El libro no escrito de un tal Andy Adler

Por Gabriel Peveroni.

El libro no escrito de un tal Andy Adler

Hay libros que se encadenan en otros libros. Es una certeza que suele cumplirse en campos específicos, como el que nos ocupa, el de la historia reciente de la música popular; para ser más estrictos, la música urbana montevideana de los últimos 50 años. El libro sobre el Darno, por ejemplo, escrito por Marcelo Rodríguez, dialoga en forma sostenida con el libro sobre el Gale que escribió Eduardo Rivero y publicó a fines de 2019 el sello Perro Andaluz, con el título Su música y su tiempo. No es raro. Darno y Gale son de la misma generación, compartieron vivencias y sensibilidades musicales, habitaron un mismo microclima ideológico y sonoro. Rumbearon historias paralelas y cruzaron caminos creativos en dos o tres oportunidades: en el grupo Nosotros Tres, en 1976, un trío que se completa con el propio Rivero (amigo muy cercano de Galemire), y en la grabación de Sansueña, en 1978, el disco emblemático del Darno, con participación como hombre-orquesta y cerebro musical del Gale.

Entrar y salir de este tipo de libros cuyos abordajes biográficos, con centro en el personaje, se equilibran con una saludable coralidad que suma relatos, historias y testimonios de familiares, amigos, colegas y periodistas permite reconstruir contextos (en la jerga se le llama ‘escenas’) y generar encadenamientos, como el que anotamos entre los libros del Darno y del Gale, pero también otras asociaciones bastante menos previsibles que proyectan la necesidad de seguir reescribiendo. La máquina del tiempo no para, acotaría Mateo.

Mientras seguía rumiando, como lector, el notable y esclarecedor libro de Rivero sobre el Gale, que lleva a entender su calidad de personaje irreemplazable en numerosos proyectos, y de creador-zurcidor de un sonido, de una paleta rítmica vinculada al candombe, al beat, al tango, al rock, me dieron ganas de leer un libro sobre Andy Adler. Es un paralelismo involuntario, que si bien es provocado por la reciente muerte del notable guitarrista rockero no siento que sea una asociación para nada extraña ni forzada. Son vidas que no se cruzaron, pero son demasiado similares. Los dos fueron notables instrumentistas. Los dos tuvieron dificultades en defender sus respectivas obras creativas. Los dos participaron en momentos claves del desarrollo de la música uruguaya, pero desde papeles tan secundarios y de bajo perfil como irreemplazables. Los dos fueron muy generosos con otros músicos. Los dos fueron autodestructivos.

El prontuario del Gale es sorprendente: forjó Epílogo de Sueños con Rivero y otros amigos, estuvo en El Sindycato, acompañó a Daniel Amaro, Pájaro Canzani, Dino, el Darno, ensayó con Los que iban cantando, diseñó Baldío, la banda azul de Cabrera, Repique, Los Championes, Polyester, la banda de Jaime de Mediocampo, tuvo tiempo para sacar dos o tres discos increíbles, se hartó de todo y se fue a España, y si bien la pasó mal y nunca pudo regresar del todo y en plena forma emocional y no volvió a encarrilar sus mejores tiempos de los años 70 y 80, se convirtió en maestro de músicos y su obra es revalorizada entre los notables de la edad de oro de la música montevideana.

El prontuario de Adler es también sorprendente: si bien quedan rearmar varias piezas de su puzle biográfico errante entre Nueva York y Montevideo, formó parte de la primera formación de Los Estómagos, colaboró en La Tabaré, armó Los Inadaptados de Siempre para la peli Mamá era punk, inventó el garage montevideano con Chicos Eléctricos, intoxicó a Cadáveres Ilustres, Buenos Muchachos y La Hermana Menor, apadrinó a Eté & Los Problems, al Macumba de los Hablan por la Espalda, intentó un regreso con Hotel Paradise y grabó y publicó (y también escondió) varios discos de ruido, melodía y canciones enormes que se escucharon poco, pero forman parte de los rastros que dejó un guitarrista de rock excepcional cuya técnica (y ética) será más que revalorizada por todos aquellos que se sientan ‘contraculturales’.

El gran problema es que todavía no se ha escrito el libro de Andy. Lo debería escribir el Tussi, o Nico Barcia, o Pedro Dalton. Tal vez podría escribirlo Martín Pérez. No sé. Es el libro que quiero leer ahora, en este momento. Tengo claro que la escritura y la reescritura de estas historias imprescindibles llevan años y nunca atajos, llevan procesos y ajustes de cuentas personales. Pero se necesitan más conexiones, más encadenamientos entre vidas, historias y libros, sobre todo de estos personajes que lo dieron todo, que entregaron sus vidas por la música y por una ciudad áspera y peleadora.

La última vez que vi a Andy fue un mediodía en La Ronda. Lo entrevisté como testimonio secundario para un documental sobre Los Estómagos (el crudo de la entrevista se encuentra fácilmente en YouTube). Dice cosas que solo él puede decir y sostener con dignidad. Ese mismo mediodía me dijo que no se sentía nada bien, que estaba harto de todo, que su único deseo era subirse a un avión, llegar a Berlín, meterse heroína, perderse en esa ciudad y morir. No lo hizo. O sí.

La última vez que vi al Gale fue también en La Ronda. Lo entrevistó Max Capote para Blister (la entrevista editada se encuentra fácilmente en YouTube).

Ahora que cierro el libro del Gale y detengo la mirada en la tapa, encadeno otro dato nada menor: Angel Atienza, editor de Perro Andaluz, guarda secretos musicales de ambos, y no es casual que los libros del Darno y del Gale hayan salido por su sello… y el de Andy habría que soñarlo con formato cuadrado, abundantes fotos, diseño de Rodolfo Fuentes y códigos QR que vinculen a grabaciones encontradas y rarezas.

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