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Empedrando el infierno

Por Celsa Puente.

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Con sencillez y naturalidad, Uruguay fundó la educación media definiéndola como un bien que no era compartible con todos. Efectivamente, el criterio de la selectividad fue el que se instaló desde el principio de la vida institucional. Al liceo iban a ir pocos uruguayos, sólo aquellos para los que sus familias habían trazado un destino educativo de carácter universitario. El cambio de los tiempos trajo la percepción de la vida desde el paradigma de los derechos humanos con el consiguiente cambio conceptual hacia una educación inclusiva, concepto sobre el que descansa la democracia. De la selectividad inicial a la universalidad actual hay un trecho difícil pero necesario que aún hoy necesita de estrategias específicas para ser cumplido. El filósofo francés Phillippe Meirieu expone claramente esto insistiendo en que la escuela inclusiva es una idea necesaria a la democracia, es una escuela que tiene en cuenta las diferencias individuales y le aporta a cada uno lo que necesita. Integra a todos los estudiantes, más allá de sus características diferenciales por muy complejas que estas sean. Supone articular dos derechos cuya enunciación impresiona como paradójica, pero que no lo es: el derecho a la diferencia y el derecho a la igualdad. Por eso es que le compete proteger, promover y generar oportunidades para todas las personas y, por supuesto, reparar con nuevas oportunidades la situación de personas que se han visto perjudicadas por ser portadoras de algunas características que en su tiempo les impidieron gozar del derecho a la educación. Los motivos por los que alguien puede quedar fuera del circuito educativo son muy variados. Puede tratarse de la pobreza, de la escasez de capital cultural de la familia de origen, de problemas físicos, psicológicos, de raza, de orientación sexual o identidad de género, entre muchas otras condiciones que pueden enunciarse. Más allá de estas conceptualizaciones, se preguntará el lector por qué estoy tan insistente con este tema de la escuela inclusiva. Pues porque podemos estar convencidos de que implementamos acciones de gran caudal de igualdad de oportunidades y estar -sin saberlo- reforzando el mecanismo de la aislación de un grupo humano. Por eso creo necesario remontarme en el tiempo y recuperar una anécdota que puede ilustrar lo que digo. En tiempos en que era directora del liceo Nº 30, conocí a Eduardito, un joven que en aquel momento rondaba los 15 años y poseía como característica especial que tenía síndrome de Down. Estuvo siempre muy estimulado y es muy querido por su familia, que lucha para darle las mejores condiciones. Recuerdo que un día su madre, que era muy allegada al liceo, me contó que él tenía el sueño de ser liceal y pedía para venir a estudiar al liceo 30. Este recuerdo se remonta a algo más de una década, cuando la inclusión de estudiantes con estas características aún no se estaba ensayando, pero cuando uno enfrenta el llamado de lo educativo como proceso humanizante debe dar respuesta a estas situaciones. Por eso en aquel momento nos preguntamos cómo hacer para dar respuesta a la demanda de Eduardo con un criterio razonable que no lo expusiera al fracaso y le permitiera explorar nuevos vínculos y otros modos sociales de estar en las instituciones. También estábamos convencidos que sería significativo para los compañeros y profesores la ocasión de vivir esta experiencia, que fue, por cierto, modesta y acotada a la clase de Educación Física, para la que preparamos al grupo de jóvenes de su edad y también a sus familias, pero fue, sin dudas, una experiencia inolvidable. Rescato, sobre todo, que en ese recorrido Eduardo pasó de ser el centro de interés a partir de su diferencia a ser uno más y disfrutar intercambiando con sus compañeros como integrante del grupo. Traigo esta anécdota porque cuando enfrentamos la educación de personas con características diferenciales, debemos hacerlo a su ritmo en los entornos comunes; esa será la única forma de lograr su integración y de construir el reconocimiento por parte de los otros. No es cierto que la atención educativa deba procurarse en otros ámbitos diferentes a los naturales, salvo en el caso de discapacidades muy severas. Transformar los centros educativos es el camino y resistir la apertura de cápsulas independientes donde poner a los “distintos” es fundamental. El empoderamiento social, el desarrollo de lo humano, la construcción de un lugar en el mundo y del reconocimiento, se producen con todos y entre todos. Es un camino más largo pero más fructífero. Y alerto sobre esta situación porque me consta de la existencia de grupos de formación educativa cuya homogeneidad no puede más que generar un círculo de inmovilidad con la apariencia de una gran acción educadora. De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno, dice una frase de la sabiduría popular. No alcanza con la intención o el deseo -de verdad necesarios y valiosos pero inservibles- si no hay formación y pensamiento que orienten las acciones. Es más, aunque tengamos las mejores intenciones, es claro que podemos cometer los errores más severos si no estamos seguros de lo que debe hacerse, sobre todo, cuando hablamos de derechos y de educación. Porque la sensibilidad sobre la condición del otro y el deseo de trabajar desde el paradigma de los derechos humanos son condiciones necesarias pero insuficientes si no cuentan con un caudal de formación específica desde la que poder hacer la toma de decisiones. Ah, y por supuesto que estamos hablando de inclusión genuina, no de las acciones que se realizan para tener un dato estadístico.  

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