En «Tirar del hilo» Andrea Camilleri abordó el policial con la crisis humanitaria como trasfondo

A dos años de la muerte de su autor, Andrea Camilleri, se publica Tirar del hilo, una de las últimas novelas protagonizadas por el comisario Montalbano.

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Por Angel Berlanga / Página12

Todavía siguen dando que hablar y que leer Salvo Montalbano y Andrea Camilleri, el renombrado comisario de Vigàta y el escritor siciliano que a lo largo de los años lo imaginó desentrañando una serie de intrigas policiales que les dieron a ambos, de este lado de la ficción, una popularidad descomunal. A cinco años de su publicación original en Italia, a dos de la muerte de Camilleri y a uno de la traducción publicada en España por Salamandra se distribuye ahora en Argentina Tirar del hilo, libro número 29 del sello con el investigador como protagonista, y esto abarca novelas y volúmenes de relatos. Este episodio de Montalbano tiene como telón de fondo a la crisis humanitaria de 2015/2016 y el aluvión de pateras sobrecargadas de refugiados e inmigrantes que, desesperados, se largaban a cruzar el Mediterráneo en lo que fuera, más allá de los riesgos de morir ahogados, de ser deportados: junto a sus laderos el comisario Montalbano se ocupa de organizar los desembarcos de las lanchas de patrullaje, de conseguir intérpretes, de batallar contra las presunciones de “terroristas del ISIS a bordo” con las que lo machaca su jefe.

Él mismo da con un cuerpo flotando en la orilla, ante su casa. También se ocupa de resolver el caso de una adolescente violada en altamar. Y de rescatar a un flautista de una paliza policial. “¿Tú de Europa qué piensas?”, le pregunta a un cangrejo en el puerto, después de almorzar en la trattoria de Enzo unos maccaroncini de col y papas y unos salmonetes a la sal. “¿Prefieres no retratarte? Pues ya me retrato yo –le dice Montalbano, mientras fuma un cigarrillo-. En mi opinión, con el pretexto del gran sueño de una Europa unida, hemos hecho lo posible y lo imposible por destruir sus cimientos mismos. Hemos mandado a tomar por culo la historia, la política, la economía en común. Lo único que quizá quedaba intacto hasta hace poco era la idea de la paz. Y es que, después de habernos matado los unos a los otros durante siglos, ya no podíamos más. Pero ahora se nos ha olvidado, y por eso recurrimos a esta excusa estupenda de los migrantes para levantar viejas y nuevas fronteras con alambre de espino. Dicen que entre ellos se esconden los terroristas, en vez de decir que esta pobre gente en realidad huye de los terroristas”. Camilleri solía poner en boca de su personaje algunas de sus ideas políticas y contaba que algunos lectores se lo agradecían y otros se lo reprochaban. “Yo, si no estoy convencido por completo, no mando a nadie a la cárcel, ni siquiera por un día”, le dice Montalbano a un colega, y esa idea ante el punitivismo resuena fuerte en estos tiempos de derechas rabiosas.

Montalbano es aquí un sesentón que se agita, al que le cuesta ponerse unos jeans, manejar el sueño, concentrarse a veces, recordar. “Una idea se le había pasado por la cabeza como una especie de serpiente luminosa a toda velocidad, sin darle opción a agarrarla siquiera de la cola ¡Qué rabia! ¿De qué se trataba? Nada, un vacío absoluto”. Intactos su sentido del humor, su ironía, sus calenturas, su vocación por saltarse algún reglamento que obstaculice el sentido común para afrontar sus casos. Como suele pasar con las series, el talento para delinear y perfilar un personaje, su entorno, su escenario, su moverse en el mundo, funciona como salvoconducto para dispensar algún ripio en las tramas. Como pasó con el Wallander de Mankell, el Jaritos de Márkaris o el Carvalho de Vázquez Montalbán, el Montalbano de Camilleri generó un afecto enorme en sus lectores, que quieren seguir sabiendo de él. En Tirar del hilo sigue en compañía del subcomisario Augello, del inspector Fazio y del agente Catarella, cuyo atolondre y trabuque al hablar propicia unos pasos de comedia. Ahí está el deleite de Montalbano ante cada comida siciliana que paladea, describe y se zampa. Y está Livia, su novia de Génova: viven en casas separadas. Hay una fiesta dentro de poco y ella lo encarrila para que él, a regañadientes, se preste a que la mejor modista de Vigàta le haga un traje. Y desde aquí surge un crimen en el que las tijeras de la diseñadora resultan el arma mortal y se pone en marcha la pesquisa central del libro, el despliegue del policial negro con sus causas y azares, sospechosos, pericias, misterios.

Vigàta está inspirado en Porto Empedocle, el pueblo en que Camilleri nació en 1925. Cuando murió en Roma, hace dos años, había publicado más de cien libros y vendido unos treinta y cinco millones de ejemplares, con traducciones a más de treinta lenguas. Tenía 69 cuando publicó La forma del agua (1994), primera novela protagonizada por Montalbano: fueron las historias del comisario las que le dieron semejante popularidad. Ya desde 1999 la saga tuvo su versión televisiva, con Luca Zingaretti en el papel del investigador: el estreno en la RAI de cada capítulo convocaba entre nueve y doce millones de espectadores. Hace un mes se estrenó Il metodo Catalanotti, basada en una de las últimas novelas de Camilleri, que al final de su vida había quedado ciego y dictaba sus historias a Valentina Alferj, su agente literaria, que también lo asistió en L’altro capo del filo, el título original del libro que se publica aquí ahora. En esa etapa de producción también se inscriben Il cuoco dell’ Alcyon La rete di protezione, ambas inéditas en español. Y resta también por publicarse la traducción de Riccardino, la novela que cierra el ciclo de Montalbano, que Camilleri escribió en 2005 con la idea de darla a conocer tras su muerte y se editó en su idioma original en 2020.

Como suele pasar con muchas traducciones hechas para el lector español, jergas y giros coloquiales se reciben por el lector argentino como pinchazos, dolor de oídos, malos tragos. ¿Qué cojones es esto? / No empieces con chorradas / ¿Vale? / ¡Qué gilipollas eres! / ¿Te apetecería echar una mano? / ¡Vete a tomar por culo! Aviones que se cogen, coches que se alejan a toda pastilla, pitillos, mesillas, puñetas. Con el correr de las páginas uno se sumerge en el clima, pero la verdad es que los compañeros Montalbano y Camilleri ameritan otra versión para esta zona del mundo. “Muy a menudo la traducción española simplifica el lenguaje, pero quizás por imposibilidad de traducir, porque algunas cosas que escribo son francamente de difícil traducción –decía el escritor en una entrevista con Télam de 2017-. Pero algo debe tener, igual, porque ha tenido éxito en el exterior”. Allí mismo decía que solía tentarlo terminar con la saga. “Creo haber escrito cosas más importantes, pero el tema es Montalbano –decía-. Cada tanto le digo ‘vos sos un chantajista’. Porque cuando sale un nuevo episodio del comisario los libros que no son de Montalbano se venden más. Ayuda a toda la obra. Y por lo tanto tengo con él una relación de amor y odio”.

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