El origen de la desmesura

Por Rafael Bayce.

cuarentena

Esta es la octava columna consecutiva que le dedicamos al tema del año: la pandemia del coronavirus. Por razones académicas y profesionales hemos enfatizado lo metabiológico, sin despreciar lo biológico, como corresponde al tema. Porque el problema, en sus efectos, construcción y consecuencias, desborda ampliamente lo biológico hacia lo económico, lo político, lo social, lo familiar, lo laboral, lo productivo y lo educacional. Desborda con creces lo cultural, el entretenimiento, el ocio y los viajes; también lo comunicacional y mediático.

Nos hemos concentrado -en esta columna- en encontrar, desarrollar y entender visiones alternativas a la hegemónica y dominante sobre el fenómeno, en el entendido de que para la mayoría de los interesados es difícil acceder a las visiones disidentes, no solo secundarizadas por los medios de comunicación sino que ya están empezando a ser censuradas en YouTube y en las redes sociales, lo que alimenta las perspectivas mal llamadas ‘conspiratorias’ sobre orígenes, desarrollo y beneficiarios de la pandemia.

 

Los gruesos errores de un tal Ferguson

En la columna anterior describimos a Neil Ferguson, el autor de las recomendaciones sanitarias que él mismo violó, como ‘depredador serial pandémico’ debido a las consecuencias graves de sus anteriores y groseros errores de predicción, a su reiteración real (2001, 2005, 2009) y a su extensión global desde su más reciente predicción errónea en este año 2020.

En primer lugar, su desmesurada predicción del 16 de marzo estaba referida a Reino Unido, pero extensible a Estados Unidos, y también a ‘otros países de altos ingresos’. Pero su carácter de consultor para casos urgentes de la OMS hizo más larga la lista de los países-objetivo, amén de que todas las naciones, abarcables o no por los datos básicos del modelo, hicieron propios miedos ajenos, y alimentados por una prensa carroñera y sensacionalista se tragaron esa equivocada pastilla, nuevo macroerror que nadie se sospechó pese a los antecedentes letales de su autor.

Pero ¿cuáles fueron los más importantes errores cometidos por Ferguson y sus colegas del prestigioso Imperial College de Londres? Antes que nada, el texto inicial, dado en manos a Boris Johnson para que cambiara su inclinación hacia el modelo sueco, indicaba que, si no se tomaban medidas de supresión más que de mitigación, podría haber 30 millones de muertos en el mundo, 2 millones en Estados Unidos y 510.000 en Reino Unido; faltarían 7 veces más camas que las disponibles en los países ricos y 25 veces más en los menos desarrollados. Perfecto para el pánico local e internacional.

Las reacciones en Inglaterra y en otros especialistas fueron muy variadas, pero dominaron las críticas a diversos aspectos planteados.

Uno. Calculó la fase supuestamente exponencial del crecimiento inicial de la pandemia en 15% diario, lo que en 6 días duplicaría el número de afectados. Michael Levitt, premio Nobel de Química 2013, que seguía atentamente ese inicio por sus contactos en China, debido en parte a que su mujer es curadora de arte chino en Estados Unidos, arguyó que ese crecimiento diario no se justificaba más que en un 3% o 4% de acuerdo a los datos asiáticos iniciales.

Dos. Los 510.000 ingleses y los 2 millones de estadounidenses magnificaban 9 veces los afectados por la exponencialidad: 50.000 ingleses y 200.000 norteamericanos se acercaría mejor a la realidad pronosticable de afectados en ese momento. Algunas fallas en la página de difusión de Stanford en esos días impidió una mejor difusión de lo de Levitt, que de todos modos desinflaba la sensacionalidad mayor de los datos de Ferguson, y le impedía a la prensa tener malas noticias, su alimento más suculento. Por más detalles de las diferencias en bases y métodos de cálculo, basta con googlear Michael Levitt y Neil Ferguson, y buscar sus respectivas predicciones. El tiempo dirá quién tenía razón en su momento; el impacto lo tuvo, desgraciadamente y de modo difícilmente reversible, Ferguson.

Tres. La magnificación de Ferguson nace, en buena parte, de tomar como bases de cálculo cifras poco representativas de Europa y del mundo en general, pero aplicándolas a esos desmesurados ámbitos. Para calcular tomó datos de Wuhan, de ancianos postrados en hospitales con múltiples enfermedades letales previas, que fallecieron, en proporción muy diversa a la que mostrarían más jóvenes, no hospitalizados graves ni con enfermedades cocausales de muerte en todo el resto del mundo. Todo esto, dice Levitt, no solo llevó a las magnificaciones vistas, sino que llevó a un error grueso a un epidemiólogo de Cambridge, David Spiegelhalter, quien sobreestimó en 12 veces sus cálculos, tomando por buenos los sesgados a la alta de Ferguson.

Cuatro. Pero si la acrítica aplicación a Europa y al mundo de los datos de Wuhan originó magnificaciones iniciales y en cadena, también la inclusión de datos europeos tuvo sus problemas, porque cuando Ferguson calcula sobre los datos disponibles para la época, también incluye, sin diferenciar, los datos del norte de Italia junto con los ingleses, lo que lleva otra vez a magnificar el pánico para Reino Unido, calculado en parte con datos mucho más asustadores de Italia (N=Italia+UK). En efecto, el sistema de salud en Italia estaba en crisis, cualquier enfermedad podría ser grave para una población tan anciana, llena de comorbilidades y recién vacunada contra la gripe invernal europea (ojo, entre nosotros, con la vacuna contra la gripe, con coronavirus suelto, hay serios trabajos que creen que no se debería vacunar a ancianos con dolencias graves en esta coyuntura actual, porque podría sumar comorbilidad en lugar de reducirla). A la magnificación universal extrapolando desde Wuhan a Inglaterra, Estados Unidos y a los países ricos, que originó pánico global desde el 16 de marzo porque nunca se difundió mediáticamente como acotado, sino como global, se suman los cálculos para Inglaterra del 26 de marzo, con N mezclado de datos italianos tan magnificables y magnificadores como habían sido los basados equivocada, temeraria e irresponsablemente en los sesgados de Wuhan. Porque si el 26 corrige en parte el sesgo originado en los datos de Wuhan (que ya habían cambiado para bien), introduce en los cálculos para Inglaterra datos básicos de Italia, tan poco representativos de la totalidad europea como los de Wuhan para Inglaterra, Estados Unidos, países ricos, y por extensión mediática y de las redes sociales. Depredador serial y pandémico, si los hay.

Cinco. Llueven las críticas, especialmente en Inglaterra y en Estados Unidos, algunas de las cuales ya vimos someramente. Veamos algunas reiteradas: no haber llevado en cuenta la diversidad de los riesgos según edad; no haber tenido en cuenta que las comorbilidades explican mejor las muertes de ancianos hospitalizados graves que el coronavirus; se calcula, desde cálculos en Wuhan, Seúl e Italia, que entre el 80% y el 98% de los fallecidos certificados como por coronavirus en realidad sufrían más letalidad desde otras enfermedades respiratorias, cardíacas, renales, diabetes u otras. Hay, aunque ya borradas, alguna ‘mano negra’ de YouTube y de las redes sociales, manifestaciones de una epidemióloga premio Nobel por sus descubrimientos sobre VIH, de que hay un premio en efectivo para quienes documentan como causa de muerte al coronavirus, a síntomas iguales y comorbilidad.

Seis. El mismo Ferguson aclara que no tiene la bola de cristal, pero que es mejor tener datos no muy sólidos que ninguno para decidir, y que prefiere calcular de más que de menos; todo muy discutible si las decisiones políticas basadas en ellos pueden arruinar la economía mundial, las nacionales, buena parte de las empresas, del empleo, de la vida social y familiar. Por eso, una inglesa dijo que no se pueden dejar las epidemias en manos de los epidemiólogos, cosa con la que concuerdo plenamente y que fundamentaré en mi inminente curso de posgrado sobre coronavirus en Ciencias Sociales de la Universidad de la República.

Siete. Resumamos lo que creemos que debiera haberse hecho y no hecho en base a los trágicos ‘hallazgos’ de Ferguson, en boca de un epidemiólogo inglés (traducción nuestra): “Personalmente, acepto que el modelo pueda servir para compararlo a futuro con datos reales, pero no se le debería dar mucha credibilidad; y ciertamente no debería influir en la elección de estrategias para mitigar la transmisión, o para predecir el tamaño de la epidemia, si no se interviniera en su curso”. Exactamente lo contrario de lo que se hizo y para lo que se usó. Y aquí estamos, en pánico, económicamente en decadencia, con la vida social arruinada, la familiar y la laboral heridas, esperando tiempos peores y destrozando nuestras psiquis con base en malos datos y cálculos falaces magnificados, dramatizados, redundados y reiterados hasta la náusea, con prestigiosos críticos de la situación minimizados o silenciados, dictadura incipiente de los medios y las redes en nuestro cotidiano. Las distopías ficcionales para el siglo XX superadas por la realidad en el siglo XXI: 1984, Un mundo feliz, Walden II. Que todo sea para bien, decía Peloduro.

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