EEUU vs. China

De guerra en guerra hasta enfriarla

Por Daniel Barrios.

Xi Jinping: Ninguna persona o fuerza frenará a China
Xi Jinping, Presidente de China.

Si hay algo irreprochable en la conducta política de Donald Trump es sin duda la coherencia en su sinofobia.

Cuando ni él mismo, ni el más optimista de sus amigos (ni el más pesimista en el resto del mundo) podían mínimamente pensar que un día llegaría a ser el presidente de la principal potencia occidental, el sentimiento antichino, la aversión a su sistema, el menosprecio por su gente, su historia y su cultura fueron una constante y un factor decisivo, tanto para llegar a la Casa Blanca como en su actual estrategia electoral para seguir ocupándola por los próximos cuatro años.

Aun escudriñando atentamente, es difícil encontrar alguna decisión, doméstica o internacional, que el presidente haya tomado prescindiendo del “enemigo chino”. Tanto para definir sistemas de defensa militar, elegir tecnología 5G, estructurar sus alianzas internacionales y sus relaciones con los organismos multilaterales, el factor chino ha sido una constante para la construcción e implementación de las políticas de la administración Trump.

 

Capítulo I. Guerra verbal

La primera guerra fue verbal y la desató mucho antes de lanzarse a la política, cuando sus preocupaciones se repartían entre los negocios inmobiliarios y su reality show televisivo.

«China no es ni un aliado ni un amigo, quieren vencernos y adueñarse de nuestro país”; «China es nuestro enemigo, ellos nos quieren destruir», tuiteaba ya en 2011 el magnate neoyorquino .

«Miren lo que China le está haciendo a nuestro país […] Están usando nuestro país como alcancía para reconstruir China […] Tenemos que impedir que nos roben nuestros trabajos»; “China es responsable del robo más grande en la historia del mundo” fueron algunas de las consignas que caracterizaron su carrera presidencial y, según muchos, decisivas para convertirlo en el presidente número 45 de Estados Unidos.

Desde entonces no hubo ámbito, sectorial o geográfico que no fuera terreno propicio para desplegar su inagotable menú de hostilidades. Una escalada ininterrumpida de sanciones y amenazas, acusaciones de espionaje, cierre de consulados y expulsión de diplomáticos, prohibición a los fondos de pensiones públicos norteamericanos de invertir en activos chinos y a compañías de ese país de cotizar en Wall Street, vetos y sanciones a funcionarios de los gobiernos de Hong Kong, Tíbet y Xinjiang, hasta los choques en el mar del Sur de China, donde Washington ha declarado ilegal la soberanía alegada por Beijing.

Ni siquiera la popular aplicación de videos cortos Tik Tok -propiedad de la empresa tecnológica ByteDance y la más descargada en EEUU y en el mundo en 2019- se salvó de la artillería de Trump; de no ser adquirida por Microsoft o por otra empresa «muy estadounidense”, no podrá seguir operando en EEUU.

 

Capítulo II. Guerra comercial

Una vez ungido como presidente, fue el momento de poner los hechos detrás de los dichos, y en marzo de 2018 -con una primera imposición de aranceles a las importaciones de acero y aluminio-, inició la guerra comercial, la segunda contra la República Popular, rea -Trump dixit- de «violar» a Estados Unidos con sus exportaciones baratas y de ser «el más grande manipulador de divisas del planeta» que devalúa a propósito el yuan para socavar los precios globales de las exportaciones.

Desde entonces, EEUU ha impuesto aranceles sobre productos chinos por valor de 360.000 millones de dólares (sobre un total de 452.200 millones de dólares importados en 2019) y China ha respondido sancionando productos por 110.000 millones de dólares, el total de sus compras a EEUU.

Esta guerra, de final incierto a pesar del acuerdo firmado en Washington en enero de este año, logró reducir el déficit comercial con China 18% el año pasado. No obstante, según la Reserva Federal de Nueva York, los nuevos aranceles impuestos por la administración han impactado negativamente en las empresas estadounidenses que han reducido significativamente sus beneficios por el aumento de costos que supuso absorber las nuevas tarifas y el cambio de sus cadenas de suministro, además de una monumental pérdida de su capitalización de 1,7 billones de dólares.

 

Capítulo III. Guerra tecnológica

No del todo satisfecho por los resultados alcanzados por su guerra tarifaria, Trump dobló su apuesta y, a mediados del año pasado, desató una nueva, esta vez para dirimir la superioridad tecnológica que, desde que el hombre es hombre, ha significado el auge o el ocaso de las civilizaciones.

Nunca como ahora, desde que los soviéticos pusieron en órbita el primer satélite artificial Sputnik en 1957, EEUU es consciente de estar perdiendo la carrera de la innovación con China.

El enemigo de esta guerra tecnológica no es la China “fábrica del mundo”, el enemigo es China “usina tecnológica, es el megaplan estratégico Made in China 2025 que está haciendo del gigante asiático una superpotencia innovadora desde la robótica a la biotecnología.

El objetivo tampoco son los productos baratos made in China que la República Popular exporta a todo el mundo. Su objetivo es la tecnología 5G -la quinta generación de tecnología de comunicación inalámbrica- y su líder mundial Huawei, “espía del Partido Comunista Chino”, es Internet de las Cosas, es la inteligencia artificial aplicada a los procesos de producción y que va a revolucionar los ecosistemas de la industria, en los que China ostenta una considerable ventaja frente a EEUU y a otros competidores.

 

Capítulo IV. Guerra viral

Finalmente, la pandemia alumbró la guerra viral. El nuevo coronavirus reavivó las viejas tensiones políticas e ideológicas, puso a prueba la capacidad de las dos potencias para enfrentar la emergencia sanitaria y confrontó las fortalezas y las debilidades de sus respectivos gobiernos para superarla.

Trump, el primer y gran negacionista de la gravedad que configuraba la covid-19, una vez rendido ante la evidencia científica y la devastadora crisis humanitaria con cientos de miles de muertos y millones de sus compatriotas infectados, volvió a apuntar sus baterías contra China, acusándola de haber haber tardado en comunicar la gravedad del virus y al Laboratorio de Virología de Wuhan como el origen del patógeno. Exigió a Beijing una indemnización de miles de millones de dólares como compensación por los daños causados por el virus y anunció el retiro de EEUU de la Organización Mundial de la Salud por ser esta un “títere de China”.

 

Epílogo (anunciado). Guerra fría

Esta vez, la respuesta del Imperio del Medio fue mucho más lejos que la espiral de represalias simétricas y proporcionales a las agresiones estadounidenses que caracterizaron la confrontación entre ambos países.

“Este virus político aprovecha todas las oportunidades para atacar y difamar a China”. “Algunas fuerzas políticas estadounidenses toman de rehenes las relaciones entre China y Estados Unidos y empujan a nuestros dos países al borde de una nueva Guerra Fría”, denunció el ministro chino de Relaciones Exteriores, Wang Yi.

Las relaciones “afrontan sus mayores problemas” desde que los dos países establecieron sus relaciones diplomáticas plenas en 1979, admitió la semana pasada el jefe de la diplomacia china.

Tres décadas después de la caída del muro de Berlín, el fantasma de una nueva Guerra Fría vuelve a instalarse en la escena internacional con consecuencias imprevisibles para los dos titanes del siglo XXI y para el resto del mundo.

Sin embargo, no estamos ante una edición actualizada del conflicto entre la Casa Blanca y el Kremlin que se desarrolló en la segunda mitad del siglo pasado. El poder de la antigua URSS era sustancialmente militar y su influencia fundamentalmente ideológica. Eran esos sus pilares para atraer a sus aliados y amedrentar a sus potenciales enemigos. China, en cambio, es una potencia económica con conexiones productivas, financieras y comerciales con el resto del mundo y muy especialmente con Estados Unidos. Moscú ofrecía protección militar a sus socios, Beijing no precisa los tanques, le basta su economía para extender su vastísima red de relaciones y alianzas internacionales.

La nueva Guerra Fría es entre una potencia hegemónica en declive luego de un siglo de dominio cuasi absoluto y otra cuyo ascenso en todos los planos anuncia cambios epocales, alumbra una nueva era en la historia de la humanidad.

El mundo asiste a un enfrentamiento sistémico y una competencia total desde la innovación y la tecnología, el armamento, la carrera espacial -ambos están por lanzar sendas misiones a Marte- hasta la vacuna para superar la crisis sanitaria más grave del siglo.

La “obsesión amarilla” ya es la protagonista indiscutida de la campaña electoral de Estados Unidos. “Si Biden es elegido, China se apropiará de nuestro país” fue el primer comentario de Trump apenas la convención del partido demócrata lo confirmó como su candidato para las elecciones de noviembre. En respuesta, el exvicepresidente de Obama se apresuró a declarar que lejos de buscar una distensión con Xi Jinping, será mucho más duro que Trump sobre los derechos humanos, más eficiente en implementar una política que recupere el atraso de su país en la tecnología 5G y más confiable para conformar una coalición de países contra Beijing.

Esta semana las provocaciones a China llegaron al paroxismo. Scott Perry, representante republicano y ultratrumpista, presentó al Congreso de EEUU un proyecto denominado «ley del nombre del enemigo” para prohibir el título de «presidente» de Xi Jinping, quien en los documentos oficiales del gobierno deberá ser llamado secretario general del Partido Comunista Chino.

La nueva Guerra Fría esta instalada y dominará la escena mundial de los años por venir. Las cancillerías de todo el mundo están avisadas.

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