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El desborde y su freno

Por Leandro Grille.

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La última semana marcó el punto más alto de la estrategia de introducción de una “grieta” en Uruguay. Nuestra sociedad venía esquivando el fenómeno regional de sobrepolarización, pero la sorpresiva revuelta ruralista de enero dio una elocuente señal de la voluntad de algunos sectores de argentinizar el clima político local, incurriendo en los mismos métodos durambarbescos que tantos buenos resultados dieron a la derecha de ese país. Nadie podía anticipar lo que pasó. La extendida percepción de que la sociedad uruguaya amortiguaba las contradicciones que se suscitaban en su seno, y que nuestro sistema de partidos es un canto a la convivencia civilizada, parecía protegernos de sucumbir en el lodazal de la crispación. Pero con la misma dinámica de los terremotos, un día cualquiera emergió un sismo de odio, revelando la tensión silenciosa que se venía acumulando en los subterráneos de una parte de la sociedad. En menos de un mes aparecieron los audios que hablaban de guerra civil, de que corra sangre, de bloquear las rutas y desabastecer Montevideo, mientras en las redes sociales multitudes de cuentas sospechosas multiplicaban un discurso de indignación y odio dirigido contra el gobierno, contra la izquierda y contra los pobres, en nombre de un pretendido clamor ciudadano por la liquidación del ciclo progresista a como dé lugar. En ese contexto, esta semana una turba de “productores autoconvocados” que participaban de la instalación de la mesa de negociación impulsada por el gobierno en el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP) se trenzaron en la calle con el presidente, faltándole el respeto en todo momento, insultándolo la mayor parte del tiempo y llegando al extremo de amenazarlo, en una demostración afrentosa hacia la investidura del mandatario de la República. La conducta insolente de los “autoconvocados” superó todo. A partir de ese día, comenzó el desmarque. La mesa dirigente de este difuso movimiento rural, cuyo carácter sectorial y apolítico ya no cree nadie, emitió un comunicado para deslindarse de sus propios representantes, pero luego un audio de uno de sus referentes más importantes dejó claro que el comunicado era para afuera, para el resto de la sociedad, y no para desautorizarlos en la interna, porque el enemigo está afuera, relativizando el alcance del propio comunicado en una suerte de fallutería declarativa que impide saber si el desmarque es genuino o una impostura táctica ante un hecho que los pintó de cuerpo entero y los dejó mal parados frente a toda la sociedad. Sin embargo, otros audios que han trascendido dan cuenta de que la interna del movimiento rural es bien compleja, y mientras una minoría quiere adoptar medidas, que incluyen el bloqueo de rutas y la salida de las pasteras para tener repercusión internacional, la mayor parte de los productores no quiere seguir tirando de la piola y prefiere abocarse a un camino de negociación con el gobierno, aunque transitoriamente hayan desistido de participar en la mesa, aparentemente insatisfechos porque el gobierno propone medidas sectoriales y ellos buscan ceñirse al decálogo de mochilas del que dieron cuenta en su primera manifestación de Santa Bernardina, cuya implementación cuestiona la política económica y social del país, toda vez que supone una megadevaluación y trata al salario de los trabajadores rurales como una carga en lugar de un derecho. Aunque es inevitable dudar de la autocrítica de los autoconvocados y su comunicado desmarcándose del patoterismo contra el presidente, hay que reconocer que el comunicado existe y que es mucho mejor que exista a que no exista. En el peor de los casos, la declaración responde a una apreciación correcta: les guste o no, lo que hicieron es una barbaridad para la enorme mayoría de los uruguayos y si la firmaron porque ellos mismo comparten esa valoración o porque se dan cuenta de que por ese rumbo se van a granjear la repulsa del pueblo, sin ser un detalle irrelevante, no hace a la historia. Otros dos gestos pueden ser destacados con la generosidad de los corazones nobles, pero sin caer en la ingenuidad. Uno de ellos es el mensaje del joven dirigente nacionalista Juan Andrés Ramírez Saravia, que en su cuenta de Twitter publicó una frase sensata: “Hacer política me ha llevado a ser agresivo… irrespetuoso. No soy así. Ideas firmes. Convicciones claras, pero tolerante y sensible. Pido disculpas sinceras”. Después de meses de odio destilado hacia el Frente Amplio, misoginia, homofobia, y hasta un audio insólito en el que llamaba a liberar ovejas por Agraciada y conducir el movimiento rural directamente contra el gobierno, ese tuit es lo más cercano a una autocrítica, al reconocimiento de que se fue de mambo y de que ni él mismo se siente cómodo en ese papel de francotirador en el que se había posicionado. El otro gesto es el editorial de Búsqueda, el medio más importante de la derecha, en el que nunca faltan plumas para atizar el fuego de la intolerancia contra la izquierda. Bajo el título ‘No es un guerra’, el semanario denuncia la “polarización sin sentido”, llama la atención sobre lo que sucedió con el presidente, se pronuncia en contra del uso político de los hechos delictivos  y advierte contra “esa necesidad de sacar rédito político hasta de la peor desgracia”. Bien, entonces, por Búsqueda, que además reclama que “agradezcamos” que en Uruguay las diferencias se dirimen en las urnas, haciendo referencia a la frase del ruralista que desnudó la politización del movimiento cuando le gritó a Tabaré “nos vemos en las urnas”. Están pasando cosas en Uruguay que nadie anticipaba. Se respira un odio inesperado para el talante de nuestro pueblo y para la realidad del país; esa brisa hedionda ya ha sido protagonista de desbordes atípicos. Ha llegado el tiempo de ponerle freno. Quizá estos gestos tímidos contribuyan a ello.  

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