Temas de moda

Por Marianella Morena.

Hace dos días tomé un taxi. Estaba bastante complicado, era casi imposible avanzar, y le comenté al taxista: “Está difícil la Ciudad Vieja”. Él enseguida se enganchó: “Mirá, yo te puedo asegurar que a nivel estadístico real, tengo muchas más probabilidades de morir en un accidente de tránsito que por un robo. Mis compañeros resultan heridos mayormente por accidentes que por otra cosa. La verdadera inseguridad es el tránsito; eso deberían decir en los noticieros, en todos lados. No me canso de repetirlo a cada pasajero que se sube a este vehículo. Lo voy a repetir hasta que alguien lo diga en otro lado”.

Vuelvo de un encuentro sobre cultura y hablamos sobre eso: los temas de moda que se ponen sobre la mesa y se exprimen hasta agotar. Parece que no hubiera otra cosa, que no sucediera nada más. Los temas se equiparan a la tendencia, a la estética imperante, se ponen tan de moda que se frivolizan desde el mismo lugar. Se adquiere la opinología y se desarrolla hasta agotar stock. Todos nos sentamos y le damos hasta que salga la última gota. Ahora, ¿tenemos todos los elementos como para hablar con tal desparpajo? No, apenas accedemos a una realidad recortada, teñida, procesada, editada. Una realidad a veces cruel, triste, terrible, que es la situación puntual, y desde ahí nos metemos con la generalidad. Ahí se pasa a los medios y se pierde, se va, se deshace. ¿Para qué? ¿Cuál es el objetivo de opinar desde un solo lugar? Otros dirán que todo es parcial, que tiene un punto de vista determinado, que la mirada del que escribe incide en el hecho concreto. En momentos en que se discute qué es la historia, cómo se relata, se ordena y bajo qué paradigma se organiza el relato, surge el interrogante sobre la masacre que es generar contenidos instantáneos para alimentar al lector, cada vez más espectador y cade vez menos lector, que pide más escándalo. El monstruo alimenta al monstruo. Es dificil determinar quién es más adicto o más enfermo. “El público quiere, a los televidentes les encantan estas cosas”.

Y en caso de que fuera así, ¿el televidente de dónde sale, quién lo forma, educa y le alimenta el vicio? La eterna ruleta rusa. Ahora, si hay temas con tanto universo desparramado, por qué no colocar las dos campanas y que la gente puede armar su propio rompecabezas, en lugar de dar solamente un fragmento machacado hasta sangrar. Ah, claro, eso sería formar ciudadanía y no tiene nada que ver con el entretenimiento, porque los límites que tenemos entre informar, comunicar y entretener están tan delgados (anoréxicos) que puedo confundir la frontera (lo comento sin ironía).

La noticia se edita, la noticia tiene un destinatario objetivo, la noticia se piensa en términos de rating, de éxito, de venta. Eso está relacionado con el entretenimiento, con el ritmo, con el discurso. El combo se agranda. En vez de convertirlo en un problema, podemos pensarlo como crecimiento: la cultura transversaliza hasta a las noticias. Todo se convierte en espectáculo, ya lo han dicho tantos, desde Umberto Eco hasta Mario Vargas Llosa; no es nada nuevo.

En estos días leo en la prensa que uno de los refugiados sirios que acampaban en la Plaza Independencia se suma a la ola y elabora su mirada: “Uruguay es un país inseguro”. Cuando leo eso quedo perpleja y pienso que algo no está funcionando bien acá. Que un refugiado, una persona que se va de un país devastado por la guerra, donde ha perdido todos sus bienes materiales, y debe viajar obligado a otro país, en tan poco tiempo haga un análisis bajo esa perspectiva significa que algo se ha viralizado, algo quizá se nos está yendo de las manos. No es lógico, ni racional, ni entendible que aparezca ese tipo de comentarios.

Bajo ninguna perspectiva, un país en democracia que atiende los derechos de refugiados se puede colocar en un nivel de inseguridad similar al de un país en guerra, en el que la vida está en peligro bajo todas las perspectivas humanitarias. Algo está pasando y no está bien. Tampoco es lógico que todos pensemos que la mayoría de los taxistas mueran por atracos y no por accidentes. ¿Por qué pasa eso?

No está bien que naturalicemos como si nada, que dejemos que en nuestras narices nos digan cualquier barbaridad como si nada. ¿O es que volvió la anestesia? Podemos rebelarnos. Hechos nos sobran, pero a veces hay un filtro extraño que se instala, y parece que quedamos supeditados a una fiebre que nos afecta a todos. Quisiera más medios televisivos que dieran buenas noticias, que ocuparan un fragmento del noticiero a los sucesos culturales, artísticos, que se enteraran, por ejemplo, de que el Auditorio del Sodre tiene un plan para niños del Uruguay profundo que vienen a Montevideo a ver ballet. Niños que se enfrentan por primera vez a un espectáculo de ese porte, a un teatro de esa magnitud, niños que no conocen el mar. Quisiera avanzar en ese periodismo que se mete hasta el fondo de nuestras realidades y va por ellas.

Ocurre que hay temas de moda que tienen los componentes perfectos. Son sensibles a todas las clases sociales, ideologías, economías, franjas etarias, géneros. La inseguridad es uno de ellos, es un universo que en sí mismo rinde en contenidos una pantalla, un gráfico, temas radiales, locutores que conducen programas frívolos y se inmolan por la causa pública, cuando no les preocupa reírse de los demás, no importa. Es el vale todo. Babilonia impensada. Sigamos.

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