Memorias de un trovador. Conversaciones con Darnauchans

 

Por Carlos Luppi. Este es un libro en el que hablan dos creadores: el Darno y Nelson Díaz. Pinta cincuenta años de historia del país y de su cultura. Cruza historia personal con creación, reportajes y testimonios sobre un artista irrepetible. Un libro polifónico y coral que quedará como testimonio único de una época crucial. Bienvenida reedición de Memorias de un trovador. Conversaciones con Darnauchans, de editorial Planeta.

Es un lugar común escuchar que si el Darno hubiera nacido en Estados Unidos o en Europa hoy sería una figura venerada en vida como Allen Ginsberg, William Burroughs y Jack Kerouac en lo literario, o Bob Dylan y Paul Simon (con quienes tocó, en el Cilindro y en el Estadio Centenario, respectivamente), en lo musical. En lugar de la gloria, el Uruguay -somos un pueblo que tiene una autoestima muy alta y en varios casos muy equivocada-, lo condenó al insilio antes y después de la dictadura lo silenció, lo ninguneó –en lugar de celebrar al trovador espléndido que había en aquel ser humano- y lo dejó irse lentamente a la muerte, como ocurrió con Tabaré Echeverry.

Eduardo Darnachauns Miralles (el Darno) nació por accidente (el parto venía difícil) en Montevideo, el 15 de noviembre de 1953 pero –como Tomás de Mattos- volvió enseguida a Tacuarembó y allí tuvo su formación, y de ese lugar no se desprendería nunca por muchos lugares en los que viviera. Falleció en Montevideo el 7 de marzo de 2007 por una insuficiencia cardíaca, que en realidad no reflejaba otra cosa que una larga peripecia de sufrimientos, agravados por la muerte, días antes, de su esposa Patricia. El Darno había sufrido varias internaciones y severas penurias económicas.

BREVE BIOGRAFÍA

Sin perjuicio de su interés innato por la música, hizo estudios de medicina y de humanidades en Montevideo y la ciudad argentina de La Plata, donde llegó en 1976, como tantos exiliados uruguayos de la época. Fue un absoluto “hijo de su tiempo”. En 1973editó su primer LD, Canción de muchacho, en el cual ya mostró sus extraordinarias capacidades como compositor e intérprete. En 1975 editó el segundo LD, Las Quemas; el tercero, Sansueña; en 1979; Zurcidor, en 1981; Nieblas & Neblinas, en 1985; El trigo de la Luna, en 1989; Dylan, en 1991; Sin perder el tiempo, en 1992; Noches blancas (grabado en vivo en el Solís el 7 y 8 de mayo) en 1992; Entre el micrófono y la penumbra, en 2001; Canciones sefaradíes en 2004; y El Ángel Azul en 2006. En ellos combina todos los géneros del momento: la balada, el folk y el rock, todo impregnado de poesía dylaniana. Hijo de su tiempo, se afilia al Partido Comunista en 1968 y será comunista hasta su muerte, pero ello no le impide cantar a Bob Dylan y a los grandes trovadores ingleses y norteamericanos. En esa misma condición sufre censura total por parte de la dictadura, que le impidió tocar entre 1970 y 1983 (algunas radios pasaban sus temas) lo cual lo marcó para siempre con una herida imposible de cerrar. En 1990 recibió el Premio Municipal de Música Édita por El trigo de la Luna. Compuso música para obras de teatro y para el filme Color de tristecías, de Pablo Rodríguez.

El Darno llevaba un sino generacional y lo expresaba con claridad: “Nuestra generación fue destrozada”. En 1953 nacieron Jaime Roos, Fernando Butazzoni, Elbio Rodríguez Barilari, Raúl Vallarino, y también la incomparable Ana Belén, que sintetizó todo su “mal de época” en una canción maravillosa. Esa generación tenía 20 años cuando el Golpe de Estado –que los marcó para siempre, y, quiéranlo o no, fue el hecho central de sus vidas- y sufrió el impacto de lleno, porque para la dictadura ser joven era sinónimo de ser comunista y, por lo tanto, de elemento a descartar. Fueron el puente de dos épocas: vieron la democracia en su esplendor (porque la de antes del Golpe era la Atenas de Pericles, comparada con otros tiempos más recientes), y luego enfrentaron la barbarie y la persecución sin descanso. Algunos, los menos, se sobrepusieron, como Jaime, otros emigraron como Elbio y otros sobrellevaron su insilio doce años terribles. Otros –no sabemos cuántos miles- se murieron de enfermedades sicosomáticas, por su propia mano, o –como el Darno- de a poco, asfixiados primero, abandonados luego, seguidos por un puñado de fieles, ardiendo y consumiéndose en su propia luz.

LA REPÚBLICA DE TACUAREMBÓ

Si algo caracteriza a Tacuarembó, aparte de sus bellezas naturales, es la gran cantidad de artistas que ha dado y sigue dando, circunstancia que sus habitantes llevan con mal disimulado orgullo. Empezando por los más grandes y conocidos, Carlos Gardel, Mario Benedetti, Circe Maia, Washington “Bocha” Benavides, Walter Ortiz de Ayala, Tomás de Mattos, Nelson Ferreira Héctor Numa Moraes, Eduardo Larbanois, Carlos Benavides, Víctor Cunha, Julio Mora, J. Bulmini, Gustavo Alamón, Fidel Sclavo y Dani Umpi. En ese marco, y en el de una familia de clase media formada por un médico, Pedro Eduardo Darnauchans Brum (al que la gente veía como colorado y seguramente masón, dice el Darno), y la maestra “comunista” (con toda la carga terrible que en ese momento y en el interior tenía la palabra), se formó el trovador.

UN RELATO ÚNICO

Solamente Nelson Díaz, su amigo, admirador, testigo, confidente, discípulo y representante (a quien lo unía, ente tantas cosas, la música, la literatura y la ideología, en varios sentidos, su “hermano lunar”, como lo llamaba) podía escribir una biografía como esta, articulada sobre reportajes que le fue haciendo para fortuna de todos nosotros.

El comienzo es en sí revelador: “Conocí a Eduardo en 1991 durante una entrevista que le realizara para un medio de prensa. Recuerdo que la cita estaba pactada para las 20:00 horas de un lluvioso y frío 2 de julio. Toqué el portero eléctrico del apartamento 802 -por ese entonces vivía en la calle Mercedes 1736- sin obtener respuesta. ¿Quién era Darnauchans? ¿Un artista de culto que solía despacharse con canciones en francés y en sefaradí? ¿Un trobadour oscuro y gótico, nacido fuera de época? ¿Un dark del Tercer Mundo?

Apareció enfundado en un sobretodo negro con una gorra del mismo color y una espesa barba. En el ascensor apenas intercambiamos las inevitables palabras de presentación. El apartamento denotaba la estética Darnauchans: cientos de casetes, libros, servilletas escritas (luego me enteré que conservaba minuciosamente todo lo que sus seguidores le entregaban). Sobre la mesa había un televisor en blanco y negro, una caja de cigarrillos, una botella de cerveza, sus medicamentos contra el asma. Hablaba de forma pausada y muy suave, como degustando las palabras. Mis nervios iniciales dieron paso a una charla distendida. Terminamos hablando off the record, luego de finalizados varios casetes y cervezas”.

Allí arranca la maravillosa y terrible travesía que iba a durar hasta marzo de 2007, aunque los muertos nunca nos abandonan, sino que siguen viviendo en nosotros, y –y si son artistas- en el milagro de su obra. Dice Nelson: “Vuelvo a ti, hermano. Entre el micrófono y la penumbra: ¿en qué otro lugar, si no, podrías estar?”.

EN EL CAMINO

La biografía de Nelson Díaz (como el libro maestro de Kerouac), es un camino, un camino lleno de luces y sombras y de los dones que el Darno derramó sobre este mundo, haciéndolo más rico y mejor. Empieza con su nacimiento, con la minuciosa descripción –testimoniada por el propio artista ausente- de la infancia de “un niño cualquiera de clase media, hijo de profesionales, socialmente alta, no económicamente”, y llega a los años 60 en que la vida se torna difícil en Minas de Corrales para la familia, cuando su madre forma un comité de apoyo a la Revolución Cubana. “Sin poder realizar una actividad física regular debido al asma, el niño se refugia en la biblioteca familiar. Comienza a leer Prehistoria y Oriente, Grecia y Roma y Edad Media. Se siente seducido por el Antiguo Egipto, Babilonia y los asirios. Y sueña con ser arqueólogo”. Iba a serlo, pero del alma humana. También llegan Robert Louis Stevenson y Emilio Salgari, y sus inicios en la actividad musical, comenzando con su debut en 1968 en el programa de Radio Tacuarembó. Ya había entrado a su vida un protagonista fundamental: el “profesor de literatura, Washington Benavides, que luego sería una de sus grandes influencias”. (…) Pero en 1968 ocurrieron muchas cosas: “El 21 de setiembre de ese mismo año se afilia a la Unión de Juventud Comunista (UJC). Un entrañable compañero de primaria, Jesús ´Mono´ Valerio, con quien comparte la militancia, recuerda al adolescente Darnauchans con su guitarra colgando bajo el brazo, donde no perdía oportunidad de cantar cuando había algún acto del Partido Comunista” (…) “Éramos militantes, nos jugábamos enteros por los ideales, veíamos la revolución a la vuelta de la esquina”. “Eran momentos difíciles (…) el ´pachecato´ y todo lo que sucedió cuando se empezó a reprimir y matar estudiantes (…) También tuvimos enfrentamientos con la JUP (Juventud Uruguaya de Pie)”. Eso no impedía que Darnauchans –hombre de la cultura humanística universal- aumentara su admiración por Scott MacKenzie (autor del himno del movimiento hippie), Bob Dylan y Donovan. Junto a ellos, el propio Darno testimonia la influencia de tres poetas de Tacuarembó: Walter Ortiz y Ayala, Washington Benavides y Circe Maia, en una adolescencia en la que conviven el triunfo de la Revolución Cubana, el Mayo Francés, el avance del socialismo y los movimientos pacifistas y hippie. En 1970, Darnauchans obtiene el premio del Festival de la Canción Joven organizado por una radio de Tacuarembó, y ese espaldarazo lo impulsa definitivamente. En 1973 se edita su primer larga duración (LD) Canción de Muchacho. Más tarde viene su llegada a Montevideo “con un inmenso miedo (…) como un muchacho de Montevideo cuando va a Buenos Aires y no tiene a nadie”. Había venido a estudiar Medicina, más o menos para complacer a su padre. Darno evoca ante Nelson sus días en la ciudad indiferente y en la pensión triste, de gente veterana, no estudiantil. En el 72 “un año muy irregular, por cierto”, ingresa a la Facultad de Humanidades. “Estaba existiendo una masacre. A los tupas los estaban limpiando de a uno y los tupas limpiando milicos, vamos a aclarar. Era una cosa realmente irracional, de parte de los tupas era una especie de cosa suicida, una especie de ´después de mí el diluvio´. Pero el resto de la gente seguía viviendo y, por ejemplo, una cosa que hacía la gente que no se mataba era una huelga universitaria contra la ley dictada por (…) el ministro de Educación y Cultura de Juan María Bordaberry y que era Julio María Sanguinetti. Mirá qué casualidad… ¡Ahí se me terminó la carrera en Uruguay!”.

El Darno no tenía dudas: “Era, y soy, un comunista convencido”.

VIDA DE ARTISTA

En ese diálogo con Nelson, continúa Darno: “Hay algo que quiero que se entienda: mi música siempre va a estar al servicio del texto, aunque éste no sea demasiado bueno”. Y hablando de influencias: “La pasión que el ´Bocha´ ponía en sus clases se la agradeceré hasta después de mi muerte. Él no va a morir porque va a dejar una gran obra y muchos caminos, iguales o diferentes, tal su obra, su paso por el arte y la docencia”. En esa primera época tocó en El Galpón, el Stella, el teatro del Centro, el Tinglado y en La Máscara. En junio de 1973 participó en la ocupación del Instituto Normal de Tacuarembó, y ahí “me retiraron el carné y se dio por clausurada mi vida universitaria en el Uruguay”. Había ocupado junto a Eduardo Larbanois, Julio Zapata y Andrés Aguirre, cuatro mosqueteros contra el ejército. En 1974 edita Las Quemas y se traslada a La Plata, Provincia de Buenos Aires, en Argentina, donde se inscribe en Humanidades. También ahí conoce la frialdad de las pensiones y escapa de una masacre, pero también ahí las puertas se cierran para él. “Siempre me pasó eso (…) nunca pensé que hubiera una maldición personal (…) a mi generación le dieron así, en la nuca”. En 1975 regresa a Tacuarembó y su madre, en crisis depresiva, intenta suicidarse. El Darno habla a continuación (el capítulo se llama acertadamente “Una temporada en el Infierno”) del período oscuro de su vida, de delirio místico y locura, de las internaciones. Dejamos para el lector ese camino con quien también fue el Ángel Azul. En 1977 la música lo rescatará y vendrán los otros LD. Saltamos a 1983, en el que luego de varios “oficios terrestres” ingresa en el semanario Jaque. Era el regreso a la democracia y a la militancia abierta en el Partido. Desde entonces comienza a abismarse en la noche de Montevideo, que ya no abandonará nunca. El 12 de agosto de 1991 es “telonero” de Bob Dylan, y cuatro meses después repetirá con Paul Simon. Hay que leerlo, son emociones que no pueden transcribirse. El Darno habla de Eros y Thanatos, de su relación con las mujeres, y eso también debe leerse en el original de Nelson. Sufrió la muerte de su padre y el infierno de la enfermedad de su madre, siempre acompañado de dificultades económicas y accesos depresivos. En diciembre de 2004, la Junta Departamental de Montevideo lo homenajeó en el Solís por su labor artística. Fue su momento más brillante, pero el Darno no cejaba en su camino hacia las sombras. Dice Nelson: “Whisky y cigarrillos. Política, Literatura & Música”. En las primeras páginas había dicho que “no creo pertinente en este ámbito narrar sus días finales”. Hace muy bien. El libro se desliza dulcemente hacia un final que –como el del filme All that Jazz– lo había estado llamando siempre, y que la muerte de su segunda esposa, Patricia González, el 18 de febrero de 2007, precipitó. “Como siempre/en Sansueña si te parece/Y gracias por todo, hermano lunar”, se despide –por ahora- Nelson.

UN LIBRO COMPLETO

Nelson Díaz compila al final del libro –que contiene fotos estupendas- una serie de Miradas, entre las que están las de Washington Benavides, Víctor Cunha, Eduardo Milán, Carlos Alberto Martins, Coriún Aharonián, Pablo Santamaría y Alicia Migdal. Luego agrega las letras de sus canciones; su discografía completa; la enumeración de videos, documentales y recitales; una completa bibliografía; una nota del autor, el índice de canciones y el de fotos. Nueve años de amistad que compartieron el Darno y Nelson, durante los cuales tuvieron la feliz idea de grabar las entrevistas que son la columna vertebral del texto, fructifican en esta obra que cubre la vida completa de un artista incomparable. Puede decirse, como dijo Whitman de Leaves of Grass, “quien abre este libro toca a un hombre”.

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