La guerra comercial de Estados Unidos (EEUU) contra China continúa. No conoce de pausas, treguas ni armisticios. Todo comenzó en enero con los paneles solares y las lavadoras chinas. Marzo fue el turno del acero y aluminio chinos y también europeos. Luego el arancel de 25% a las importaciones por valor de 34.000 millones de dólares. Días después, otros bienes por valor de 16.000 millones. Por último, la semana pasada, Trump, el “acosador” tarifario serial, propuso a la Oficina del Representante de Comercio Exterior aumentar de 10% a 25% el tipo arancelario a importaciones a EEUU de bienes chinos por valor de 200.000 millones de dólares. En medio de negociaciones bilaterales consecuentemente violadas por EEUU -incluida la tregua arancelaria en mayo-, cíclicamente Washington golpea y Beijing responde. Inmediatamente después del anuncio de la Casa Blanca, el Ministerio de Comercio para “defender la dignidad de China y los intereses de sus ciudadanos” anunció su intención de gravar productos importados de EEUU -principalmente agrícolas y químicos- por valor de 60.000 millones de dólares. Así, ad infinitum, probablemente hasta alcanzar los 500.000 millones de dólares, que es el valor total de exportaciones que se verán afectadas por este vertiginoso toma y daca. La decisión final del nuevo “tarifazo” será tomada recién en setiembre, pero la propuesta/amenaza de más que duplicar la tasa impositiva de 10%, anunciada hace tres semanas es una ulterior demostración/provocación de que la cruzada anti-China que se ha autoimpuesto el “commander in chief” no tiene límites (ni tampoco fronteras si consideramos los aranceles que ya ha impuesto o amenaza aplicar a la Unión Europea, Canadá y México). Las consecuencias de esta escalada arancelaria son devastadoras para los dos contendientes, así como para el comercio mundial, los mercados y bolsas del planeta. Algunos más otros menos, pero todos sin excepción, seremos alcanzados por las armas (tarifarias) trumpianas de destrucción de masas (riqueza). De todas formas, y aunque parezca contradictorio, lo primero que debemos entender es que no estamos ante una guerra de tarifas y aranceles. El verdadero objetivo de Trump, al neto de sus proclamas, amenazas y exabruptos, no son las restricciones del mercado chino a los inversores extranjeros ni el respeto de los derechos de propiedad intelectual, ni siquiera abatir el déficit de la balanza comercial con el gigante asiático de unos 370.000 millones de dólares, el mayor del mundo. Para Trump, estas demostraciones belicistas son conflictos de baja intensidad que preparan la madre de todas las batallas: el liderazgo de la Cuarta Revolución Industrial, la Revolución 4.0. Quien triunfe en esta guerra, como lo enseñan las tres revoluciones anteriores, será también quien lidere la política, la economía, las relaciones internacionales, cultura e ideas. Chuck Schumer, el líder democrático en el Senado, acusó a Trump por no ser más duro con China y advirtió que si no se logra torcer el brazo a Beijing, la economía estadounidense podría sufrir daños “por generaciones”. La pulseada EEUU-China no es entre políticas comerciales o monetarias, tarifas o tipos de cambio. Los enemigos de Washington no son los ministerios de Comercio, Relaciones Exteriores o el Banco Central chino. La batalla, muchísimo más que comercial, es digital y el principal enemigo es el plan Made in China 2025 y los verdaderos antagonistas son los llamados BAXT (Baidu, Alibaba, Xiaomi y Tencent), que incontenibles van ganando terreno frente a los ya tradicionales GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) estadounidenses. Todos sin excepción, los organismos internacionales, los gobiernos (EEUU per primi), la Academia y los expertos coincidían (y coinciden) que la República Popular, más temprano que tarde, se convertirá en la primera economía del mundo. Sin embargo, lo que tomó a muchos por sorpresa, fueron la determinación y la audacia del presidente Xi Jinping al colocar la innovación en el centro de su política económica, y que han convertido al gigante asiático en una potencia tecnológica en un tiempo récord. Made in China 2025 -en su rubro, el proyecto más ambicioso hasta ahora jamás implementado en el mundo- es un plan a diez años que el gobierno presentó en 2015, con el que pretende una verdadera revolución de su industria manufacturera hacia sectores de alta tecnología, dejando atrás su modelo de producción intensiva o de “fábrica del mundo”. Es hora que Occidente deje de ver a las empresas chinas como meras imitadoras. Se acabaron los tiempos del “diseñado en Silicon Valley-fabricado en China”. China invierte más en I+D (innovación y desarrollo) que Alemania o Japón; registra más patentes en informática, robótica o inteligencia artificial que ningún otro país; sus startups reciben más que el doble de inversión de riesgo (venture capital) que toda Europa, y de sus universidades egresan cada año más de 30.000 doctores en ciencia, tecnología, matemáticas e ingeniería. El año pasado, el gobierno anunció un plan estatal con el objetivo de que China se convierta en la primera potencia mundial en inteligencia artificial en 2030, generando una industria de 150.000 millones de dólares. Además, en China hay 700 millones de usuarios de internet móvil, mientras que el comercio electrónico podría alcanzar 25% en 2020. Según Alibaba, el consumidor chino “compra cinco veces más que el europeo a través de internet”. Un mercado enorme a disposición de las empresas chinas de internet que además se benefician de las censuras y prohibiciones impuestas por el gobierno a sus tradicionales competidoras, Google, Facebook o Twitter. Casi mil millones de internautas chinos utilizan las plataformas Weixin & WeChat de Tencent, que atesora 125 millones de usuarios de pago de diversos servicios de valor añadido. Por su parte, Alibaba tiene 515 millones de usuarios activos anuales en sus portales de comercio electrónico. Tencent y Alibaba se han convertido en colosos que dominan la vida digital de cientos de millones de consumidores y empresas chinas. La primera -que además ha invertido en 50 compañías tecnológicas en EEUU, incluyendo firmas especializadas en inteligencia artificial, biotecnología o satélites- fue noticia tras superar por unos días a Facebook en capitalización, convirtiéndose en la quinta empresa más valiosa del planeta. Poco después, Alibaba logró convertirse en la segunda compañía china, con con más de 500.000 millones de dólares de valoración. Prácticamente uno de cada tres smartphones y ordenadores portátiles comercializados en el mundo se venden en China. Huawei acaba de desplazar a Apple como segundo fabricante de móviles del mundo detrás de Samsung, mientras Xiaomi y Oppo ocupan el cuarto y quinto lugar respectivamente. BAXT versus GAFA: hoy no es sólo la economía, “es la innovación, estúpido” (parafraseando el mantra electoral que llevó a Bill Clinton a ganar su primera presidencia), y del vencedor de esta batalla epocal dependerá el mundo que nos espera en las próximas décadas.
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