Europa y la nueva normalidad

El amanecer luego de la europandemia

Nuevamente quedó claro que el bloque europeo finalmente no era tan sólido y las diferencias que es posible ver, aun desde lejos, confirman lo que las organizaciones y pensadores antisistema plantearon desde hace décadas: el neoliberalismo es un sistema de autodestrucción social.

Por Germán Ávila

Mucho se ha escrito sobre la experiencia de la pandemia en curso, los cuestionamientos siempre estarán a la orden del día, sobre todo si el objeto de estos es China; se les ha señalado como creadores virus, de no haberlo creado, pero usarlo como arma contra occidente y de no crearlo ni usarlo, pero tampoco manejar la situación adecuadamente y a tiempo; en suma, se les ha acusado.

Sin embargo, los números, que en su frialdad traen verdades aparejadas y dejan un menor margen a interpretaciones sesgadas, muestran una cosa, y es que el virus se generó en China, pero se multiplicó de manera exponencial en el mundo desde Europa. El recuento ya es conocido, primero Italia, al poco tiempo saltó a España y se regó por el continente, de ahí a América.

El fuerte intercambio comercial que existe entre el norte de Italia, por ser una zona fuertemente industrializada, con China, fue el primer puente que instaló el virus en Europa, luego de eso el problema no fue de transporte, sino de políticas públicas de contención en ese continente.

No había gobiernos que estuvieran dispuestos a asumir el costo de la paralización del país, las medidas eran obvias, así como sus consecuencias para la economía, la vida de la gente era un factor que se tenía que poner en la balanza comparativa con el impacto económico generado por una cuarentena total.

Varios de los gobiernos centrales hicieron lo que les quedaba más fácil: descargar una gran parte de la responsabilidad en las autoridades locales y regionales, emitir directrices que pudieran ser interpretadas de formas ambiguas, poco claras, dispusieron, como en Italia, que fueran las cámaras empresariales las que definieran el carácter de la esencialidad de los rubros de la producción.

El sistema de salud de la mayoría de los países de Europa ya había entrado en la lógica neoliberal hacía mucho tiempo, en algunos casos, los más extremos, por medio de la privatización directa de la prestación de los servicios, entregándoles a empresas particulares la atención de la gente, que pasó a ser un gran conjunto de clientes.

En otros casos, el sistema de salud siguió en manos del Estado, pero el criterio con que fue manejado era el mismo que si se hubiese privatizado, fue considerado como un gasto que debía racionalizarse. La atención en salud siempre ha sido costosa, por lo que se volvió fundamental tratar de frenar los volúmenes de usuarios, en algunos casos, cerrando directamente la posibilidad del ingreso a población migrante indocumentada o desalentando la inversión en la infraestructura sanitaria.

En los casos más benevolentes, el sistema de salud se enfocó en la prevención para evitar que se hiciera uso de la atención a morbilidad prevenible, una decisión mucho más consciente con la sociedad moderna, pero que de ninguna manera preparaba al sistema sanitario para lo que ocurrió. Aquí entra otro factor a tener en cuenta: se ha afirmado en varias ocasiones que no había manera de anticipar la pandemia, lo que parece no ser tan exacto, pues había organizaciones dedicadas al estudio del comportamiento de los virus transespecies, advirtiendo de la ocurrencia de esta situación hace ya varios años, pero no hubo eco en esos reclamos.

Cuando llegó el momento de enfrentarse a la pandemia, hubo dos situaciones que caminaban por dos veredas de la misma calle: la atención en emergencia y la prevención social para evitar la propagación. El factor común a estos dos elementos no es otro que el Estado, encargado de decidir y actuar.

Con la pandemia pasó lo de la conocida fábula de Esopo, “El pastorcillo mentiroso”: la infoxicación y los millones de noticias falsas y teorías “conspiranoicas” que circulan a diario por la gran avenida de la información global hicieron que los alcances de la pandemia, pese a las advertencias claras lanzadas desde China, fueran desatendidas y puestas en los medios como una serie de medidas exageradas y autoritarias generadas por un régimen totalitario. China, con mucho esfuerzo y la intervención del Estado, logró controlar en primera instancia el virus.

Nadie quería hacer lo que hicieron los chinos; aislar regiones enteras, declarar cuarentenas obligatorias y generar planes de contingencia parecidos a los que generan las guerras era algo demasiado extremo para las hiperdemocracias de Occidente. Las medidas fueron tímidas y las consecuencias, desastrosas.

La dimensión de la situación fue tal que Emmanuel Macron se convirtió en el nuevo adalid del sistema de sanidad pública universal, solo algunos meses después de haber querido recortar la inversión estatal en jubilados y pensionistas. Boris Johnson, el primer ministro británico que había declarado que la pandemia podía ser manejada de manera gradual y escalonada mientras se generaba inmunidad de rebaño, pasó por CTI debido a complicaciones serias derivadas del Covid-19.

Otros países como Noruega, gracias al alto flujo turístico veraniego con el norte de Italia, sufrió un fuerte embate por los contagios, pero logró maniobrar la situación y aplanó la curva de contagio, que como está la situación hoy, es la mayor de las victorias, la disminución y desaparición de nuevos casos es aún un sueño lejano en la mayoría de los países.

Europa ha decidido reabrir progresivamente sus fronteras; la intención dada a conocer por la Comisión Europea es desarrollar tres etapas que permitan abrir las fronteras para reactivar el flujo turístico para el verano. No hay que olvidar que el 10% del PIB de la zona euro proviene de esta industria sin chimeneas. Las posibilidades y dimensiones del turismo en medio de lo golpeada que va quedando la economía aún no se han calculado, pues no es posible llegar a una conclusión.

El nodo central de la reapertura está cruzado por dos ejes, la coordinación entre países para coordinar políticas comunes como el levantamiento progresivo de la exigencia de cuarentenas a quienes ingresen en cada país y el enfoque común en materia sanitaria. Esto vuelve a poner el peso de la responsabilidad en los Estados nacionales, ya que no pueden ser transferidos solamente a los Estados o provincias fronterizas.

Capacidad sanitaria, vigilancia y seguimiento, son las consignas de la reapertura fronteriza a nivel estatal. A nivel individual hay que ver cuál es la reacción que se generará ante la posibilidad de reactivar la movilidad transfronteriza. Está más que claro que por ahora no hay tratamiento ni vacuna para el Covid-19, lo que mantiene la posibilidad de los rebrotes como una constante en el imaginario de una sociedad a la que la vida le cambió en dos meses de manera radical.

China logró, con la experiencia y el liderazgo del Estado, un importante equilibrio entre las aristas que influyen en el control de la pandemia. El modelo, se ha probado que funciona, pero requiere algo que, en Occidente, ni siquiera con una pandemia que ya lleva en su haber casi 300.000 muertos, se contempla, y es la necesidad de mantener completamente fuera del mercado la esencialidad de los servicios sanitarios y el monopolio del Estado en las decisiones económicas a favor de la población.

 

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