En la noche del 21 de octubre de 1422, en Francia, ante el fallecimiento de Carlos VI y la instantánea sucesión por parte de su hijo, luego coronado en la Catedral de Reims como Carlos VII, se escuchó por primera vez el grito de “el rey ha muerto, viva el rey”, aventando así cualquier duda sobre la continuidad de la institución monárquica y la línea sucesoria. En febrero de 2012 y 2013, en sendas columnas tituladas ‘Disparen sobre La Pedrera I y II’, escribíamos sobre el intento de criminalizar al único espectáculo autogestionado por la gente en el carnaval uruguayo y de cómo desde el municipio, el gobierno departamental, el Ministerio de Turismo y el Ministerio del Interior se cedía terreno ante esta embestida reaccionaria. Un puñado de vecinos y un grupúsculo de empresarios lobistas que desde hace mucho han contado con la complicidad de los grandes medios de comunicación para generar un escenario hiperreal y estigmatizador de los jóvenes, intentó y consiguió en gran medida generar opinión pública sobre la necesidad de terminar con el corso de La Pedrera. Lugareños nostálgicos de un carnaval “privado”, con pocos cientos de participantes, prestigiado por algunos “famositos” rioplatenses, añorantes de un corso “careta”, para nada exento en su muy bochinchero transcurso durante años de sexo, alcohol y drogas; eso sí, muy de entre casa, muy de elegidos, muy de privilegiados. Esta fauna, al cabo de estos años, ha sido capaz de arrinconar y presionar al sistema político y las instituciones; ha logrado por fin generar la sensación en el imaginario social de que ya era tiempo de poner límites a tanto desborde. De que la convivencia entre personas de diversas edades, costumbres y razas sobre la base de la autoconvocatoria y la autogestión cultural, sin regenteo ni presencia de “la autoridad”, mas allá de lo imprescindible para asegurar la integridad de los participantes en todas las áreas de la movida, no es posible. El objetivo ha sido liquidar el colorido y la espontaneidad de decenas de miles de seres humanos, principalmente jóvenes, durante unas horas, mostrándose ante sí y ante los demás como lo que son, seres humanos de carne y hueso, con sus alegrías y sus tristezas, con sus virtudes y sus miserias, con sus debilidades y sus fortalezas. Una elite, que como todas las elites, reaccionó ante la avalancha de pueblo creciente año tras año, de personas si bien por un lado absolutamente autoconvocadas, contradictoriamente también estimuladas por agentes inmobiliarios especuladores que vieron en el crecimiento exponencial de esta fiesta una veta a explotar para alimentar su insaciable afán de lucro capitalista. Sin duda, el despliegue policial preparado y publicitado durante una previa de cerca de tres meses, la incertidumbre sobre si se habilitaba o no la avenida principal de La Pedrera o el llamado a licitación declarado desierto, sobre la base de la peregrina idea de llevarlo a un predio privado, así como la manifiesta presencia de la Guardia Republicana exhibida en la misma tarde en todos los informativos de TV, los vallados y la no venta de bebidas de ningún tipo en la calle fue una parada muy fuerte de parte del Estado para intentar disuadir a la gente de participar de la fiesta. Algo lograron; según los vendedores ambulantes, los participantes disminuyeron en más de cincuenta por ciento con respecto al año pasado, no hubo comparsas ni música en las calles, sólo gente que caminaba por esa especie de brete en que se transformo la avenida central, vallada en ambos bordes, personas que caminaban cargando un gran sentimiento de frustración a cuestas. Casi todo estuvo prohibido. Así entonces, el pasado lunes 12 de febrero, en La Pedrera de Rocha, una esmirriada muchedumbre de mujeres y varones de todas las edades, de diversas nacionalidades y variada condición social, en un ambiente de decepción, entre vallados y policías, parafraseando al Duque de Uzes, intentaron gritarles a todos quienes fueran capaces de escucharlos: “El corso ha muerto, viva el corso”. Sólo la vida dirá hasta dónde sobrevivirá la fiesta y con qué características; son muchos miles los que están dispuestos a seguir participando más allá de las nuevas formas y reglas; son pocos pero poderosos los que intentan eliminarla. Para nosotros, muy modestamente, la actividad esta ya ligada al propio ADN del balneario, por lo que nos parece que mientras sigan vivos en la memoria colectiva de los más diversos participantes la audacia, la alegría y el desenfado que caracterizaron durante casi veinte años el lunes de carnaval, mientras existan jóvenes, familias y pueblo, en La Pedrera habrá corso. Salute.
Hacete socio para acceder a este contenido
Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.
ASOCIARMECaras y Caretas Diario
En tu email todos los días