A Chichita Méndez

Por Marcia Collazo.

a Chichita Méndez

Habíamos viajado juntas a un congreso de educación que incluía, como no podía ser de otro modo, un viaje por toda la isla. La conocí en Cuba. Dije bien. Pese a que viajamos juntas, en el mismo avión y en el mismo grupo, no nos descubrimos sino hasta un poco más tarde, no sé exactamente cuándo, pero estoy segura de que nuestras almas ya se habían estado rondando, o acaso tendiéndose puentes en silencio.

Imposible olvidar la luz de las playas de Varadero, de Trinidad, de Santiago. Una luz blanca y ancha, que ya venía languideciendo cuando nos encontramos, por vez primera, con el mar Caribe. Ya de noche cerrada varios de nosotros corrimos hacia la arena que refulgía bajo la noche y nos metimos gozosamente en el mar, que se advertía tornasolado y transparente bajo las estrellas. Éramos los locos uruguayos que, bajo la mirada incrédula de los funcionarios del hotel, nos adentramos en las olas en pleno invierno; un invierno que, para nosotros, era más cálido y benévolo que cualquier enero de Rocha.

Al volver a la playa, con las manos cargadas de corales, pequeñas ramificaciones pulidas, huesos de una antigua osamenta mineral, la descubrí. Chichita estaba tumbada en una reposera, mirando el mar. Toco ahora, mientras la describo, la tibieza deslumbrante de esa arena, multiplicada en millones de granos; de pronto, presionada por el peso de mis pies, la arena se desliza con rumor de vidrio molido, se pone en movimiento hacia ella, hacia la mujer octogenaria que contempla la noche en silencio. Les aseguraré que oí sus pensamientos, mucho antes de escuchar sus palabras y asomarme a su historia.

Ella iba en ese viaje a Cuba acompañada por Nancy Carbajal, otra formidable educadora, ensayista y escritora. Eran ambas unos seres humanos tan altos y profundos, que hasta las más jóvenes integrantes de aquel grupo, que no pasaban de los veinte y pocos años, se dieron cuenta de que algún milagro se escondía en ellas, y manifestaron con toda convicción que era un privilegio haberlas conocido.

No importa que ahora Chichita Méndez ya no esté en este mundo, porque está de todos modos, de una manera rotunda y diáfana. Nuestra amistad nació así, entre el tumulto de un mar inmóvil y el coro de las risas y la alegría del descubrimiento. Aunque supe de entrada que había en Chichita un universo poderoso, de los que no se revelan así como así, ese universo me fue siendo revelado, primero a través del viaje por toda la isla, que recorrimos de punta a punta durante casi veinte días de espléndida eternidad, y después por medio de las visitas a su casa de Playa Pascual.

Esa casa, llena de su espíritu, era una mezcla de lugar de veraneo y hogar de tierra adentro, humilde y severo. La sala y el comedor eran umbríos y cálidos. La cocina era una reminiscencia de fogón y de rancho de campaña, con su caldera de metal enlozado y su olla panzona de aluminio, la vieja olla del Garao, que la acompañó durante todas sus aventuras de maestra rural, que se subió con ella a los trenes y a las carretas traqueteantes de imposibles caminos rurales, que se mezcló con sus cuadernos, sus libros y su colchón de lana, y que allá permanecerá todavía, de ojos abiertos en la soledad.

Chichita -Gladys Méndez de Rojas- nació en el campo, en la región del Garao, Cerro Largo, y eligió abandonar este mundo un 14 de junio de 2020. Fue maestra, sindicalista, integrante de las Misiones Pedagógicas, militante de la vida, luchadora incansable por la educación y por todos los valores y derechos que deben acompañar a esta: libertad, igualdad, solidaridad, dignidad, conocimiento y derecho a la felicidad. Escribió, entre otras obras, el libro Doscientos años de escuela pública. Memorias de aula, editado en 2014. Se formó, como ella misma dice en un magnífico documental que recomiendo ver, en los tiempos de María Orticochea. Salió del Instituto Normal en 1950, decidida a ser maestra rural. También fue maestra urbana en contextos difíciles, así como directora de escuela.

“Mi entusiasmo era superior a cualquier cosa”, expresa. Para llegar a su primera escuela, se tomó un tren, se bajó en la desierta estación Rodríguez, en San José, y se subió a un ómnibus que la dejó en el almacén El Barquito. De ahí, un camión que pasaba la arrimó a la escuela. El camión avanzaba y la noche caía. La maestra que viajaba con ella -una muchacha de la ciudad- le empezó a preguntar: ¿Y las luces? ¿Cuándo las van a prender? ¿Y las casas? ¿Y la gente?

Las preguntas caían en la penumbra y se enredaban en los pastos y en la tierra atravesada apenas por lejanos ladridos y algún mugido de vaca. Esto ocurrió el último domingo de semana de Turismo. En medio de una oscuridad cerrada, Chichita y su colega ocuparon la casa reservada a los maestros, apenas un ranchito modesto. Al otro día, de tacones y guardapolvo impecable, esperaron a los 37 niños que figuraban en la lista. Vino uno solo. Entonces Chichita se sacó los tacos y salió a caminar en alpargatas. Así lo dice en su diario: “Salimos a las casas más próximas a avisar que las clases estaban abiertas”. Caminó hasta la caída del sol. A los padres les gustó de entrada su compromiso. Nunca dejó Chichita de visitar las casas, en el marco de su labor pedagógica, que trascendía con amplitud su puntual labor en la escuela. Volvía con huevos frescos, alguna mermelada, dulce de leche.

Además de sus clases, instaló un aula de costura y tejido, en la que se aprendía, se conversaba, se tomaba mate y se urdían los lazos de una auténtica comunidad. Su cocina llegó a ser una despensa colmada de zapallos, boniatos, porotos guisantes, choclos y papas. Miró Chichita su famosa olla, caliente y rebosante, y posó luego sus ojos en la comida fría que traían los niños. Nació así el primer comedor de la escuela, que las dos maestras llevaron adelante con ayuda de algunas manos solidarias. “El comedor escolar no es para los pobres. Es un lugar de comunidad, de enseñanza y aprendizaje. Y eso fue nuestro comedor”, puntualizó.

En su actividad en las Misiones Pedagógicas, llegó a conocer “lo peor del campo, para poder manejarlo” y también “lo mejor  de las comunidades campesinas, para poder escucharlas”. Un dentista paraguayo, el doctor Orlando Rojas, colaboró con su labor a través de la higiene dental, y fue muy bien aceptado por los padres y por los estudiantes. “Y no le erraron”, añade Chichita, “porque después me casé con él”.

Entre los objetos que Chichita llevó a su primera escuela rural, figuraba el poema pedagógico de Anton Makarenko. Y así como este descubre un día a “un hombre extraordinario, Vasili Nikoláievich Perski”, generaciones enteras de escolares y legiones diversas de seres humanos hemos descubierto a Chichita. Como Vasili, Chichita es una mujer ennoblecida “por siglos de técnica, de literatura y arte”. Pertenece a la rara especie de quienes estimulan, mediante la actividad docente, “la pasión necesaria, el fuego de la inteligencia y el nacimiento de los creadores”.

Entre tantos ejemplos que nos dejó Chichita, rescato uno que ella supo cumplir hasta el último día de su paso por la tierra: el legado de una vida dichosa, la singular virtud de dar con la felicidad, exigua, mínima y trascendental, allí donde se encuentre.

 

2 comentarios en «A Chichita Méndez»

  1. Hermosa nota; gracias por compartirla. Cuba sin duda es el lugar mas indicado para conocer personas maravillosas de todas partes del mundo. Yo tengo un mundo amigos en esa isla maravillosa.
    Chichita como Ud., la describe es la representacion de las maestras Rurales. Conoci a muchas en el norte de Uruguay, en un rincon perdido en el Dpto. de Artigas. Recuerdo aun los nombres de varias de ellas/ellos.
    Su historia me trae muchos recuerdos, y muchos libros; «Vida de Maestro», Jesueldo aun me acompana. Mi ejemplar de «Poema Pedagogico» yace sepultado en algun rincon de Montevideo donde fue sepultado junto a «El Don Apacible» y muchos otros cuando era un crimen leer y tener curiosidad por aprender.
    Hermosos recuerdos, gracias por compartirlos.

  2. Gracias Marcia. Leer está nota fue un enorme placer.

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