Un desafío para la izquierda

Dengue y militancia

Por Leandro Grille.

Hasta este verano, el último caso de dengue autóctono había ocurrido en 1916 en la ciudad de Salto, durante una epidemia que afectó a toda la región. En 1958, el Programa Nacional de Erradicación logró expulsar al Aedes aegypti y Uruguay se mantuvo casi 40 años sin la presencia del vector. En 1997 reingresó por la ciudad de Colonia y, progresivamente, fue ocupando el territorio nacional hasta abarcar la totalidad. Los expertos consideran entre meritorio y milagroso que, pese a ello, hayan transcurrido casi 20 años y varias epidemias continentales entre la infestación con Aedes aegypti y la detección de un caso autóctono. Pero así se haya contenido por azar o por virtuosas políticas efectivas implementadas en estos años, lo cierto es que el estatus de país libre de dengue autóctono se perdió en febrero y sólo puede ser recuperado mediante una verdadera guerra de liberación nacional.

Por lo que se puede inferir de la opinión de los expertos, para combatir la propagación del vector y de la enfermedad hay responsabilidades que les caben a los técnicos y a las autoridades: cómo diagnosticar y atender a los enfermos, o decidir cómo y cuándo y con qué productos fumigar. Pero el componente central en la lucha contra el dengue y el resto de las enfermedades transmitidas por este mosquito tiene que ver menos con especialistas que con la participación popular. Erradicar el Aedes aegypti y evitar que el brote se multiplique o que el verano que viene se replique con más fuerza es una tarea que sólo es posible si se consigue el compromiso de la población general. Y es entonces cuando se ingresa en un terreno político que no debería ser menospreciado por las organizaciones de masas, y mucho menos por las de izquierda.

En mi opinión, la izquierda y las organizaciones sociales mostrarían mucha más vitalidad y mucha más profundidad política si lograran organizar al pueblo para matar de sed a este mosquito que organizando cualquier congreso, manifestación o acto. Algo así hacían en Cuba los comités de Defensa de la Revolución, y no espionaje entre vecinos, como se ha difundido por tantos medios durante tantos años. Un día te tocaban a la puerta de tu casa y vecinos, sobre todo mujeres y niños, recorrían tu hogar en busca de tachitos de agua quieta y limpia para descacharrar, dar vuelta los platitos de las macetas, eliminar esos reservorios que permitían que las mosquitas pusieran sus huevos y estos eclosionaran. Sólo así se pudo combatir una epidemia inoculada de dengue II y erradicar el Aedes aegypti de buena parte de la isla. Sólo el pueblo puede hacer eso.

¿Por qué los médicos, por lo menos los de izquierda o los que trabajan para instituciones públicas, no pueden recorrer los barrios explicándole cara a cara a la gente las medidas que deben adoptarse para eliminar esta amenaza? ¿Por qué no hay militantes que organicen recorridas, por qué no hay autoridades del Frente Amplio que caminen los pueblos hablando con la gente, muy especialmente con las madres, las tías y las abuelas, y también los padres y los adolescentes, para estimularlos a limpiar todos los espacios hogareños en donde el mosquito puede poner sus huevos? ¿Y por qué no hay cuadrillas de vecinos recorriendo el barrio, eliminando focos de aguas quietas, neumáticos abandonados, recipientes perdidos llenos de agua?

¿Es acaso desdoroso? ¿O es que creemos que el país que soñamos lo vamos a construir sólo operando sobre las instituciones o en la relación capital-trabajo? ¿Cuán importante es para la izquierda impedir que ingrese el zika, sobre todo si es tan peligroso para los niños en gestación? Los propios técnicos reconocen que los insecticidas no matan a todas las mosquitas adultas, tampoco a todas las larvas, y menos aun a los huevos, que incluso pueden eclosionar de forma masiva si por alguna forma de comunicación biológica llegan a recibir la señal de que la población está decayendo. Además, estos insectos, con el tiempo, adquieren resistencia a los plaguicidas. A lo que no se pueden adaptar es a vivir sin agua. Su propia biología los hace extremadamente dependientes del agua, y es ahí donde entramos nosotros, los humanos.

El problema de la militancia es central para la izquierda. Y la militancia es la organización de las fuerzas del pueblo para conquistar causas populares. La causa de prevenir una epidemia o combatir un brote de una enfermedad que potencialmente puede afectar a miles de personas, pero que puede ser controlada y hasta erradicada si se consigue erradicar el vector, como ya se logró hace 60 años, exige organización y militancia. Y además de ser imperioso por la salud de la población, es una excelente oportunidad de dinamizar las organizaciones populares, entre ellas los partidos políticos, las organizaciones sindicales y los movimientos sociales en general. No estamos ante una catástrofe, pero deberíamos tener presente que en varias oportunidades en el siglo XIX, este mismo mosquito, transmitiendo otra enfermedad viral, la fiebre amarilla, para la que ahora existe vacuna, aunque casi ningún uruguayo esté vacunado, diezmó Montevideo. Mató a más de 20.000 personas en una ciudad en la que vivían 140.000. Ya el 31 de diciembre de 2015 la Organización Panamericana de la Salud declaró la emergencia epidemiológica por la reaparición de fiebre amarilla en Brasil, Bolivia y Perú. En los últimos años sólo se había detectado, en varios países de América del Sur, la variedad selvática, que afecta a primates no humanos y a hombres que estén en contacto con mosquitos que han picado a monos infectados. Pero la alerta se produjo cuando comenzó a sospecharse de brotes urbanos, ante los fenómenos climáticos y de movilidad que permiten que la enfermedad se propague a centros poblados, en países con gran infestación de Aedes aegypti.

Si no se logra el compromiso militante de la población para controlar el vector y, de ser posible, erradicarlo, más temprano o más tarde, los virus que son transmitidos por el mosquito y que están en los países vecinos pueden comenzar a circular en Uruguay y afectar a la población. No basta con campañas publicitarias ni con fumigaciones, mucho menos con esperar que el cambio de estación saque a los mosquitos de circulación, porque el año que viene vamos a tener el mismo problema, y quizá peor. El desafío es organizar a la gente, a los vecinos con información de calidad, de primera mano, con pautas claras brindadas por médicos que recorran los barrios. Detener el dengue e impedir que ingresen los otros virus es desatar una guerra de liberación nacional contra el vector, y para eso, además de campañas inteligentes del Estado, se necesita lucha, militancia, participación popular. Algo que a la izquierda no debería sonarle ni exótico ni imposible ni indeseable.

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