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Apagando los cerebros

Por Marcia Collazo.

Desde que escribo novela histórica he pasado por una multitud de experiencias, en su mayor parte entrañables. La gente es generosa, luminosa, ferviente. La gente me ha demostrado a cabalidad aquello de que no hay escritor sin lector, y que un libro siempre es más inteligente que su autor. Doy las gracias por eso. Pero también he sufrido unas pocas gotas de ira ajena, de envidia y suspicacia, de recelo y de odio, bajo múltiples formas.

Una persona me increpó un día, en el preciso instante en que fui a saludarla y a expresarle mi más sincera admiración y reconocimiento, diciéndome más o menos estas palabras: “El libro que usted publicó yo ya lo escribí”. Se refería a uno de mis libros de ensayos literarios sobre personajes relevantes de nuestra historia. La persona sufrió sin duda un error. Confundió tema con plagio, cosa que no es lo mismo. El plagio es un delito, pero el tema no tiene propiamente dueño. Por pudor, por respeto -que esa persona no me tuvo, ciertamente- me abstuve de responder que, si ése fuera el caso, todos los historiadores del mundo, toda la historiografía del mundo, e incluso buena parte de la literatura universal debería ser suprimida o arrojada a las llamas, puesto que ha girado en torno a temas recurrentes, sacando al hipotético primer autor que se ocupó del asunto. Egipto, Grecia, Roma, la Edad Media, la llegada de Colón a América, los genocidios cometidos por los españoles en el nuevo mundo, la revolución hispanoamericana y todo lo que a usted se le pueda ocurrir, incluidos el amor, la guerra, la soledad, la felicidad y la desgracia, han sido temas tratados en abundancia por las más diversas disciplinas y artes, y es de desear que sigan siéndolo.

Soy incapaz de imaginar a Eduardo Acevedo increpando a Juan Zorrilla de San Martín, o a Juan Pivel Devoto haciendo lo propio con Mena Segarra, o a Platón maldiciendo a Tomás de Aquino, sólo porque uno escribió sobre el mismo tema que el otro. Se trata de un absurdo de los grandes. Pero parece que en la mentalidad de los necios, si alguien ha escrito una página cualquiera de nuestra historia, así sea en clave literaria, hay que alertar a la población por comunicado oficial: a partir de este momento se apagan todos los cerebros. Prohibido pensar y mucho menos publicar sobre esta cuestión, porque acaba de hacerlo fulano o mengana. Como si fuera poco, la imprecación que me hiciera aquella persona caía por su base. Ella misma, si atendemos al nervio de su argumento, había cometido el pecado que me imputaba, puesto que había escrito sobre ciertos personajes históricos de los que ya se habían ocupado otros antes que ella, al menos desde los años 20 y 30 del pasado siglo.

El tema no termina aquí ni mucho menos. A medida que fui acumulando experiencia de vida, por aquello de que miramos vivir tanto como nos miran a nosotros, advertí que existían algunos otros ofendidos. Gente que, por el mero hecho de haber escrito sobre tal o cual personaje, se creía propietario de este. Algo así como si hubiera obtenido una patente, o celebrado un contrato de compraventa de persona, cesión o comodato de memoria. Ignoro cuál será la figura jurídica aplicable al caso, aunque mucho me regocijaría hallarla.

Están, por otro lado, los que se han ofendido conmigo porque, al ocuparme de la novela histórica, me he asomado al universo de muchos hombres y mujeres de nuestro pasado que luego pasaron a ser -por desgracia para la nación en su conjunto- símbolos de tal o cual facción política. Es verdad que estos ofendidos son excepcionales. En general, por mucho que alguien se apasione con tal o cual bandería, suele celebrar el hecho de que un escritor se ocupe de ciertos nombres que han pasado a engrosar el caudal de nuestra identidad nacional. Pero bien se dice que las excepciones confirman la regla.

Hace poco, en un departamento del interior del país, cierta persona me negó ostentosamente el saludo, durante un acto oficial y en presencia de otra gente. El caso revestía cierta seriedad ya que la persona negadora se hallaba, en dicha circunstancia, investida de los deberes inherentes a su cargo. Ostentaba, en efecto, una investidura oficial en el momento en que observó su conducta omisa, y en lo que a mí respecta, yo era nada más y nada menos que su escritora invitada. Pero así y todo, pudo más algún genio malévolo de los que andan surcando los aires, y al verme, al encontrarse conmigo en un pasillo de la institución a la que me había invitado, y en la que yo procedería a la presentación de mi obra… me miró, se dio media vuelta y me negó el saludo. Yo no pude menos que sonreír, al menos para ahorrarle el mal trago al resto de la gente que, atónita, presenció la escena. Al fin y al cabo, pensé, ellos tendrán que continuar conviviendo con esta persona, y yo no, de manera que nada cuesta un gesto de calma y de generosidad enarbolado a tiempo.

Ustedes, mis amables lectores, bien saben que no suelo sacar trapitos personales al sol. Pero ya que de excepciones se trata, en este caso decidí hacer una, y decir el pecado y no el pecador, por aquello de que al menos una vez en la vida hay que ocuparse de la ropa sucia, de las malas ideas, de las peores tentaciones y de esos deseos subterráneos, tan deplorables como abundantes, de que el prójimo reviente de una buena vez.

Nadie es dueño de nadie, y si vamos al caso, nadie es dueño de nada. Y como bien dice mi hija, profesora de historia y talentosa y joven investigadora, ¿qué otra cosa puede pedir el historiador, el lector de a pie, el curioso amante del pasado, sino la mayor riqueza posible en materia de libros, de pensamientos, de ideas y de miradas múltiples? Yo, que escribo novela histórica, poseo mi acento intransferible, que reside en la ficción. Pero poseo también mi intransferible interpretación de los hechos históricos, tal como sucede con nuestro entrañable Tomás de Mattos, creador de la mítica novela Bernabé, Bernabé; o con la escritora argentina María Rosa Lojo, que tanto se ha ocupado de la figura de Manuela Rosas, o con Napoleón Baccino Ponce de León, que nos brindó su espléndida novela Maluco.

Dice el pensador francés Paul Ricoeur que no hay ningún filósofo que necesite justificar su interés por el tiempo. Yo me permito agregar que no hay tampoco ningún escritor que necesite hacerlo, y menos que deba pedir permiso ni a los vivos ni a los muertos.

El tiempo es una cabeza de hidra, o sea un problema omnipresente, incluidos los seres humanos que han hecho del tiempo su objeto de análisis y por qué no, de angustia. Por otra parte, ¡somos tan finitos, tan perecederos! Me parece que no vale la pena malgastar ni un átomo de nuestra vida en asuntos de mezquindad para con el prójimo. Hay que pensar, reunir, juntar y convocar. Hay que separar también, pero no a la gente sino a los problemas, para poder acometerlos. Ya decía el griego Anaximandro que el tiempo tanto construye como destruye. Lo que el tiempo da, el tiempo lo quita. El tiempo es, como buena cabeza de hidra, la intuición de todas las cosas y de todas las experiencias.

Necesito pensar para vivir. Necesito mirar, reflexionar, interrogar e interrogarme. Por eso, para ir hacia la historia con la mirada más humana que pueda concebir, elegí la literatura. La idea de limitar el tiempo como un objeto de investigación disciplinario me parece muy poco plausible. Hacerlo con un ser humano me suena imposible, por lo menos a efectos de rescatar la respiración, los sueños, los deseos, el miedo y la esperanza de esas personas idas, a quienes sin embargo hemos elegido de algún modo para que pasen a integrar nuestra identidad cultural, social, política.

Nada puede ser más libre que la creación y el pensamiento. Nada puede enriquecernos más. Vivamos y dejemos vivir, seamos menos mezquinos y más generosos. Es gratis, y es más racional y sensato que la pulsión del odio o del resentimiento. Es, al fin de cuentas, lo poco o lo mucho que nos puede salvar.

2 Comentarios en "Apagando los cerebros"

  1. Justamente el problema radica en ser generosos.
    El egoísmo creo yo se va plantando de a poco desde la niñez como una semilla en determinadas personas y ahí crece.
    Creo que todos los días tenemos que intentar ser generosos desde muchos puntos de vista.
    Debo de reconocer que a veces me lo tengo que recordar a mí misma.

  2. Muy bueno lo tuyo, Marcia. No sabés cómo te entiendo… Mo leí tus libros, pero sigo tus publicaciones por aquí. Tuve la suerte de tener a Suleika de profesora en mi segundo año de bachillerato en Minas… Precioso el artículo sobre Ida Vitale.Te saludo desde Cochabamba, Bolivia.

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