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El arte del engaño

Por Eduardo Platero

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Caras y Caretas Diario

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Me refiero a las amenazas militares del señor Trump. No las concretará, fueron un ardid, una treta, una manera de engañar a su electorado, a su país y al mundo. En tanto todos temblábamos ante la posibilidad de que este aparentemente irresponsable señor se embarcase en una escalada belicista, que casi seguramente podría desembocar en una hecatombe nuclear, el presidente Trump tomaba las medidas internas que realmente le interesaban. Una especie de truco de prestidigitador: te llama la atención con una mano en tanto con la otra prepara el final sorpresivo. Así los proyectiles balísticos sobre Siria, las amenazas de revisión de los tratados con Irán que trabajosamente había logrado Obama y el envío de un portaaviones atómico a las proximidades de Corea del Norte. ¡Y la madre de todas las bombas! Mientras nos mantenía en vilo con las amenazas belicistas, aprobaba las medidas internas que realmente eran su objetivo. Un retiro a todo obstáculo que pudiese representar la protección ambiental, dando vía libre a los capitales para que exploten los recursos naturales sin ningún reparo. Una rebaja increíble de los impuestos que favorecerá a los grandes capitales con la excusa de que con ello favorecería la reinversión y un realineamiento de los medios, que han comprobado en carne propia que Estados Unidos será una gran democracia, pero no conviene atacar al presidente. Pese a todo, algunos de los más grandes continúan su guerra anti-Trump. No han conseguido demasiado: en un primer momento lograron cierto predicamento en una opinión pública muy inestable y que había quedado sorprendida por el resultado electoral, pero, blandiendo el gran garrote, Trump ha conseguido recuperar el apoyo mayoritario. Vaya como reflexión al pasar: cuando dije que si no era en esta elección, sería en la próxima, no estaba expresando temores personales. Trump es el “yanqui ideal”. Fatuo, amenazante, racista y absolutamente convencido del “destino manifiesto” de su país. Lo predicaron los padres fundadores y las sucesivas generaciones se han criado en esa creencia profunda: Estados Unidos es la nación elegida. La destinada a regir al mundo y servirse del mismo. Ellos son “los elegidos”. Trump es lo que se les ha presentado como modelo a lo largo de toda su vida: un ganador, la imagen misma del éxito que termina por confundirse con el favor divino. Si triunfas, es porque Dios lo quiso. Y si no triunfas, si eres un “perdedor”, es que no has gozado del favor divino, que no lo has merecido. En una nación en la que la dicotomía ganador-perdedor está tan arraigada y donde, a determinada altura de sus vidas, la inmensa mayoría termina por aceptar íntimamente que son “perdedores”, Trump es lo que hubiesen querido ser. Lo que fingen ser para engañarse a sí mismos y tratar de engañar a su entorno. Ser perdedor no sólo es malo en sí mismo, ¡parece ser contagioso! Nadie quiere ser un perdedor o tener amistad con alguno de ellos, por eso todos fingen. Todos se muestran arrogantes. Todos sienten orgullo de ser parte de una nación que le pone las peras al cuarto al mundo. Un modesto volante que repartió la Federación de Magisterio y el Movimiento de Educadores para la Paz tiene comparaciones que indignan. Un par de proyectiles tomahawk, como los lanzados en Siria como ejemplar castigo a la no probada utilización de gas sarín, financiarían una escuela, es decir que solamente en ese alarde gastó el equivalente a 34 escuelas. Catorce de ellos financiarían un hospital. Gastó cinco o seis hospitales en llamar la atención con su alarde en tanto miles de seres humanos están destinados a vivir y morir sin haber conocido jamás una cama de hospital. No quiero cansar, pero bástenos saber que un portaaviones como el que mandó a merodear a Corea del Norte cuesta lo mismo que 500 escuelas y 50 hospitales. Hice bromas con el costo de la madre de todas las bombas, pero el asunto es serio: 1.700 billones de dólares gastan anualmente en armamento. Mucho más de lo que necesitaríamos para que nadie en el mundo sufra hambre y no tenga techo decente. Es una carrera loca y, a la vez, imparable. Porque si uno se arma, el otro también lo tiene que hacer. El complejo militar industrial que denunciara Dwight Eisenhower al finalizar su mandato ha impuesto sus intereses por encima de toda razonabilidad. Con la décima, ¡con la centésima parte! del armamento que tienen las grandes potencias se destruiría todo vestigio de vida en nuestro planeta. Y se sigue gastando y se sigue bordeando el peligro y se siguen arriesgando nuestra existencia y todo vestigio de vida sobre la faz del planeta con la liviana presunción de que son “riesgos acotados” y que el otro se detendrá. Es una especie de ruleta rusa con la vida de todos nosotros que no tenemos otro recurso que vivir en medio de una amenaza ingobernable y tratar de hacer conciencia en nuestros semejantes de la situación real. Es la única esperanza que podemos tener. La esperanza de que la opinión del mundo pese en forma tal que esta loca carrera hacia la destrucción se detenga y lleguemos a acuerdos de desarme efectivo. Tenue esperanza, pero esperanza al fin. Aquí, en casa y en el barrio, las cosas siguen su marcha. Las cifras de la economía de nuestros vecinos nos dan la magnitud del sacrificio de esos pueblos hermanos. Y junto con el sufrimiento, el avance del capitalismo sin alma. Michel Temer ha liquidado los planes sociales, ha llevado a la industria a su peor crisis, con el consiguiente avance de la desocupación, y acaba de abrir la Amazonia a la explotación sin límites. Mauricio Macri ha hecho lo mismo con los mismos resultados. Pobreza creciente, desindustrialización, apertura sin ningún control a la explotación de los recursos naturales y un creciente endeudamiento. En ambos casos la protesta social crece, y en tanto Macri gasea a los maestros en huelga, su preocupación principal es lo que pasa en Venezuela. Casi como una burla, Trump, al despedirlo, le entregó un paquete con los documentos desclasificados que refieren al Plan Cóndor y a la represión de la última dictadura militar. ¡Justo a Macri! Uno de los beneficiarios de la dictadura y permanente encubridor de sus desmanes. El hambre y la lucha crecen en nuestros vecinos y sus mandatarios están muy ocupados en conseguir una condena para Venezuela en la OEA, a la vez que el papa Francisco intenta nuevamente llamar a las partes a un diálogo que termine con la violencia, la carestía y los intentos de golpe. Buenas intenciones que Maduro ya aceptó y que, por el contrario, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) soslaya. No están interesados en una salida acordada que resuelva de común acuerdo un calendario electoral. No son elecciones lo que están buscando: ¡quieren un golpe! Borrar de una vez y para siempre todos los avances que el pueblo venezolano ha conquistado desde que Hugo Chávez llegó al gobierno. No quieren democracia, quieren autocracia. Gobernar ellos, para ellos y sin ninguna limitación. La vida dirá, pero entre un Maduro que no me termina de gustar y esos canallas, prefiero mil veces a Maduro. Acá, en casa, el movimiento sindical ya ha dicho su palabra: es hora de concretar. Concretar y avanzar que todavía estamos lejos de ser un país justo pese a lo que hemos mejorado. Nos resta el 20 de mayo, que cae sábado, pero es una cita de honor. Nadie que quiera de veras a la democracia y a la justicia debe olvidar esa cita.

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