los objetivos y de los ambientes.

¿Esa constante investigación del lenguaje y las formas está relacionada con tu profesión de físico?

Eso tiene mucho que ver. Y te lo digo sinceramente, y no para la tribuna: yo escribo para mí. Para investigar mi mundo, mi poética, mis caminos y crear mundos, pero siempre para mí. Cuando escribo nunca pienso en agradar, pero tampoco en desagradar a nadie. En cualquiera de los dos casos, si pensara en agradar o en desagradar a un lector potencial, sería deshonesto conmigo mismo. Me interesa investigar mi propia poética; si gusta bien, y si no gusta, qué se le va a hacer, hay que asumirlo tranquilamente. Y, efectivamente, el asunto de la ciencia siempre ha tenido mucho que ver en mi formación y en la metodología de investigar. En este caso, con formas poéticas.

Lo que estaría ligado a tu idea de la pospoesía…

Sí. Es tratar de introducirle a la poesía, a la escritura, elementos de la ciencia que a mi modo de ver puedan ser poéticos. Por ejemplo, Limbo dialoga con el principio de indeterminación de [Werner] Heisenberg. Él dice que lo que le interesó para desarrollar la idea de mecánica cuántica fue darse cuenta que necesitaba fijarse en los estados iniciales y finales de los procesos, no en lo que ocurría en el medio. En cambio, a mí me interesa lo que ocurre en el medio, esa especie de “limbo”. Lo que hago al introducir el principio de indeterminación es utilizar la ciencia como metáfora, como disparador. En este caso, la utilizo como contrametáfora porque lo que me interesa, precisamente, es el proceso. Con esto quiero decir que las ciencias tienen muchas cosas que son metafóricas en sí mismas y que pueden intervenir en la poesía, o en la narrativa, como en este caso.

Tradicionalmente se ha planteado una especie de divorcio entre ciencias y letras.

Claro, siempre se dice ciencias y humanidades, como si las ciencias no las hicieran los humanos…

Interconectadas

En Limbo hay tres historias que parecen independientes entre sí y sin embargo conectan en un punto. ¿Cómo surge la idea?

Empecé a escribir el libro en la ciudad de Guatemala en el verano de 2011. Estaba allí, presentando un libro, cuando encontré en la mesa de luz de la habitación del hotel un ejemplar del Nuevo Testamento, algo que es muy habitual en Centroamérica y Norteamérica, pero no en Europa ni aquí. Me puse a ojearlo y me di cuenta de que es un libro formalmente muy moderno. No me refiero al contenido, sino a cómo está hecho. Es una remake de vaya a saber cuántas remakes de la vida de un señor llamado Jesucristo. Es un libro construido colectivamente, que lo abras por donde lo abras tiene sentido, como si se tratase de microrrelatos. Esa misma noche empecé a escribir la historia de los músicos y se me ocurrió que uno de ellos, cuando le venden un Nuevo Testamento y comienza a leerlo, ve en los Apóstoles una suerte de tribu de internautas primitivos.

Y advierte también que en el Nuevo Testamento no hay ningún sonido, excepto el de una trompeta.

Claro. Y luego afirma que en ninguna de las novelas de la historia aparecen sonidos. De alguna manera, la literatura habría heredado esa tara inicial del Libro de los Libros. Es una de una serie de teorías que me parecían fascinantes para escribir, para pensar.

El libro finaliza, a manera de epílogo, con “Informe del limbo”, texto en el que se integran notas periodísticas al relato. ¿Cómo llegás a eso?

Para mí esa parte es fundamental, porque es como hacer un zoom, salirse del yo de los personajes, de lo que nos han estado contando ellos mismos, y ver toda esa masa de información que nos rodea. Me parecía vertiginosa la idea de que esa masa de información se pudiera ver como si miráramos a través de Google Maps. En esas notas hay detalles que enlazan con las historias del libro. Siempre hay algo que alude y se conecta con los personajes, pero ellos no saben que están en esas informaciones. Son notas periodísticas que busqué y modifiqué. A eso le llamo intervenciones.

El caso Borges

Tiempo atrás, Fernández Mallo publicó El hacedor (de Borges). Se trata de un libro en el que homenajea al escritor argentino, en formato “remake literario”, utilizando la estructura y los títulos del original pero sin cometer plagio. Una muestra de admiración en la que alterna reinterpretaciones, hipertextos y videos de YouTube. El libro luce en la carátula un corazón dorado sobre un fondo negro, señal inequívoca del amor profesado hacia Borges. María Kodama, su viuda, no lo entendió así. Sin leerlo, y abogado mediante, hizo retirar de circulación toda la edición. Al preguntarle sobre el hecho, Fernández Mallo prefiere guardar un prudente silencio al respecto, acompañado de una sonrisa cómplice: “Lo único que te voy a decir es que cientos de escritores e intelectuales firmaron una carta apoyándome”.

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