Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.

ASOCIARME

De armas, hipocresías y autocríticas inexistentes

Por Enrique Ortega Salinas.

Suscribite

Caras y Caretas Diario

En tu email todos los días

“Quiero decir, simplemente, en mi calidad de presidente de estos dos cuerpos legislativos, que si un día -Dios no lo quiera así-, la prepotencia de la fuerza se alzara nuevamente […] habré de defender […] la Constitución de la República con un arma en la mano y no habré de salir de este recinto sino muerto”. Con estas palabras, el vicepresidente de la República (y, como tal, presidente de la Asamblea General) Dr. Enrique Tarigo anunciaba en 1985, al iniciarse el período de democracia tutelada, que había guardado “en un cajón del escritorio de la Presidencia del Senado, un revólver y una pequeña caja de balas”; y agregaba que “ese revólver y esas pocas balas, la última de las cuales dispararé contra mí mismo, estarán destinadas a ser la última defensa, si no de la integridad, sí de la dignidad republicana, democrática y representativa del Parlamento Nacional”. Decirlo y mostrarlo era casi lo mismo. Aunque muchos lo vieran como una bravuconada, creo -dejando las adversidades políticas de lado- que habría cumplido su promesa de haberse repetido la historia de 1973. En 1988, Eleuterio Fernández Huidobro participó en un debate memorable, en Canal 12, contra el diputado pachequista Pablo Millor, siendo el primero de estos encuentros que se transmitía en vivo. Ultraizquierda versus ultraderecha: de alquilar balcones. En medio del combate verbal dirigido por Néber Araújo, el dirigente tupamaro extrajo de su saco una granada militar activa y la colocó sobre la mesa diciendo: “Es una granada pachequista”. Él sabía que Millor lo acusaría de haber puesto bombas, así que no sólo llevó la granada como sólido argumento de una contraofensiva verbal, sino también a un agente del servicio de Inteligencia dispuesto a confesar que le habían dado esa granada para hacerla explotar en un acto del Partido Comunista. Cabe pensar que se refería a José Cálace, autor de Quince años en el infierno, luego exiliado en Suecia. La idea era devolver la granada “a sus legítimos dueños” y revelar quiénes habían sido los verdaderos terroristas. Araújo estaría agradecido en su fuero íntimo, aunque no pudiera confesarlo; ya el rating se disparó inmediatamente. Millor llegó a decir que “fue un momento tenso y desagradable”, pero estas palabras, dichas por alguien que siempre iba armado al Parlamento (me lo contó personalmente el vicepresidente blanco Gonzalo Aguirre) sonaban a hipocresía. Si algo dominaba Eleuterio Fernández Huidobro, era el arte escénico. Muchos olvidaron el contenido del debate, pero aquella imagen de la granada quedó grabada para siempre en las retinas de todos los que vimos el programa. Y así, entre bueyes y cornadas, llegamos a julio de 2018, cuando en el programa de Alejandro Camino, transmitido por Diamante FM, el mediático exfiscal y actual integrante del Partido de la Gente, Gustavo Zubía, colocó un arma de fuego sobre la mesa -“un matagatos, calibre 22”-, diciendo que era su ángel de la guarda. Se generó así una polémica entre el periodista y el político en la que el primero pasó a ser el interpelado. No voy a detallar el hecho porque es el tema del mes y todos saben lo que pasó, pero ese es el detalle: Zubía logró su objetivo. Todos estamos hablando de él. Aquí, en México, un candidato presidencial conocido como el Bronco propuso cortar las manos de los delincuentes. No era un eufemismo; lo propuso en serio. El gobernador de Nuevo León siempre supo que no podría ganar, pero necesitaba convocar la atención de la prensa para que hablaran de él. Lo cierto es que logró 5% de los votos, lo que, lejos de ser un desastre, le aseguró una cuota de poder importante con la cual negociar más poder en futuras alianzas. A ver si nos entendemos: estoy hablando de golpes de efecto. Podemos ponerle el nombre que queramos; pero lo anecdótico no debe evitar que analicemos objetivamente lo que está detrás y habilita estas acciones. Lo cierto es que en países de izquierda y derecha, por todo el continente, el crimen avanza y el narcotráfico está poniendo en jaque a varios gobiernos. La gente se siente insegura y discursos y acciones como las de Zubía concitan adhesión en una población que por un lado está presenciando hechos delictivos poco usuales y por otro es víctima de la manija mediática derechista, en una combinación perfecta que favorece a una oposición que no deja pasar un crimen sin sacarle rédito político. Zubía sabe, como el Bronco, que en el Partido de la Gente tiene muy poco futuro; pero necesita continuar acaparando espacio en los medios. Ahora, ¿saben qué?: me importa poco su proceder y me interesa menos perder tiempo analizándolo. Lo que me preocupa es que por ser de otro partido o tener esas actitudes “eleuteristas”, dejemos de analizar seria, fría y responsablemente sus quejas sobre las reformas efectuadas recientemente al Código del Proceso Penal. Tal vez no tenga razón en todo; no obstante, siempre he sostenido que varios de nuestros legisladores meten mano a estos códigos bajo la filosofía de “pobrecito el delincuente”. Ya es hora de decirlo: algunos parlamentarios no tiran una pelota para el lado de las víctimas ni por casualidad. Es indiscutible que los penales son universidades del crimen y creo firmemente en fortalecer los planes de rehabilitación como el modo más efectivo para disminuir la criminalidad, pero mientras esto se desarrolla, hay que proteger a la gente honesta. Coincido con Alejandro Camino en que lo mejor sería una sociedad sin armas; pero mientras tengamos un sistema judicial largando asesinos a la calle con una ligereza que sólo da para pensar en dos palabras (irresponsabilidad o corrupción), no podremos quejarnos si la gente comienza a armarse. Los países más armados son los que registran índices más altos de violencia, y si para muestra basta un botón, véase el caso de Estados Unidos, donde cualquier enfermo consigue legalmente armas de alto calibre y se dedica luego a jugar al tiro al blanco desde una azotea con quienes pasen. El delincuente que entró a robar a la casa del hijo de Eduardo Bonomi tiene 35 años y ya poseía 12 antecedentes penales (doce) cuando fue encarcelado por primera vez en 2002. Este peligroso criminal se trabó en lucha con el hijo del ministro hiriéndolo, pero no pudo evitar que aquel lo persiguiera y lo detuviera en un acto que nadie se atreve a calificar de heroico porque no faltarán los imbéciles que criticarán a la víctima por haber ejercido violencia contra un marginado. Por otra parte, y aunque una vez más un delincuente es atrapado, la oposición rosada busca sacar todo el beneficio político que puede desde el escenario más vergonzoso de la demagogia. 12 antecedentes. Dispuesto a todo. Ocho meses de prisión. Lo único que faltó es que desde la Fiscalía se exigiera al dueño de casa que le pidiera perdón al invasor por haberle causado alguna penuria. Después no queremos que la gente se caliente.  

Dejá tu comentario

Forma parte de los que luchamos por la libertad de información.

Hacete socio de Caras y Caretas y ayudanos a seguir mostrando lo que nadie te muestra.

HACETE SOCIO