El falso dilema de reprimir o atacar las causas de la delincuencia

Por Rafael Bayce.

¿Atacar las causas de la criminalidad o reprimir la delincuencia? Es un dilema que no debería ser tal, porque deben hacerse las dos cosas. Nadie que priorice la represión ha pensado que no deban atacarse las causas del delito; tampoco nadie que priorice el ataque a sus causas ha pensado jamás que por ello no deba impedirse o castigarse una rapiña. El asunto es cómo hacer ambas cosas, y cómo priorizarlas, en la práctica político-administrativa y también en la retórica comunicacional.

En columnas recientes de Caras y Caretas hemos graficado este dilema de similar manera a lo que sucede en una inundación, entre las acciones de baldeo (y aumentar baldeadores) y la de entornar y cerrar las fuentes (canillas) de las cuales proviene el agua a baldear. Hemos llamado a los que privilegian el baldeo de ‘astigmáticos’ porque no ven a larga distancia; y a los que corren hacia las canillas de ‘miopes’ porque no ven a corta distancia. Ambas imágenes grafican los extremos de un dilema que no debiera ser tal, sino un asunto de prioridades y de división del trabajo coordinado para las dos acciones. Dicho esto, veamos por qué consideramos cruel, baldeador y astigmático el discurso del entrante ministro del Interior, Jorge Larrañaga. Ya hemos visto, en parte, por qué calificarlo de baldeador y astigmático. Ampliaremos el fundamento para su calificación de ‘cruel’.

 

Un discurso acrítico y astigmático

El discurso del futuro ministro es demagógico, deformador y socialmente cobarde. Subraya solamente la ofensa de alguien a una persona o a sus posesiones, sin pensar en los porqués o en la probable culpabilidad colectiva por la falta de privilegio y por la necesidad sufridas por el ofensor, que muy probablemente ha sido llevado a la solución delictiva como modo de neutralizar sus privaciones y necesidades relativas y así intentar paliar por medios ilícitos su carencia relativa de recursos lícitos para obtener el paquete de bienes y servicios que le permita consumir aquello sin lo cual no consigue autoestima personal ni prestigio colectivo, ni en sus microgrupos de pertenencia ni en la macrosociedad que habita, material y simbólicamente.

La sociedad, globalmente, ha impuesto un ideal cultural consumista, de igualación del ser con el tener, de fuga hacia adelante del deseo por más, mejores y novedosos bienes y servicios. Mediante la configuración de este ideal consumista y la entronización cultural de la moda, la sociedad capitalista se asegura en principio demanda para una oferta creciente que propende a mayores lucros y acumulación. Mediante la moda, la publicidad, el marketing y la propaganda, este deseo adquiere compulsividad y se convierte en estándar cultural de prestigio y autoestima.

Si el capitalismo ha creado este seguro contra las crisis de oferta, si lo ha convertido en compulsivo estándar de bienestar material y cultural mediante la moda, la publicidad, la propaganda y el marketing, debe hacerse cargo de que la gente pueda alcanzar esos estándares. Émile Durkheim, desde 1897, decía que la sociedad no debería aumentar sus expectativas de bienestar si no se asegura de que proporciona, simultáneamente, los medios suficientes como para obtener esos fines deseados, esos paquetes crecientes de bienes y servicios; de lo contrario, la frustración de su persecución llevaría a dos tipos de graves problemas sociales: uno, los derivados de los que se autoculpabilizan por el fracaso y frustración, con deterioro psíquico, en el límite productores de suicidios; dos, los derivados de quienes culpan a otros de esas frustraciones y fracasos, en el límite configurando delitos de apropiación de propiedades o de agresión resentida o instrumental hacia las personas.

También dijo Durkheim que, en caso de aumentarse las expectativas sin aumento claro de los medios para satisfacerlas, había que reforzar los frenos morales a la ambición (ya que estamos, los tres excitadores sociales de la violencia para Aristóteles: necesidad, ambición, pasión). Está más que claro que no se ha hecho nada de lo que Durkheim indicó y que se hizo, hasta la náusea y la exasperación, todo lo que calificó como indeseable e inconducente, y más; volveremos a ello.

No debería sorprender que el siglo XX y lo que va del XXI muestren aumentos agregados de delitos, problemas psíquicos y suicidios. Medio siglo después que Durkheim, y más cerca en el tiempo, Robert Merton afirmó que la conducta criminal suponía el recurso a medios ilícitos, y no lícitos, para la obtención de fines culturalmente consensuados y personalmente deseados.

El consumo creciente y sin límite aparente es compulsivamente deseado en cantidad, calidad y novedad, sin que todos dispongan de medios lícitos suficientes como para obtenerlo. Si los más poderosos de la sociedad se aseguran demanda para su oferta industrial, comercial y financiera a costa de la probabilidad de su satisfacción; si esas expectativas crecientes estructurales fracasan y frustran a sus titulares, no debería sorprender que los afectados por esos deseos compulsivos aumenten su problematicidad psíquica y/o recurran a medios ilícitos para satisfacerlos.

 

Combatir la criminogenia

La sociedad de consumo y quienes la excitan por medio de la moda, del estatus material, la publicidad, la propaganda y el marketing son criminógenos, son causas mediatas de la delincuencia, en la medida que generan deseos compulsivos insatisfactibles, no proveen de medios masivos para obtenerlos, y tampoco refrenan moralmente esas ambiciones. Entonces, como explican Durkheim y Merton, problemas psíquicos y delictivos deberían aparecer.

Los productores capitalistas, los que producen científicamente demanda creciente y compulsiva para sus bienes y servicios (imponiendo moda y publicidad, propaganda y marketing que crean cada vez más científicamente el deseo compulsivo) pero en medio de una sociedad en que cada vez menos pueden satisfacer esos estándares, podrían o deberían ser calificados de cómplices mediatos, autores intelectuales de esos delitos y daños psíquicos ocurrentes luego; por lo menos deberían ser tildados, y adquirir conciencia, de su carácter criminógeno, de que sus actividades exacerban el deseo compulsivo creciente sin crecimiento de los medios accesibles para obtenerlos; y de que eso genera criminalidad.

Que ningún industrial o comerciante que hace desear compulsivamente un bien o servicio, que ningún ingenioso creativo publicitario que contribuyó a ello se escandalice porque les robaron la casa o el auto para comprar lo que hicieron desear compulsivamente a quienes no podían tener los medios lícitos para adquirirlos. Calavera no chilla. Industriales, comerciantes, publicistas, prestamistas, son criminógenos y deberían ser imputados penalmente en una legislación que fuera ideológicamente coherente; junto a los delincuentes que ejecutan la acción tipificada, como cómplices o coautores en profundidad y plazos diferentes de eficacia causal, pero cocausantes responsabilizables estructural y concretamente.

Sin su labor de constitución de una sociedad de consumo compulsivamente creciente, no habría tanta criminalidad; son condición necesaria, aunque no siempre suficiente, porque no todos los excitados por el consumismo delinquen; pero otros, que no lo hacen, se deterioran psíquicamente o se perjudican socialmente por falta de reconocimiento, estatus, prestigio o autoestima.

Cuando hay criminalidad, no solo deberíamos pensar en la crisis de valores, los controles familiares menores y las drogas; también deberíamos pensar en esa máquina suicida de picar carne que es la sociedad de consumo compulsivo y creciente. Aquellos que contribuyen a aumentar la intensidad y objetos del deseo, en una sociedad desigual en que cada vez menos podrán satisfacerlo, deberían ser calificados de criminógenos y coautores intelectuales del crimen; contra la propiedad por consumismo y contra la persona por despecho, odio y resentimiento.

La izquierda debería hacerlo, si tuviera solidez ideológica, en lugar de ensañarse con los ejecutores estructuralmente desprivilegiados del delito, responsabilizables concreta y materialmente de modo justo, pero siempre que los autores intelectuales y creadores del entorno cultural y económico también lo sean. Pero la izquierda se ha mimetizado con los códigos burgueses que protegen el lucro de los explotadores (industriales, comerciantes, financistas, políticos e instituciones serviciales a ellos -seguridad, prensa-), castigando a quienes no quieran aceptar su rol de explotados.

Protejamos la oferta asegurando demanda y reprimamos a los que quieren tener lo que les hacemos desear compulsivamente por medios ilícitos; esa es la receta. Castiguemos a los productos más desprivilegiados de esa sociedad, pero no a sus generadores, que son criminógenos, aunque no materialmente criminales. El capitalismo, y quienes constituyen y desarrollan la sociedad compulsiva de consumo, son estructuralmente criminógenos, victimarios mediatos, y deberían ser penalmente responsabilizados: productores, industriales, comerciantes, financistas, publicistas, medios de prensa.

Muchos de los que claman por seguridad, como si fueran inocentes, son criminógenos de diversos modos; y, al menos por algunos casos, debieran ser responsabilizados. Hemos visto solo los relativos a la criminogenia de los autores y nutrientes de la sociedad de consumo creciente y compulsiva, pero hay más criminogenia estructural -como lo señaló Durkheim- entre las víctimas coyunturales de la criminalidad, la misma que se ensaña con los criminales, pero ignorando a los criminógenos que construyeron su entorno.

 

3 comentarios en «El falso dilema de reprimir o atacar las causas de la delincuencia»

  1. Espantoso como toman la situación! Y encima, mucho castigo y poca rehabilitación, estuvi leyendo testimonios de jóvenes que no reciben educación, ni trabajo, simplemente salen a la vida que tenían antes! Además de pasarla mal, se violan entre ellos, se golpean, se matan y luego dicen que son plagas, son humanos sin educación, sin formación! Y por eso están como están

    • Bruno cada uno elige su propio destino, y si elegís tomar el camino fácil es un error. Cuando yo estudiaba afuera mi madre falleció y la beca no me cubría el 100%, lo demás mi madre me lo envíaba a Alemania. Allá no podes trabajar mientras estudias, la pase bastante mal, pero nunca tomé el camino fácil, nunca le hize daño a nadie, al contrario, se me ocurrieron varias ideas y quedé mejor parado que antes, a tal punto que la beca ya no la necesitaba. La cosa está en cada uno, si te rendís a la primera y buscas el camino mas fácil, marchaste.

  2. Nahuel:igual comparar una situación como la que usted vivió con la que viven las personas que luego llevan una vida. marginada en el mundo entero no es lo mismo.

    Me gusta hablar del mundo porque acá parece que sólo las cosas suceden en el Uruguay.

    Cuándo ingresa un menor que comete un delito a declarar ante el juez, luego que uno escucha relato y la frialdad muchas veces con la que hablan, es difícil de entender, pero cuando aparecen
    los tristes fragmentos de su corta vida, Le puedo asegurar que sólo quedan lágrimas en los ojos.
    No puedo decir que hayan tenido infancia a la mayoría se le robó esa etapa.

    Espero que entienda mi comentario y no crea que le estoy quitando valor a lo que usted me vivió.

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