El rockero que le habla a las plantas

No lo leí en ningún libro. Me lo contó un amigo argentino al que le conté algunas cosas acerca de Fausto y de lo que he venido escribiendo en los últimos días. Se ve que no le pareció muy extraño lo del niño que se cae en una alcantarilla, porque cambió rápidamente de tema para pasar a contar algo que él en definitiva quería contar. Bueno, eso es muy de argentino. Me refiero a lo de cambiar la conversación para quedarse con el protagonismo de una charla. Lo sé. Y esto tampoco lo leí en ningún libro, aunque es probable que sea ley, un axioma que debe estar formulado en algún manual de curiosidades sobre conversaciones informales.

Otro detalle que suma extrañeza es que esta conversación, y una posterior caminata de la que daré cuenta más adelante, transcurrió en el Rosedal, en el Prado, donde por cierto no estaba Verónica sacando fotos, aunque sí aproveché para tomar una de la fuente grafiteada y enviársela por correo, con el deseo de que no se interrumpa el intenso diálogo que mantenemos a distancia. En la fotografía se ve cierto deterioro, casi imperceptible. No hay nadie. Me refiero a personas, porque elegí que no saliera ninguno de los paseantes ocasionales, como es el caso de nosotros: mi amigo argentino y yo.

–¿Sabés quién va casi todos los días al Rosedal de Buenos Aires y nadie lo reconoce, porque cuando anda por la calle sin sus lentes oscuros y sin su sombrero pasa absolutamente desapercibido?

Atiné a tirar dos o tres nombres de personajes famosos, en su mayoría músicos, dado que mi amigo argentino es una figura conocida del ambiente musical. Por supuesto que no acerté. Me dijo el nombre. Se trata de un guitarrista de rock veterano al que jamás podría reconocer, pero en mi caso eso se debe más a falta de atención y de memoria visual que a otra cosa.

–Lo interesante no es que no lo reconozcan. Lo interesante es lo que hace en el Rosedal.

–¿Qué es lo que hace? –pregunté intrigado.

–Conversa con las plantas. Les habla. Las conoce a todas. Se podría decir que tiene una relación con ellas. Y es un secreto que casi nadie conoce, ni sus seguidores ni el periodismo.

Conozco la historia de una pianista y cantante estadounidense que cuenta las hojas de los árboles y por eso evita pasear por parques y jardines. Es un asunto psiquiátrico.

Conozco la historia de un rapero francés que tiene una colección de árboles bonsái y tuvo problemas en España por robarse un olmo en miniatura en Alcobendas. Es un asunto judicial.

Pero no conocía la historia del guitarrista de rock que conversa con las plantas: en su caso con diferentes especies de rosales. Es un asunto privado. Punto y aparte. Y vos ahora lo estás leyendo en un libro.

Decido cambiar abruptamente de tema de conversación. Le digo a mi amigo que se corra, y fue en ese momento que se me ocurrió tomar la fotografía de la fuente del Rosedal, una sola imagen más o menos fuera de foco que le envié de inmediato a Verónica por WhatsApp. Ella estaba en línea. Contestó primero con un signo de exclamación y luego agregó que no tuvo un día fácil en su trabajo en Bogotá así que decidió salir a caminar, sola, por si acaso. Escribió eso tan enigmático, “por si acaso”. Le pregunté si alguna vez había conversado con una planta, y contestó, en modo juego, que para ella no existe diferencia entre los hombres y las plantas. No respondí. Después de un largo silencio, pude leer en la pantalla del teléfono un nuevo mensaje de Verónica: “las plantas pueden ayudar a componer canciones, entre otras cosas”.

Vuelvo a mi amigo argentino y ya estamos lejos del Rosedal, caminando despreocupados. Lo invito a verificar un crimen que acaba de ocurrrir en Montevideo: la demolición de la vieja estación Yatay, la primera en la que paraban los trenes al salir de Estación Central. No está más. Hay piedras, escombros. Levantaron también las vías. Sobreviven algunos grafitis y los muros de los galpones de la fábrica textil La Aurora. El paisaje está trastornado. No hay rastros de canciones de Fernando Cabrera ni de los raperos de La Teja. Mucho menos hay rastros de Fausto, aunque lo convoco. Tengo a quien me escuche (mi amigo argentino). Tengo a quien me lea. Paso entonces al modo no ficción. Al testimonio puro y duro.

El encuentro de Fausto con la poesía (él se autodefine como poeta) se dio en la escuela primaria. Fue un niño indisciplinado, tal vez por no tener una imagen fuerte paterna (es su interpretación, no la mía), y por estar muy influenciado por su abuelo (el padre de su madre), un ecuatoriano joyero, alcohólico y bonachón que accedía a todos sus pedidos y caprichos. Fausto recuerda que acompañaba al abuelo a emborracharse en las tiendas del barrio, y que en esas salidas el viejo se ponía muy charlatán y se hacía pasar por argentino (específicamente de la provincia de Córdoba). El abuelo de Fausto fue en su juventud soldado en la guerra entre Ecuador y Perú. En esa guerra afirma haber perdido la calma. El pánico y el miedo a morir lo llevaron a lastimarse en el pecho con el yatagán (arma blanca originaria de Asia), para conseguir que le dieran de baja en el servicio militar. Continuó su vida como músico, pero abandonó por causa de un reumatismo que deformó sus manos. Luego de eso aprendió el oficio de artesano joyero (se hizo un buen nombre y prestigio). Del abuelo recuerda que era un hombre no muy juicioso, que no respetaba reglas y se dedicaba al juego. Esas tres cosas son las que dice haber aprendido Fausto. No fue un niño fácil.

Para solucionar la indisciplina escolar, las maestras buscaron ocuparlo en cuanta cosa pudieron. Cuando empezó a leer con fluidez lo obligaban a memorizar poemas. Poco a poco le fue tomando cariño al castigo. Uno de los textos era Espergesia, de Cesar Vallejo. El primer verso dice: “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo”. Fausto no olvida que cada vez que decía ese verso una energía extraña le recorría el cuerpo. Esas palabras le hacían sentir una fuerte tristeza. Ese verso le hizo darse cuenta de que su vida, con apenas 8 años, sabía de varias angustias y amarguras. Pensó que ese era su poema, y que si las palabras que había escrito otro le hacían sentir esas cosas, era un acto de magia. Decidió que le gustaría hacer cosas así. No se lo dijo ni a su madre ni a sus maestras ni a las niñas y niños de la clase. Tampoco a su abuelo. Al primero que le confió ese conocimiento fue a un rosal maltrecho del jardín de su padrastro.

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