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El robo y la turba

Como sabemos, la sociedad es un entramado muy complejo y la valoración de la gente sobre lo aceptable y lo inadmisible está sujeto en mayor medida al relato ideológico que se construya que a la letra fría del código penal. En mi opinión, robar es un crimen, pero masacrar a alguien es un crimen mucho más grave. No lo es porque así lo determine la ley, que es un arreglo que refleja la ideología dominante y en el que no siempre la integridad física de las personas es un bien superior a la propiedad, pero lo es para mí, porque creo  que la vida humana es el valor supremo sobre la tierra.

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Esta semana un hombre asaltó una pollería en Toledo, se llevó un botín de 1.800 pesos y luego fue perseguido y atrapado por un grupo de vecinos que le propinaron una golpiza antológica, lo torturaron y lo dejaron maltrecho, sin un ojo y con todos los huesos de la cara partidos. Si un simple ciudadano inadvertido se hubiese cruzado con la escena en la que una patota somete con semejante brutalidad a un individuo, probablemente se habría escandalizado frente a lo que estaba sucediendo, pero a poco que conociera la historia precedente de los golpeadores y del golpeado, algunas personas -no todas, por suerte- ya no habrían condenado el hecho con ahínco o hasta quizá lo terminaran justificando y sumándose a la paliza. En realidad esta secuencia por la cual un hecho repudiable se convierte en un acto justificable para un montón de gente, tras la intervención de algún tipo de relato que lo contextualiza, no tiene nada de particular en la historia de la humanidad y se aplica sobre casi todas las conductas criminales. Desde el asesinato hasta el robo. Porque la distinción entre lo que está bien y lo que está mal no es siempre una materia sencilla y en muchas ocasiones nuestra valoración depende más del discurso que lo inscribe en un continuo que del hecho en sí, y eso sin necesidad de caer en un relativismo extremo. Ahora bien, la misma operación lógica que muchos pueden realizar para justificar la golpiza o el intento de linchamiento del hombre que robó también se puede practicar sobre un robo en sí mismo. Si no condeno a Jean Valjean, el personaje de Los miserables, que robó y por ello pasó 19 años preso, es porque Víctor Hugo proporcionó la historia de la vida del hombre que joven, huérfano y pobrísimo, se hizo cargo de su familia y debió robar un poco de pan para darles de comer a sus sobrinos. El crimen de Valjean, que incluyó el “robo con fractura -porque rompió un vidrio-, de noche y en casa habitada” cumpliría con todos los requisitos de la conducta penal y seguramente fue típica, antijurídica y culpable, y así lo miró la justicia que lo condenó, pero cuando se conoce lo que hay detrás, sólo alguien que tenga el corazón suspendido en una heladera puede repudiar a un hombre que robó unas hogazas de pan para dar alimentos a niños hambrientos. Cabe reflexionar que un hecho que ocurrió en un barrio e involucró a un grupo muy acotado de personas -acaso la pareja que protagonizó el robo, el dueño del comercio robado, los clientes que se encontraban en el lugar y los vecinos que participaron en la persecución- escala a ser una noticia que impacta sobre todo el país cuando lo informan los medios masivos o se viraliza en las redes sociales. Ninguna de las dos estrategias de comunicación se comporta con neutralidad y los hechos se presentan de un modo cargado de valor que induce una toma de posición de la opinión pública. En este caso, se describe la golpiza, pero no sin antes ofrecer una acabada y elocuente descripción del robo, que termina justificando el intento de linchamiento y convirtiendo a los que lo cometieron en justicieros eventualmente excedidos. Sin embargo, el robo resulta un hecho sin contexto porque del criminal no se ofrece historia. Nadie nos dice nada de él, ni de dónde proviene ni por qué terminó haciendo lo que hizo del modo que lo hizo. No existe ninguna causa personal ni social. Sólo existe el hecho delictivo y el delincuente que es una persona reducida a un acto, al acto de robar un comercio con un arma apuntándole a los clientes. Nada más. Como si el hecho aislado que protagonizó ofreciera toda la información necesaria para castigarlo, ya no con la cárcel, sino incluso con la muerte. La seguridad es un asunto que preocupa a toda la ciudadanía, pero el aliento mediático permanente a las iniciativas de justicia por mano propia, dotándolas de un relato que las justifica, es una operación política que puede conducir a un espiral irrefrenable de violencia social. Ese discurso que divide a la sociedad en un “ellos”, victimarios sin subjetividad que corporizan el mal, y un “nosotros”, víctimas, que estamos justificados a hacer cualquier cosa en aras de defendernos, sobre todos si se trata de defender nuestra propiedad, transforma a la gente en bestias, y busca convertirnos a todos en asesinos y torturadores o, cuando menos, en cómplices.

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