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Mundo coronavirus | pandemia |

Día Mundial del Medio Ambiente en tiempos de Covid-19

Este Día Mundial del Medioambiente se celebra en medio de la pandemia de Covid-19, una crisis como ninguna otra, a una escala totalmente global y sin precedentes en su alcance que ha trastocado la vida en el planeta en tiempo récord y en todos los frentes: sanitario; económico, financiero y comercial; científico, humano y social, estatal y privado, desde los viajes y la comunicación a lo psicológico y el ámbito familiar.

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Cuando habían pasado semanas desde el inicio de la pandemia, en medio del parón económico –flota aérea mundial en tierra, fronteras cerradas y viajes suspendidos, carreteras vacías, ciudades detenidas y menor actividad industrial–, imágenes satelitales mostraban un descenso de la contaminación del aire y las emisiones a escala mundial.

Ciudades cuyos habitantes se han habituado al smog pudieron apreciar cielos más limpios, fueron noticia los canales de Venecia transparentes y llenos de peces apreciables a simple vista, playas y costas limpias en distintos puntos del planeta, el regreso de la vida silvestre a poblados y suburbios de grandes urbes… Un alentador escenario temporal en medio del trágico escenario de muerte, enfermedad y disrupción por la Covid-19.

Ha sido, según Paul Monks, profesor de la Universidad de Leicester, en el Reino Unido, el mayor experimento a gran escala conocido en término de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. “¿Estamos viendo lo que podría ser el futuro si nos movemos hacia una economía baja en carbono? No podemos menospreciar la pérdida de vidas humanas, pero esta etapa pudiera dejar alguna esperanza aun en medio de algo terrible: mostrarnos lo que podemos alcanzar”, decía el académico.

Tanto la ONU como ONG internacionales, expertos y tanques pensantes llamaron a no dejar pasar la oportunidad latente en medio del desastre, a retomar la actividad y “reconstruir” en la postpandemia tomando en cuenta las señales ambientales y el aprendizaje que deja esta etapa, cambiando hábitos de producción y consumo con una visión circular, verde, sostenible.

En marzo, el World Resources Institute (WRI) consideró que “en la medida en que buscan dar un impulso a sus economías tras el brote de Covid-19, Gobiernos y compañías que consideren paquetes de estímulo tienen esencialmente dos opciones: pueden seguir congelados en décadas de insostenible desarrollo alto en carbono, contaminante e ineficiente, o pueden aprovechar la oportunidad para acelerar el inevitable cambio hacia sistemas de energía y transporte cada vez más asequibles y bajos en carbono, que traerán beneficios económicos a largo plazo.

“Esta segunda opción también permitirá luchar frontalmente contra dos crisis: la de la contaminación del aire y la de la emergencia climática”.

Con el descenso de la curva de contagios en algunos países –en medio de reales tensiones y un debate sobre el balance entre emergencia sanitaria, vidas y prevención de la enfermedad, por un lado, y por el otro empleo, crecimiento y actividad económicos, movilidad de países y sociedades–, llegan los desconfinamientos, el retorno al business as usual, lo de siempre o todo como antes: la prioridad vuelve a las cifras, a recuperar el tiempo y los beneficios perdidos, a la competitividad y la supervivencia de industrias y negocios.

“Capitalizar la oportunidad”, “recuperar con un legado sostenible”, “cambio”, “sostenibilidad”, la línea del WRI de que “la prosperidad del futuro requiere que los países reconstruyan mejor” o hacer que la inversión post- Covid-19 marque “una transición hacia un sistema limpio, con energías renovables y transporte verde que reduzcan la contaminación y las emisiones”, quedan en un segundo o tercer planos.

Un reciente estudio del Centro de Investigación en Energía y Aire Limpio (CREA, Centre for Research on Energy and Clean Air), revela que la contaminación atmosférica en China ha regresado a los niveles prepandemia luego de decaer ostensiblemente. (Un reporte del CREA señalaba que entre el 3 de febrero y el 1 de marzo, las emisiones de CO2 del país asiático habían disminuido en 25% debido a las medidas para contener el coronavirus).

Científicos han advertido que un rebote similar puede ocurrir pronto en Europa, luego del descenso apreciable de las emisiones durante la actual crisis sanitaria.

Hace solo semanas, en abril, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) informó que los efectos de la pandemia en la ralentización de la actividad humana, de transporte e industrial harán que en 2020 las emisiones de dióxido de carbono disminuyan 6% a nivel planetario.

Pero “es algo temporal que no hará desaparecer el cambio climático (…) No provocará ningún cambio inmediato en el clima y los fenómenos meteorológicos extremos seguirán aumentando. En los próximos cinco años se producirá de nuevo un récord de temperatura promedio mundial”, advirtió su secretario general, Petteri Taalas, quien pidió “actuar juntos en interés de la salud y la prosperidad de la humanidad, no solo durante las próximas semanas y meses, sino pensando en muchas generaciones futuras”.

“La crisis actual es una llamada de atención sin precedentes. Necesitamos convertir la recuperación en una verdadera oportunidad para hacer lo correcto en el futuro”, dijo Taalas.

La disminución de emisiones no responde a una caída sistemática o estructural, no cuenta frente a décadas de acumulación creciente y acelerada de gases de efecto invernadero (desde la Revolución Industrial unos 300 000 millones de toneladas de CO2 llegaron a la atmósfera, mayormente por la quema de combustibles fósiles).

Según el Instituto Scripps de Oceanografía, el consumo de combustibles fósiles tendría que disminuir aproximadamente 10% en todo el mundo durante un año para que la reducción pudiera reflejarse claramente en los niveles de CO2.

La experiencia ha demostrado que la baja de emisiones de gases durante las crisis tiende a ser temporal y es seguida por crecimientos cuando las economías y empresas regresan a la normalidad y buscan recuperarse en la poscrisis.

Tras la crisis financiera global de 2008, las emisiones globales de CO2 provenientes de la combustión de combustibles fósiles y de la producción de cemento aumentaron 5.9% en 2010, luego de un alza de 1.4% en 2009.

Todo apunta a que, luego de este “experimento a gran escala en términos de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero” paralelo a la emergencia por la COVID-19, la actividad industrial y de transporte y otras que contribuyen a las emisiones y aceleran el calentamiento global antropogénico regresarán al business as usual.

A inicios de marzo, el secretario general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, calificó a la pandemia como “la crisis sanitaria mundial definitoria de nuestro tiempo” y afirmó que “crisis como la de Covid-19 tienden a sacar lo mejor y lo peor de la humanidad”.

Afortunadamente, ha brillado lo mejor del ser humano y lo visto y vivido refleja una capacidad de resistencia, de entrega y sacrificio, solidaridad, de creatividad y búsqueda de alternativas en medio del aislamiento que confirma que es posible el cambio imprescindible ante esta etapa y los enormes desafíos que afronta la humanidad.

En la cara oscura, la información tóxica, la “infodemia”, los promotores de las teorías de la conspiración y medicamentos milagrosos sin sustento científico, enemigos lo mismo de tratamientos válidos y una vacuna –porque de todo ha habido– que del necesario confinamiento y las medidas de distanciamiento social que se vieron obligados a implementar los Estados. Nunca ha sido tan clara la necesidad de información clara y documentada, de medios de prensa responsables y con profesionales especializados.

Queda mucho por descubrir, definir y confirmar sobre el coronavirus y los efectos de la pandemia, pero todos coinciden en que habrá un antes y un después.

Se especula sobre un escenario post- Covid-19 con cambios en las relaciones entre países y Estados, en modos de producción y consumo, en las relaciones sociales y personales, en las rutinas laborales y el mercado de trabajo, en el comercio y las cadenas de suministros internacionales buscando menor exposición a riesgos, en el control de fronteras y en los modos de viajar; incluso, de nuevos escenarios o ralentización en ciertas facetas de la globalización. Solo el tiempo permitirá una imagen más clara del paisaje que se conforma hoy.

Ha quedado comprobada la necesidad de sistemas de salud más universales y equipados para situaciones de emergencia, de sociedades más inclusivas y equitativas, con Estados más fuertes en capacidad de coordinar el esfuerzo y asumir el peso de las contingencias y la protección social.

De hecho, ha sido decisiva la intervención estatal para contener los contagios y muertes. Allí donde han fallado los Gobiernos –en los casos más alarmantes no por falta de recursos, sino por incapacidad de liderazgo o rigidez política, con faltas que van de la desatención o la excesiva represión a una negligencia homicida–, ha sido mayor el impacto de la crisis.

La Administración de Donald Trump –al frente de un país cuya presencia es vital en el esfuerzo mundial contra la Covid-19 y el consenso para mitigar el cambio climático– ha ido de iniciar en diciembre el retiro de esa nación del Acuerdo de París a politizar en los últimos meses la pandemia y continuar su ofensiva extemporánea contra el multilateralismo.

El último capítulo es el cese de su relación con la OMS, con lo que esta se ve privada de fondos principalmente destinados a operaciones humanitarias de salud “en todo tipo de entornos frágiles y complicados” –alertó Michael Ryan, director de emergencias de la organización–, que dan atención a los más vulnerables.

Todo esto, en un entorno de débil liderazgo mundial y precaria coordinación entre naciones, envía una señal negativa al mundo y genera más hostilidad, desconfianza y zozobra cuando más cooperación, consenso y certidumbre se necesitan para salir de esta y otras crisis.

Debilita y obstaculiza la gestión de la ONU y su sistema de agencias, que luego de la Segunda Guerra Mundial asumió el objetivo de mantener la paz y la seguridad internacionales y promover la cooperación para solucionar los problemas del mundo, y que es el ente con mayor representatividad y capacidad para liderar el esfuerzo global inclusivo y consensuado que requiere la actual encrucijada.

La actual pandemia ha reafirmado, además, que es cada vez más insostenible un orden económico y social de espaldas a la naturaleza. Pese a toda la tecnología generada por el ser humano, el desarrollo social, científico y económico de las últimas décadas, hay una realidad irrebatible: hay una relación indisoluble entre la salud humana, el futuro de la humanidad, y la salud de nuestro entorno natural, el planeta. Ignorarla equivale a la pérdida de futuro, o a un futuro impredecible en un mundo aún más inestable que el que hoy habitamos.

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