Lolitas, pedófilos y publicistas

Debido a la reciente denuncia contra un jerarca de la comuna de Paysandú, investigado por presunta explotación sexual de menores, reproducimos una columna de opinión publicada en Caras y Caretas el viernes 19 de abril de 2013.

EROTIZACIÓN DE LAS NIÑAS Y PROSTITUCIÓN INFANTIL

Por Soledad Platero

Ella mira a la cámara, pero enseguida baja la mirada y da vuelta la cara. Las pestañas son largas, bien maquilladas, pero los ojos, muy abiertos al principio y muy claros, fingen inocencia. La cámara se posa en los labios, pintados de un tono rosa que es a la vez mate y brillante. Una toma desde arriba la muestra aplicándose el labial mientras sostiene la mirada al espectador. No parece tener ni quince años. Lo que está en venta, previsiblemente, es la línea de maquillaje de una marca internacional. Lo que se ofrece, sin embargo, es la inocencia encantadora de la modelo, casi una niña. La irresponsable entrega a la mirada del adulto, en un juego de provocación y escape que no puede sino recordar a Nabokov. Y sí, estoy hablando de un comercial que pasan en la tele.

Esto viene a cuento porque la semana pasada se lanzó en Uruguay una campaña que busca hacer que los hombres adultos entiendan que las niñas no son mujeres y que pagarles por sexo es delito. La imagen más conocida de esa campaña muestra a una niña maquillada que usa unos zapatos de taco alto que le quedan grandes. El vestido también es holgado para su cuerpo. Todo sugiere que se trata de una nena disfrazada con la ropa de la madre, en ese juego típico de la infancia, ajeno a cualquier connotación perversa. Esta nena también mira a la cámara, pero su expresión es seria. No está jugando con el espectador. El mensaje que puede leerse junto a la foto explica que “aunque algunos hombres ven una mujer, una niña siempre es una niña”.

Es claro que la publicidad –tanto la que se usa para vender maquillaje como la que se usa para hacer campañas de bien público– se vale de recursos retóricos enfáticos para llamar la atención sobre algo, y por lo tanto no se le puede pedir que diga la verdad. Está ahí para mostrar, para enamorar al ojo. Y para tocar, desde el ojo, el corazón o el deseo.

Por eso no es a la pieza publicitaria que hay que decirle que las nenas, hoy, no necesitan vestirse con los zapatos de mamá para transformarse en objetos de deseo. Que las nenas tienen hoy sus propios zapatos de plataforma, su propio esmalte de uñas, sus pinturitas, sus carteritas y sus ropitas de Barbie, hechas a la medida de sus pequeños cuerpos. Que las nenas se sacan fotos haciendo trompita y las suben a facebook, se disfrazan de pequeñas bataclanas y se dicen piropos las unas a las otras (sos una DI-VI-NAAAAAAAAA, DIOSA, TE AMO, SOS REEEEEEEEEEE LINDAAAA), perrean y se divierten sintiéndose émulas precoces de estrellas del pop o del reggaeton. Pero tal vez haya que decírselo a los expertos que encargaron la campaña, o a las autoridades en general. O a nosotros mismos –a todos–, porque si no lo hacemos damos por bueno que el comercio sexual con niñas ocurre únicamente porque hay niñas desamparadas que no entienden su situación de víctimas. Damos por bueno que las niñas transformadas en objeto sexual son únicamente las que reciben dinero, o regalos, o comida, a cambio de sexo. O las que sufren abuso en sus casas. Que la erotización de las niñas no existe; que no vemos, día a día, cómo las nenas son construidas como objeto de deseo en una sociedad en la que el único mandato que no se puede desoír es el que ordena gozar y divertirse.

Las niñas se han venido subiendo alegremente al carro que lleva hacia la objetalización, tal como las mujeres nos hemos venido subiendo a lo largo de los siglos a los diversos carros que nos conducen a los roles asignados por un sistema que necesita madres y putas mucho más que ingenieras, diputadas, intelectuales o dentistas. Y no es que se han subido (y nos hemos subido) alegremente porque son niñas, o porque son tontas, o porque son irresponsables: lo hicieron porque todos lo hacemos. Mujeres y varones. Todos nos subimos alegremente al carro que nos ordena gozar, y pocas cosas se gozan tanto como la mirada, la admiración, el elogio, el deseo. Y así como las mujeres obtienen ese goce de la mirada masculina (por así decirlo: está claro que la mirada, a esta altura, no es “masculina” ni “femenina”), los hombres lo obtienen, por ejemplo, del poder.

Cuando un hombre ve a una niña como objeto sexual no es porque ve a una mujer: es porque ve un objeto. Y cuando una niña se comporta como la parodia de una prostituta callejera del Bronx no lo hace porque ignora que su comportamiento puede confundir a alguien, sino porque, sencillamente, no le importa nada si hay algo como “alguien” que pueda confundirse. Ella está fascinada por sí misma, por la devolución que le hace la cámara, por los comentarios de sus amigas, por la multiplicación incesante de sus trompitas en la foto que se saca en el espejo del baño. Una cultura narcisista y boba que estimula la diversión constante, la adolescencia eterna y el rechazo de toda responsabilidad sólo puede dar como resultado un mundo de pedófilos, pero parece que el problema sólo es visible a la luz de variables como la pobreza, el hacinamiento, el abandono o la ignorancia.

Nadie puede negar, por cierto, la vulnerabilidad de quienes están en condiciones de marginalidad, o de quienes han nacido en un ambiente en el que el comercio sexual o el abuso se arrastran desde varias generaciones atrás. Pero olvidar el contexto cultural general en el que se produce la erotización de las niñas, la objetalización de las mujeres y la invitación a gozar de todo lo que el dinero pueda pagar es olvidar cuál es la madre del borrego.

Todos los expertos señalan al turismo como una de las industrias más involucradas en el aumento de la prostitución, y de la prostitución infantil en particular. Todos recuerdan también que el comercio sexual prolifera en las zonas de tránsito, en los polos de desarrollo incipiente y en las fiestas populares con participación masiva. Sin embargo, el discurso del estímulo al turismo, del canto al desarrollo y, sobre todo, de la fiesta perpetua (fiesta porque somos artiguistas, fiesta porque no somos homofóbicos, fiesta porque es Navidad y fiesta porque nos gusta la cultura: como escribió alguna vez Alma Bolón en Brecha: “todo termina en quermese”) no se detiene un segundo en la consideración de esos daños colaterales, del mismo modo que la entusiasta defensa de nuestro saludable modelo económico no se permite un segundo de derrotismo para pensar qué puede tener que ver el mandato de gozar impuesto por el capitalismo de mercado con la destrucción de nuestro sentido de la responsabilidad y la preocupación por el otro.

Así, el único camino que queda es el que se recorre siempre: insistir en la condición de víctima de quien sufre la injusticia, dando un nuevo golpe de martillo sobre el clavo de la infantilización generalizada en la que vivimos. Y queda también, claro, el gran recurso de nuestros días: hacer campañas de visibilización para mostrar lo que rompe los ojos: que las niñas son objetos de deseo, que han aprendido a jugar ese juego tanto como los adultos hemos aprendido a soslayarlo, y que, como siempre, las que pagarán el pato serán las que estén más desprotegidas.

Lo más perverso, sin embargo, es ver cómo –con las mejores intenciones, seguramente– se gasta una cantidad obscena de recursos de todo tipo en campañas que no van a evitar que los hombres sigan pagando por sexo, porque el que paga tiene derecho a todo. Y si no se pone de una vez el ojo en eso, en la relación monstruosa entre la idea de “derecho” y la de “derecho al consumo”, si no se observa con más cuidado el “imperativo del goce”, si no se detiene la máquina de hacer folletos, banners, cajitas con imágenes, camisetas impresas y merchandising de todo tipo (si no se deja de usar la publicidad para contrarrestar los efectos de lo que fabrica la publicidad) no vamos a llegar a ninguna parte.

Diez minutos de tanda publicitaria nos enseñan que cada vez más tenemos derecho a no crecer. Los hombres lo consiguen mediante la absolución ante la irresponsabilidad o el descuido; las mujeres mediante procedimientos cosméticos o quirúrgicos que detienen el paso del tiempo. Y en ese universo delirante, las nenas se maquillan, se prueban ropa, ponen trompita y se sacan fotos. Mientras tanto, no lejos de allí, un montón de personas bien intencionadas muestra folletería con la que se supone que se va a parar el problema. Algo me dice que no estamos bien rumbeados.

3 Comentarios en "Lolitas, pedófilos y publicistas"

  1. Hay algo que realmente aterra, que es ver por Youtube, en desfiles infantiles, sobre todos los de traje de baño, como en primera fila, se observan pervertidos (y pervertidas también) babeándose al paso de las niñas. Incluso me comentaron, pero esto lo tomo con pinzas porque no tengo pruebas, que existe una especie de subasta de niñas, sobretodo las mayorcitas (ninguna mayor de 12 años), en la que estos pervertidos/as (toda gente con muchísimo dinero) paga importantes sumas de dinero a los organizadores de los desfiles por los servicios de las niñas. No es solo un comentario, lo escuché y lo leí en distintos sitios. Pero, insisto, no tengo pruebas para plantear una denuncia. Y a mi pregunta de como saben eso, generalmente, me responden “a mi me contaron”.

  2. Como de costumbre, el puto asco y a ver sí dejan de lado un poco á tinelli y le devuelven la vida a cara y caretas.

  3. Me alegra muchísimo poder leer este artículo. Hace tiempo que me preocupa cómo se muestras a las niñas, justamente así como se plantea en el artículo. Por favor difundan estos conceptos, yo por mi parte, lo haré a mis conocidos. Gracias.

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