De Reyes, zapatitos y otras preocupaciones

Por Celsa Puente.

Curiosamente, Uruguay, que es un país indiscutiblemente laico, celebra con la fuerza de un feriado cada 6 de enero. Es que pesa fuerte esa tradición religiosa que se fue generalizando en los países de Latinoamérica seguramente al amparo de creencias y rituales de los migrantes, procedentes particularmente de España e Italia. También curiosamente, a lo largo del tiempo se ha ido construyendo la leyenda de los Reyes Magos, una suerte de narración de sucesos con aditivos especiales que cada generación ha ido agregando y que se fortalece en tanto se trasmite de padres y madres a hijos e hijas desde antaño. Y digo esto último porque aun para los que profesan las religiones cristianas resultan escasos los datos que la Biblia contiene, así que no es inapropiado reconocer que la creatividad popular ha incidido claramente en la construcción del relato, le ha dado colores, nombres y características que son hijas del trabajo artesanal de cada grupo de humanos. La mención a los Reyes Magos –entendiendo la condición de magia como expresión de sabiduría y no de hechichería– aparece en el Nuevo Testamento, en el capítulo 2 del Evangelio de Mateo, con escasa descripción de los mismos. La Biblia dice textualmente: “Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle” y da pocos datos más, centrando particularmente la atención del relato en esa estrella que como guía les permitió orientarse para llegar a aquel humilde pesebre que funciona como escenario del relato, donde había nacido el niño al que le entregaron “oro, incienso y mirra”. El ritual de celebración invita a los niños a juntar pasto y agua para que los camellos, en los que se transportan estos sabios de la antigüedad, puedan reponer fuerzas y seguir viaje. También se mantiene la tradición de dejar los zapatitos como lugar especial para que estas figuras fantásticas dejen sus obsequios.

Pero ¿de dónde nace esta tradición de los zapatitos al pie del árbol navideño o en cualquier recinto donde se considere posible que los Reyes puedan acceder con facilidad para dejar los regalos a los pequeños? Hay algunas versiones que explican esta costumbre. Quizás la más extendida sea la leyenda que sostiene que los amiguitos que jugaban con el niño Jesús, al verlo descalzo y tan desposeído, decidieron una noche regalarle sus viejos zapatos, por lo que se propusieron lavarlos para entregárselos en buenas condiciones. Esto los llevó a dejarlos en la ventana para que se secaran y al despertar encontraron que estaban llenos de golosinas y regalos. Es una historia de solidaridad que, sin embargo, no deja de habilitar otra mirada y constituirse en la expresión que nos ha condenado como sociedad: una visión romántica de la pobreza que condiciona nuestra mirada sobre la realidad. De alguna manera estas historias matrizan nuestra cultura y, si bien es cierto que sostienen la solidaridad como motivo, el reconocimiento al más débil y el deseo de ayudarlo no nos conmueven lo suficiente como colectivo humano como para invitarnos a pensar cuán necesario es vivir en un mundo más justo. Me refiero a la implementación de acciones reales que vayan más allá de los discursos y que abandonen la idea de la caridad para dar paso a la concepción de los derechos. En definitiva, es necesario tomar conciencia de que los relatos que sostienen como andamios la cultura occidental –aun cuando propongan una actitud generosa y solidaria con respecto al sufrimiento ajeno– habitualmente romantizan la pobreza y en muchos casos la banalizan sin permitir pensar que la privación y la escasez no deberían existir si el mundo fuera un escenario de justicia.

Hace unos poquitos días, dos comunicadores se trenzaron en pleno programa radial por sus visiones encontradas en relación a la visualización de los otros y su concepción sobre la pobreza y, sobre todo, por la valoración del peso que el entorno en el que nacimos y que no elegimos tiene sobre nuestras vidas. Fue un encontronazo tan severo que llevó a que uno de ellos abandonara el estudio de radio y saliera despavorido sin ningún control o cuidado en relación al público que estaba atento a la trasmisión. El acalorado debate se sostuvo entre uno de ellos que plantea que el destino de cada uno es producto de una actitud personal exenta de la precariedad o bondad del contexto de nacimiento y el otro que propone con fuerza que a veces tenemos privilegios de los que no somos concientes: un hogar constituido, la posibilidad de contar con adultos que motivan a los más chicos hacia el desarrollo y el estudio, no formar parte de minorías poblacionales cuya discriminación está tan naturalizada que ni siquiera se percibe como tal. Hace no mucho tiempo escuchamos comentarios del presidente electo que declaraba no entender por qué las personas evacuadas de las zonas inundables regresaban a sus hogares, como si las oportunidades de contar con otras viviendas estuvieran vigentes y todo se resumiera a una mera elección de carácter voluntario.

La pobreza no es una condición elegida por nadie; sin embargo, tenemos una tradición que abona en dos sentidos: vivirla como una salvación de la codicia y el motivo de la solidaridad, o la banalización culpógena de que cada uno construye su destino como si todos tuviéramos el mismo punto de arranque. Alguna vez, por suerte, escuché a algún buen amigo señalar que la vida no se ve del mismo modo desde la ventana de un regio apartamento ubicado en la rambla montevideana que desde la abertura de un rancho en un asentamiento. Quizás nos falte desculpabilizar y pensar en la apertura de oportunidades y acompañamientos para habilitar a otros a construir genuinamente su proyecto de vida, con la justicia como bien común indiscutible.

 

Sé el primero en comentar en «De Reyes, zapatitos y otras preocupaciones»

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Compartir:
Leer entrada anterior
La palabra besa y muerde

Por Marcia Collazo.

Cerrar