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Antonio Pippo: “Soy hijo de la tinta y el papel”

El periodista argentino -radicado en Uruguay hace casi 70 años- repasa su infancia “no feliz” entre la vecina orilla y el departamento maragato. Recuerda sus inicios en los medios de comunicación y habla de su otra gran pasión: el tango.

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Textos Daniel Alejandro

 

“Quizás hay preguntas que no deben hacerse, quizás hay respuestas que es mejor no saber”. En este mano a mano, Antonio Pippo ignora lo que él mismo escribió en la contratapa de su libro predilecto, Jazmín de noviembre, para hablar de todo: polémico, nostálgico, resiliente. Llegó de pequeño a nuestro país con una mochila cargada de desilusiones; un padre abandónico y una madre superpoderosa. La vida supo darle más piñas que caricias: perdió una hija de once años y hace algún tiempo enviudó de su gran amor. Y así, sin respuesta, sin saber cómo ni por qué, supo levantarse una y otra vez de los knock-out del destino.

 

Se enamora, pero escribe, lo abandonan pero escribe, se derrumba, pero escribe, se cuestiona pero escribe, falta poco pero escribe. Quizás la pluma y la tinta sean su revolución y su salvación. Ese revés que toda vida nos tiene preparados. Y aunque a colación de Gardel, él mismo reniegue de aquellos que “a dentelladas” discuten la nacionalidad de un artista, para nosotros es un orgullo decir que Antonio Pippo es bien nuestro.

 

¿Qué recuerda de Buenos Aires antes de venir a vivir a Uruguay?

Muy pocos detalles, difusos. No hay que olvidar que mi madre me trajo a Uruguay cuando yo tenía alrededor de cinco años. La calle Charcas, alguna esquina de San José de Flores, una imagen de mi padre discutiendo; un tropezón que me hizo meter el pie en un hormiguero pese a que iba de la mano de mamá. En fin. Muy poca cosa.

 

¿Por qué vinieron?

Mi madre nació en San José y allí vivía cuando conoció a mi padre, por intermedio de un cuñado de ella, amigo de él, con el que compartía el entusiasmo por los hipódromos. Este señor porteño la enamoró y en poco tiempo se casaron y se fueron a vivir a Buenos Aires, donde nací. Pero al paso de unos pocos años, mamá comprobó que mi padre le había mentido: no tenía un peso, toda la plata disponible era de mi abuela paterna -lo más parecido a una bruja que hoy se me presenta en la memoria-, solo tenía un par de caballos de carrera y contrabandeaba cosas desde Bolivia. ¡Qué panorama! Como Perón todavía no había aprobado la ley de divorcio unilateral por sola voluntad de la mujer, lo nuestro fue una huida, una aventura: viaje en tren por el litoral, lancha en Gualeguaychú y desde Fray Bentos otro tren a Montevideo, donde primero estuvimos cuatro años con mi abuela y unas tías, en la calle Galicia. Mi abuela ya se había divorciado de mi abuelo materno.

 

Usted era muy niño, pero ¿recuerda algo de Perón o Evita?

De la muerte de Perón tengo un recuerdo bastante vívido porque, casualmente por razones que ahora no vienen al caso, yo estaba en ese momento en Buenos Aires. Hay una curiosidad: como no hice el servicio militar, yo figuraba como desertor, y si bien tenía cédula uruguaya como ciudadano «natural» por ser mi madre de esa nacionalidad, carecía de cualquier documento argentino. Increíblemente, al menos para mí, cuando terminaba 1973, Perón aprobó una ley de amnistía que abarcaba a mi generación. Eso fue un año antes de su muerte. Entonces, me hice del documento argentino y pude viajar sin inconvenientes. Aquel sepelio fue impresionante. En cuanto al de Evita, es imposible que yo tenga recuerdos personales, ya que nací en febrero de 1943. En mi mente, solo perduran las imágenes filmadas durante aquel triste acontecimiento. Quizás, el que más gente congregó.

 

A los nueve años llega a San José. ¿Cuál es ese recuerdo inolvidable que aún permanece grabado en la memoria?

Es verdad, a los nueve años hubo algo así como un terremoto familiar. Mi abuela y las tías solteras, agregados mi madre y yo, fuimos a San José, donde estaba otra parte de la familia. ¿Recuerdos de entonces? Mi abuelo, en cuya casa caímos a vivir al principio, ya que en lo de mi abuela no había sitio suficiente, era un personaje muy extraño: comisario retirado de campaña, gran semental -se sabía que había dejado por ahí, como Maradona, algunos hijos naturales que nunca reconoció-, puteador empedernido y guitarrista clásico. Con él, porque entonces era muy joven, iba a estudiar Alberto Ulián, que fue uno de los mejores guitarristas de este país. Quiso enseñarme a tocar, pero yo lo miraba y el miedo me paralizaba. Cada intento terminaba igual: «¡Dejate de joder con este guacho de mierda!».

 

¿No tuvo una infancia feliz?

No. Además, tuve asma desde los nueve meses. Eso me infundía temor y vivía dándole la espalda a la calle y mirando siempre la puerta de la casa. Superé la enfermedad con el paso del tiempo y gracias a un médico que me hizo muchísimo bien porque con su terapia fui perdiendo el miedo, empecé a jugar con normalidad, hice mucho deporte. En fin, fue el doctor Walter Ravenna, que se había instalado en San José recién graduado en Estados Unidos, y de quien hoy se tiene un triste recuerdo de cuando se enganchó en la política como ministro de Pacheco y tuvo penosa actuación en una realidad nacional trágica que todavía nos persigue.

 

¿Qué puede decir de sus padres?

De mi padre todos los recuerdos remiten a dichos de mi madre. Solo sé que nunca movió un dedo para recuperarme, nunca me buscó y me quedó la idea de que en realidad se había sacado un peso de encima. De mi madre, que murió en 2006 a punto de cumplir 90 años, solo puedo decir que fue una heroína admirable de la vida. Me educó contra viento y marea. Llegó a pasar hambre para que no me faltara comida. Recién nos enderezamos un poco y salimos de la pobreza cuando le dieron un puesto de locutora y productora de programas en la radio de San José. Y yo, a los 15 años, me empleé en una escribanía como protocolista, es decir, aquel que escribía a mano en un libro central todas las escrituras que se firmaban. Me ayudó que en ese entonces ya estaba medio pupilo en la Sagrada Familia y los curas se volvían locos con la caligrafía. Severísimos. A los 16, un compañero de mamá en la radio, que tenía un diario, Aquí Está, me hizo un lugar y dio comienzo a mi carrera periodística. Ahí conocí a Paco Espínola, que ya no vivía en San José, pero era amigo de la gente del diario y aparecía con frecuencia.

 

¿Le gustaría pasar los últimos días de su vida en su tierra natal?

No. En absoluto.

 

¿Se siente más uruguayo que argentino?

Por supuesto. Al margen de los viajes que pude haber hecho a Buenos Aires, debo decir que prácticamente me crié y me formé aquí, para bien o para mal. En Uruguay aprendí todo lo que sé hacer, formé mi familia y estoy persuadido que aquí moriré. No falta demasiado. Como dicen en el boliche, «ya doblé la esquina».

 

¿Cómo le gana al tiempo?

Cuando la máquina se va desgastando y llega la vejez con toda su carga, es muy importante, mientras se pueda, mantener la lucidez, las ganas de hacer aquello que el cuerpo permita. Cosas que estimulen, que diviertan o que sean útiles para los demás. No hablo de planes o proyectos porque me parece un exceso. Pero sí de ideas para desarrollar actividades, aunque muchas veces la realidad las deje por el camino.

 

¿Cómo se lleva con la soledad?

Me llevo bien con la soledad, al menos en términos relativos. El tener siempre la mente ocupada, el pensamiento activo, las ideas en ebullición, ayuda mucho. Además, soy un buen lector y veo muchas películas por televisión. Obviamente la pandemia ha cambiado mucho las cosas, porque hasta su aparición participaba en grupos de amigos o periodistas en actividad o retirados. Hasta hace tres años tuve, durante al menos una década, un espectáculo de tango en vivo, que ideé, guioné, gestioné y hasta coparticipé como glosador, contador de anécdotas o «decidor» de poemas. En cualquier momento vuelvo, si la pandemia deja un resquicio. Ahí está: eso me cansó mucho y por ello dejé; pero haciéndolo con otros, y solo como complemento, sería algo muy divertido para esta etapa de la vida.

 

¿Recuerda cuál fue la primera nota que realizó para un medio gráfico de Montevideo?

Esa primera nota, y hablo de notas con investigación periodística, la hice para el viejo El Día, viviendo todavía en San José. Es que yo era el corresponsal ahí de ese histórico diario. Y uno de mis maestros, Dorbal Paolillo, padre del infortunado Claudio, solía pedirme cosas extras porque le parecía que yo «escribía bien y era responsable». Fue una nota sobre la situación sanitaria y económica de los tamberos chicos, en el año 1964.

 

¿Sigue siendo usted un amante del papel y la tinta?

Por supuesto. Soy hijo de la tinta y el papel. Cuando empecé en Aquí Está, de otro maestro, el primero, Ariel Chabalgoity, en 1959, llegaban las primeras linotipos al interior y llegué a conocer el método anterior, que aprendí a usar y que hoy parece del Paleolítico: el armado de las líneas a imprimir en un componedor, letra por letra, para después ajustarlas en una o dos columnas a una suerte de rectángulo de hierro que se apretaba y entintaba.

 

¿Cómo se lleva con las nuevas formas de informar? Me refiero a las redes sociales.

Uso Facebook y tengo WhatsApp, pero entro cada vez menos y me es útil solo para publicar lo que escribo: replico las notas que hago en Búsqueda, publico una columna llamada «El Pensador» que hasta que me fui de ese medio aparecía en el semanario Voces, y escribo algunas cosas aisladas para la Agencia Mundial de Prensa, una organización de la web. Al principio me entreveraba, como en un picado, en tontas, intolerantes y absurdas discusiones. Cada día lo hago menos. No vale la pena. Facebook también me sirve para dar publicidad si edito algún libro. En definitiva, mi relación con las redes es como una relación matrimonial imperfecta.

 

De todos sus libros ya publicados, ¿cuál es su preferido y por qué?

Mi libro preferido, el que desde mi subjetividad pura creo que es el mejor escrito y más conmovedor, es Jazmín de noviembre, que lo edité en 2001 en la entonces Santillana, hoy adquirida por otra editorial multinacional. Confieso mi satisfacción interior también por Troesma, editado por Fin de Siglo en 2005, y por el último, que lamentablemente no tuvo la difusión esperada y por tanto ha pasado sin pena ni gloria, titulado Entre tú y yo, edición de Moa Demkroff.

 

Usted público una biografía del capitán de Maracaná, Obdulio Varela. Hábleme de aquel encuentro.

Obdulio desde el alma fue el primer libro que edité en mi vida. Tuve proyectos anteriores, pero no. Exceso de autocrítica, tal vez. Nunca quedaba conforme con lo que hacía. O manías incendiarias, como las de Sábato, que quemó decenas de borradores de libros suyos. Lo escribí a pedido del profesor Armando Fernández, íntimo amigo de Obdulio y lo editó Fin de Siglo. Corría 1993 y yo ya tenía 50años. Fue una experiencia inolvidable por varias razones. La primera, la personalidad del capitán de Maracaná, una persona muy especial, poco afecta al diálogo, aunque una vez que te admitía en su casa, era cálido. Lo de él eran más gestos que palabras. Fue todo un aprendizaje lograr desentrañar respuestas que partían de frases cortadas, de una palabra y, sobre todo, de gestos o señas: una guiñada, un levantamiento de cejas, un encogimiento de hombros, un cabeceo. A veces parecía que estaba jugando al truco conmigo. Me costó, pero lo logré. Obviamente, me tomé libertades en la construcción del libro, con su autorización y la de su esposa, Catalina. Ella sí que me ayudó. Mientras él se levantaba e iba a hacer alguna cosa, ella aprovechaba y me contaba infinidad de anécdotas. Edificar ese libro fue complicado, pero me parece que salió bien. La otra satisfacción fue el resultado, ya que fue el más vendido de todos mis libros, en varias ediciones, por lejos. Y, completando ese panorama, hace un par de años lo reeditó el Museo del Fútbol, yo cedí mis derechos. Para mí, Obdulio fue un hombre bueno de carácter fuerte, moldeado por una vida difícil y atemperado por una compañera incomparable. Un hombre del que, tristemente, en su vejez, en su final, muchos se aprovecharon.

 

Hablemos de tango. ¿Siempre lo apasionó?

Es difícil que el tango no me apasione. «La única música que te espera», dicen por ahí, aunque a mí me agarró de chico, siendo que junto a mi madre fue lo primero que escuché. En mi niñez y adolescencia era tango, folclore y jazz tradicional. Pero, además, los adultos que me rodeaban y me protegían -debo decir, porque a mamá la querían mucho y veían las dificultades que enfrentaba conmigo- eran en su mayoría tangueros o folcloristas. Yo conocí al conjunto original de Los Carreteros, el primero en el país que hizo una gira internacional. Curiosa gira: una semanita en China y un mes en la Unión Soviética. Nada raro, eran todos comunistas. Hace unos pocos años murió Víctor Santurio, el fundador, y hace pocos meses se me fue Rodolfo Martínez, hermano del musicólogo Ariel Martínez, amigo desde siempre, que después de dejar Los Carreteros se dedicó a cantar tangos. El tango es para mí una pasión de vida. La música popular más profunda que se haya compuesto en el mundo. Pregunten, si no, qué opinaba de él Arthur Rubinstein. Y del folclore me quedó un «hermano de sangre», Abel Soria, ya fallecido. Llegó de su Cerrillos natal a San José, pobre de toda pobreza, con 19 años, yo tenía 13, y una guitarra vieja al hombro. Mi madre lo ayudó mucho y hasta fue su madrina de casamiento. Creció profesionalmente a pasos agigantados. Tenía una mente ágil, una inteligencia privilegiada. Ya maduro, era una referencia cultural. Engañaba mucho con esa pinta de tape alto, morocho y serio, detrás de la cual se escondía una enciclopedia humana.

 

¿Supo bailar esos tangos? ¿A dónde iba?

Bailé poco. Siempre fui bastante «tronco». Me enseñó mi mujer, que era bailarina profesional de folclore y bailaba bien cualquier ritmo. Éramos una pareja rara porque la que «llevaba» era ella. En San José solíamos ir a bailar a la quinta de Sambarino, que ya no existe. En Montevideo, adonde aterricé definitivamente en 1967, bailamos en fiestas o reuniones familiares, nada más.

 

¿Cuáles son sus tres cantores preferidos?

Carlos Gardel, Edmundo Rivero y Ángel Vargas. Pero la lista de grandes cantores es mucho más amplia, claro.

 

¿Le preguntaría algo en especial a alguno de ellos?

Ya le hice a quien pude la pregunta que más me interesaba. Fue a Edmundo Rivero, en «El Viejo Almacén» de Buenos Aires, año 1978. Yo sabía que él había hecho una investigación minuciosa acerca de los orígenes de los primeros tangos. ¿Cuál fue el primero? Me dijo: “‘El torito’, nombre que después robó Villoldo para un tema suyo, y quien lo registró fue el general Bartolomé Mitre en 1875, en París”. Luego de mi asombrada pausa hubo una segunda pregunta: “¿Pero usted cree que Mitre componía tangos?”. Su respuesta fue una mirada entre pícara y condescendiente.

 

¿En qué bar de Montevideo que ya no esté le gustaría charlar con su cantor predilecto?

En El Tío Francisco, un boliche que cerró hace unos años, cuyo dueño, Esteban, era mi amigo. Colonia y Paraguay, esquina, justo frente al local de Los Domínguez. Mi peña querida.

 

¿Cuál es el mejor tango de la historia?

Esta respuesta puede cambiar según el día. Es decir, según hayan venido las cosas, las emociones, lo que va por dentro. Hoy digo «A Evaristo Carriego» de Eduardo Rovira, del que hay una versión admirable de Osvaldo Pugliese.

 

¿Carlos Gardel es argentino o uruguayo?

Nunca encontré algo más absurdo que pasar décadas -por más que quienes quieran hacerlo tengan derecho y no discutiré su certeza de estar aportando algo a la relativa verdad histórica- discutiendo a dentelladas la nacionalidad de cualquier artista que, por su valor intrínseco, traspasó todas las fronteras y se hizo universal. Se haya llamado Gardel, Sinatra o Mozart.

 

¿Cuál es la mejor biografía de Gardel?

La que aún está por escribirse.

 

Biografía
Nació en Buenos Aires en 1943. A los nueve años, se instaló junto a su madre en el departamento de San José, donde tiempo después se inició como periodista en medios locales. En Montevideo, prosiguió en periódicos ya desaparecidos como El Día, El Diario, La Mañana, BP Color, Ahora, Mundocolor y Ya; y más tarde en Búsqueda, El Observador y Posdata. Creó el semanario Todofútbol, se dedicó a la producción editorial independiente y dirigió noticieros de televisión. Fue asesor periodístico en Canal 10 y publicó varios libros de su autoría.

 

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