Contra los femicidios y la violencia de género

Ciudad de México pintada de violeta

Cerca de 6.000 mujeres desarrollaron una jornada de protesta en la Ciudad de México el pasado viernes 16 de agosto; durante cerca de 4 horas se congregaron en la zona de la Avenida Insurgentes, donde se presentaron choques con la policía, vidrieras y estaciones del metrobús fueron rotas, el emblemático Ángel de la Independencia rayado con aerosoles y una estación de policía fue quemada.

Ciudad de México pintada de violeta

Por Germán Ávila

En este caso, igual que en otros que involucran protestas (salvo las que realiza la oposición venezolana), los lentes y las luces de la gran prensa se volcaron hacia las manifestaciones de violencia que se generaron, los titulares de la prensa mostraron a un grupo de mujeres que, con el rostro cubierto, destruían instalaciones y la señalización del transporte público en la zona donde se desarrolló la protesta.

La gran prensa logró, de nuevo, el cometido de poner a la sociedad a discutir sobre la pertinencia y el curso que tomó la protesta por encima de las razones que la motivaron. Desde esa perspectiva, tal vez el primer argumento sobre la mesa ha sido que, de no desatarse ese grado de violencia, seguramente se habrían atendido sus demandas.

La marcha del 8 de marzo en Ciudad de México dejó como testigo de su paso un “antimonumento” sobre la Avenida Juárez, frente al Palacio de Bellas Artes; en esta escultura al símbolo de Venus se le fusionó el puño levantado que simboliza la resistencia y la lucha, donde se inscribió la leyenda: “En México 9 mujeres son asesinadas al día. ¡Ni una más!”; fue una movilización en general tranquila y colorida, sin grandes tropiezos y caracterizada por expresiones artísticas.

No existe duda de que México es uno de los países que mayores niveles de violencia registra, no sólo en Latinoamérica sino en el mundo, y en ese marco, la violencia contra las mujeres toma enormes dimensiones. Nueve mujeres asesinadas cada día en México muestran con claridad la dimensión real de la situación, esta cifra es la misma antes del 8 de marzo y después se mantuvo igual. El estado más peligroso para ellas es Veracruz, donde entre enero y junio del presente año fueron asesinadas 104; le sigue el estado de México con 42 casos, y el reporte oficial habla de 292 abusos sexuales en la capital, siempre teniendo en cuenta que la cantidad de abusos cometidos difícilmente se refleja en el número de denuncias, pues muchos casos se quedan en las sombras del silencio cómplice producto de la indiferencia o el miedo.

Y una de las razones del silencio que impide muchas veces las denuncias, particularmente en el caso mexicano, es la absoluta falta de confianza que generan las autoridades policiales y judiciales. La convocatoria a la movilización del viernes se dio como protesta a que los perpetradores de las agresiones sexuales contra dos adolescentes en las últimas semanas fueron miembros de la policía durante procedimientos inherentes a su labor, con la agravante de que la confidencialidad sobre la identidad de una de ellas no fue respetada y sus datos personales quedaron expuestos a la luz pública, lo que trajo contra ella y su familia todo un linchamiento mediático.

Los policías investigados, con muy pocas excepciones, se han mantenido en sus cargos y no han sufrido mayores consecuencias, lo que deteriora aún más la credibilidad en la justicia por parte de las víctimas, que, no sólo en México, han terminado envueltas en espectáculos mediáticos que terminan revictimizándolas, como ocurrió en el caso de la joven violada por un grupo de hombres durante las fiestas de San Fermín, España, en 2016.

En la otra mano, en los acontecimientos del 16 de agosto en México está el debate sobre el carácter y el “marco normativo” de las protestas o la manera “correcta” de protestar, donde el ejercicio de la violencia siempre ha sido condenado y proscrito por no ser parte de los mecanismos del ejercicio político moderno en el intercambio social que busca generar cambios, bien sean estructurales o no.

Gracias al manejo mediático de las protestas, el mensaje que queda en la retina del espectador es que los movimientos sociales ejercen violencia, que no necesariamente es la de incendiar autos o destruir estaciones de policía; también es bloquear vías, ocupar empresas, parar la producción de una empresa o lanzar pintura contra una fachada. Lo que termina discutiéndose al final son las formas en que la protesta desequilibra e invade a los espectadores, para no abordar las situaciones que la causan.

También termina generándose cierta unanimidad en las manifestaciones sociales, en las que los hechos determinan el carácter general de las protestas decretando, como en el caso de México, que los desmanes fueron causados por “las feministas”, o los disturbios son causados por “los sindicalistas” o “los estudiantes”, generando el juicio fácil en que las circunstancias coyunturales se usan para explicar el fenómeno en general.

En el caso de las protestas contra los femicidios en México, sería irresponsable endilgarles los daños a las casi 6.000 asistentes, entre otras cosas porque, de haber sido así, habría sido una batalla campal de otras dimensiones. Frente a esto es importante señalar que una decisión que ayudó a manejar la situación por parte del gobierno local fue la de enviar únicamente policías mujeres para resguardar las instalaciones gubernamentales más importantes. Asimismo, cuando un periodista fue atacado por un joven que se encontraba entre la multitud, fueron las mismas mujeres que asistieron a la marcha quienes lo detuvieron, lo que demuestra que la manifestación no era el reino de la anarquía que se ha querido mostrar.

Por otro lado, los hechos del 16 han requerido una postura firme de las organizaciones feministas de la ciudad de México, quienes reclaman que el centro del debate se oriente hacia los motivos iniciales de la convocatoria y no se termine instrumentalizando la protesta contra las autoridades locales, como se manifestó en varios mensajes que circularon por redes sociales en los días posteriores.

Finalmente, las formas de protesta de cada sociedad vienen determinadas por circunstancias de tiempo y lugar, las fórmulas matemáticas que se aplican para lograr atención sectorial o la solución de problemas estructurales no existen y las relaciones sociales son dinámicas y variables; sin embargo, siempre existirá el debate acerca de cuáles formas de protesta son las adecuadas y cuáles las verdaderamente efectivas; mientras tanto, como en México, la atención seguirá desviándose hacia las formas y no hacia las causas.

 

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