Cuestión de velocidad

Por Eduardo Platero.

“La velocidad es esencial, nunca irán demasiado rápido”. La frase muy bien podría atribuirse a los militares hitlerianos, inventores de la Blitzkrieg, o al mismo Napoleón, que hizo de ella, de la potencia y concentración del fuego y de las cargas masivas con bayoneta su modelo revolucionario de hacer la guerra. Sin embargo, no es un consejo militar, sino político, y se refiere a la necesidad de vencer con las políticas neoliberales o, pura y sencillamente, reaccionarias. Fue pronunciado en 1989, a comienzos de la revolución conservadora que propugnaran Reagan y Margaret Thatcher, que aún hoy sigue siendo doctrina oficial del FMI y de todos los ideólogos, con el objetivo de terminar con lo que llaman “populismo”. Lo dijo Roger Douglas para explicar el éxito de su política antipopular que en esos años se aplicó con toda dureza en Nueva Zelanda. Por cierto, globalmente, la economía de dicho país mejoró. Y la brecha social también. Aquellos que intentan catequizarnos con el “modelo neozelandés”, que tanto amor despierta en la Asociación Rural, dejan fuera de cuadro muchas cosas. Entre ellas, la relación privilegiada que dicha nación siempre tuvo con Reino Unido y también el “costo social” de las reformas que impulsara Douglas. Los economistas no sólo saben de dicha materia; también son especialistas en disfrazar las realidades. Según su peculiar diccionario hecho a la medida de las clases dominantes, “costo social” encubre el recorte del nivel de vida de los trabajadores. Del mismo modo que “prosperidad” disfraza la inequidad; el enriquecimiento de los ya ricos como contrapartida del empobrecimiento de los trabajadores y el pueblo. Me doy cuenta de que estoy siendo panfletario y esquemático, pero no miento. ¿Es o no cierto que la prosperidad que ellos preconizan es la prosperidad de los ya prósperos y el sacrificio de los sectores asalariados? Pero no es mi propósito dedicarme a estudiar lo que Douglas hizo en los años 80, no tendría elementos, lo cito porque viene a cuento y me sirve para comparar situaciones con Argentina, en donde los propósitos de Mauricio Macri fueron gradualistas. Tal vez porque pensara que así era mejor; tal vez porque había llegado a la presidencia a la cabeza de una variada alianza que tiene por centro a su propio grupo, pero necesita de la Unión Cívica y de los peronistas disidentes para tener mayoría. La cuestión es que se le descangalló el tinglado del gradualismo, que venía apretando los tornillos paso a paso para no levantar en su contra a todos los trabajadores, a las gobernaciones provinciales y a todas las capas medias. Ese prudente paso a paso, en el marco de la creciente desideologización de los sectores populares, parecía resultarle. Resultó neto ganador de las elecciones provinciales y se perfilaba para seguir su marcha con creciente apoyo popular. Los sindicatos no están unidos y son muy pocos los que mantienen una posición claramente basados en una identificación de clase. Como pasa en el mundo, y como debemos vigilar aquí, la definición de clase se va desdibujando a medida que la sociedad de consumo nos “convence” de que, en realidad, somos “consumidores” y no trabajadores. “¡Aleluya, aleluya!”, parecían proclamar los medio pelo que desembarcaban ansiosos en nuestras costas. ¡Aleluya! Somos consumidores ávidos, volvemos a Punta y planeamos nuestro viaje a Miami. No les importaba el crecimiento del desempleo, la desindustrialización, la creciente tugurización de los que no aguantaban el alquiler, así como tampoco los conmovía la lucha de los mapuches despojados fraudulentamente de sus tierras en el sur en beneficio de grandes inversores extranjeros. Tampoco la entrega del petróleo y de sus tesoros minerales. “Ellos” estaban bien, la plata les rendía en nuestro país y  todo parecía andar sobre rieles. En tanto, los grandes consorcios graneleros se hacían su agosto. Se habían sacado de encima a Cristina, que les mordía su ganancia, y la cosecha había sido doble récord, de producto y de precio. Seguro, de algún lado tenía que estar saliendo la sangre con la cual estaban haciendo morcilla con los de abajo. El paso a paso para no unir todas las protestas y dar la impresión de que todo iba bien se sustentaba en endeudamiento. El “rescate de Argentina” del populismo corrupto” y su alineamiento con la ortodoxia recomendada por el FMI y santificada por las calificadoras de riesgo bien valían la pena. Total, se prestaba con una buena tasa y Estados Unidos continuaba con su política de tasas bajas. El endeudamiento para ir “paso a paso” parecía no tener límites y la estabilidad parecía sólidamente sostenida. Pero -¡siempre hay un pero!- el viento cambió de improviso. Tal vez la seca, que, como aquí, disminuirá los rindes, tal vez el cálculo de que “ya era tiempo”; la cuestión es que, de la noche a la mañana, la gente se abalanzó sobre el dólar. Es cuestión de cantidad y de oportunidad. Hay que tener la cantidad necesaria de pesos como para conmover el mercado comprando y comprando, y hay que hacerlo en el momento en que la duda empieza a generar desconfianza. El Banco Central de la República Argentina perdió en pocos días 10.000 millones de dólares tratando de frenar la corrida y con el sombrerito en la mano Macri tuvo que golpear las puertas del FMI. Fue recibido con grandes atenciones por Christine Lagarde, tan implacable como elegante. ¡Tiemblo cada vez que nos pondera! Mala comparación; me hace acordar a como se elige el mejor cordero para carnear: lo tanteás en el nacimiento del rabo para ver si está gordito. La Lagarde nos pondera y yo me siento cordero al que le aprietan el rabo. Pese a las vacías declaraciones gubernamentales de que únicamente se están previniendo y al masivo rechazo popular que se manifiesta indignado en las calles y en las encuestas, Argentina tendrá que firmar la misma carta de intención con el Fondo que firmaran De la Rúa y Menen. Ambos, de distinta manera, pagaron esa firma con su cargo. Pero firmaron porque se estaban ahogando, porque debían aferrarse a ese préstamo y a ese condicionamiento como si fuesen náufragos que se aferran a un salvavidas pinchado. El precio es acelerar las reformas retrógradas. ¡Nada de paso a paso! Las medicinas amargas se deben tragar de un golpe. Y se las harán tragar. Me duele pensar en lo que se les viene encima a los trabajadores argentinos. Porque no todos pagarán el precio. Esto no desembocará en un “¡Que se vayan todos!”, como cuando De la Rúa, no todos pagarán el precio. Los ricos y los medio pelo se las ingeniarán para quedar por fuera y contemplarán sin pena y sin honor el sufrimiento de los de abajo. La ideología del consumo ha roto con la solidaridad. En tanto “yo no caiga”, no me importa lo que pase. Deseo, fervientemente que eso no suceda, pero tengo pocas esperanzas. Para luchar con éxito se necesita organización fuerte y claro sentido de unidad. Y una fuerza de vanguardia. Dejemos por aquí, únicamente el tiempo nos dirá lo que pasa. Quiero dedicar un parrafito a los “fundadores de la patria”, a nuestro Cardenal Sturla y a nuestro teniente general Manini Ríos. No le quiero quitar su porción de gloria nacional a nadie, pero despacito con eso de “fundadores”. En Las Piedras, el 18 de mayo de 1811, rigurosamente hablando, lo que hubo fue un “encuentro armado” entre civiles que dejó a las fuerzas independentistas en posesión de la campaña y alivió la presión en pinza que se cernía desde el norte por las tropas del Perú realista y desde Montevideo, dueña del río. Una batalla de valor estratégico, ya que rompió una de las patas de la pinza, que perdería la otra en Salta y Tucumán. Pero cuyos protagonistas fueron, en ambos casos, fuerzas civiles. El derrotado Posadas era capitán de navío y comandaba un rejuntado, ya que Montevideo era, sobre todo, apostadero naval. Y, según afirmación del propio Artigas, en su ilustrativa carta a la Junta del Paraguay, era “el pueblo reunido y armado”. Esa carta, resumen de los hechos, tenía un destinatario especial: Artigas y Yegros habían combatido hombro con hombro en la Reconquista de Buenos Aires. Y habían compartido el pan, el peligro y las ideas. Cierto, las fuerzas patriotas recibieron un contingente del ejército que la Junta había enviado a Paraguay al mando de Belgrano, pero el grueso de las fuerzas artiguistas eran paisanos. Civiles “reunidos y armados” al llamado de Artigas, que ya era el “Jefe de los Orientales” pese a que los bandos aún no se habían definido. Recomiendo un librito muy ilustrativo del Prof. Agustín Beraza que lleva ese título: El pueblo reunido y armado. ¡Un lujo de profesor! Que te seguía enseñando y motivando en el boliche café de por medio. En cuanto al cura Valentín Gómez, que fuera quien recogiera la espada del vencido Posadas, se inició muy ardiente en su parroquia de Florida, pero, según recuerdo, cuando los bandos se definieron y ser “oriental” era oponerse al centralismo porteño y afirmar que la revolución era “para que los más infelices fueran los más privilegiados”, se alineó con los porteños. La base de esta supuesta “paternidad de la patria” que se atribuyen no parece ser la mejor. Eso sí, lo de “Clemencia para los vencidos” es un buen chiste. Con todo, nadie les niega el derecho a sentirse y proclamarse patriotas. Lo que, a la inversa, no fue así.  

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