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Para entender la masacre de Manchester

Por Rafael Bayce.

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La ciudad inglesa de Manchester no gozaba en los últimos tiempos de demasiada popularidad internacional, a pesar de su gran importancia durante el período de liderazgo inglés en el capitalismo comercial y durante el período de conversión en capitalismo industrial. La tragedia aérea del equipo estelar de Manchester United, en 1948, colocó a la ciudad en las principales noticias. También la música pop –sin llegar a la altura de Liverpool con The Beatles– ha posicionado a Manchester, por medio de artistas de gran importancia, en los años 80 y 90, como Joy Division, The Smiths, The Fall, Oasis y The Chemical Brothers. Pero en el Río de la Plata, sobre todo el fútbol, con la presencia de Diego Forlán en el United y de Carlos Tévez en el City, volvió a la ciudad más que presente y reconocible en el imaginario popular. Un atentado al terminar el show de la más popular cantante joven del mundo, Ariana Grande, disparó a Manchester a lo más alto de la cima mediática. Luego vino una andanada de noticias, centradas en las imágenes, narraciones y discursos que puedan atraer audiencias, en los discursos afirmativos de la inocencia de las víctimas, en la pérfida e inexplicable maldad del victimario, y en la febril actividad de exhibición para llenar el ojo de las agencias de seguridad que no lograron impedir la masacre. Pero casi nunca muestran nada que pueda servir para entender en profundidad las motivaciones y móviles de el o los victimarios; nada que sirva para prevenir en profundidad a futuro. Solo se produce histeria informativa. No es menor lo que este tipo de atentados provoca y provocará en lo relativo a legislación, con retrocesos en esta materia que oscilan entre el autoritarismo y la invasión de las privacidades que algunos entienden necesarios, cercando el garantismo y la protección de las intimidades que la tradición liberal occidental postula, en especial desde los antecedentes gloriosos de la Carta Magna y la espontaneidad garantista del pueblo de las islas británicas, por lo menos en el siglo XVIII.   Bombas suicidas y altruismo El tipo de acción terrorista que se manifestó en Manchester sólo puede ser entendido si se comprenden tres datos básicos: los suicidios ‘altruistas’, el terrorismo como último recurso de los bélicamente débiles y una tipología psicosocial de gente atraíble para esos actos. Émile Durkheim escribió en 1897 la que todavía es la obra maestra sobre el suicidio y su causalidad social profunda, la de las tasas de suicidios que caracterizan y hacen comparables a las sociedades, ya que la cohesión y apoyos frente a las circunstancias motivantes es lo realmente crucial para permitir o no que la tentación suicida aparezca. Durkheim apuntaba como una de las características de las sociedades modernas el aumento de los suicidios ‘egoístas’, de mero desajuste entre las autoestimas individuales y las metas colectivamente fijadas para ello; y de los suicidios ‘anómicos’, de carencia de normatividades, actitudes y normas auxiliares que puedan orientar suficientemente los dilemas de acción que proliferan en los cotidianos urbanos abigarrados. Los suicidas islámicos radicales son claramente suicidios altruistas, de aquellos que consideran que su vida individual es mucho menos importante que la causa a la que contribuyen con su sacrificio y, en el caso de los altruistas islámicos radicales, aprueban el costo-beneficio cuantitativo de la muerte de uno frente a la pluralidad de los muertos por él. Obsérvese que si todos los islámicos (o de cualquier otro radicalismo altruista suicida) hicieran lo mismo, sus enemigos no sobrevivirían en el globo, lo que hace que la masividad del radicalismo sea intrínsecamente temible. Por lo tanto, esa creencia radical es lo que hay que intentar reducir, más allá de todo el casi inútil oropel de legislaciones y operativos que nunca consiguen impedir que algún suicida se salga con la suya, con lo cual produce el costo-beneficio apuntado y, además, las consecuencias en el terror masivo y un mayor endurecimiento de las leyes y del cotidiano que obligan a Occidente a recortar las libertades por las que supuestamente se diferenciarían de sus agresores. Todas las sociedades históricas han tenido suicidios altruistas y los celebran por su encarnación sublime de valores colectivos y porque ejemplarizan el sacrificio eventualmente necesario. Nuestro himno patrio, sin ir más lejos, dice “libertad o con gloria morir”, y se refiere al voto que el alma pronuncia, que “heroicos sabremos cumplir”. Recordamos el sitio de Paysandú y a los mártires de Quinteros, así como los cristianos del mundo santifican a los suyos, y los japoneses a sus ‘kamikazes’ que aseguraban la mejor puntería de sus bombas con individuos que viajaban con ellas hasta el mismo blanco. Nuestra cultura santifica a estos suicidas, los convierte en héroes y en ejemplos épicos, pero si los suicidas altruistas son islámicos, el etnocentrismo los califica de cobardes, de exterminadores de inocentes. Son suicidas altruistas como los nuestros, porque todas las civilizaciones, culturas y naciones han tenido, tienen y proclaman justo tenerlos cuando son necesarios. El problema radica en que estos suicidas están contra nosotros. El asunto sería averiguar por qué y para qué, quiénes se vuelven altruistas suicidas dentro del abanico de los islamismos, ya que el suicidio altruista es una constante humana elogiada como sublime a lo largo y ancho de la historia.   Apuntes sobre el terrorismo Se califica con el nombre de ‘terrorismo’ a diversas actividades que implican violencia y agresividad física y material, inescrupulosas legalmente y que tienen como una de sus finalidades la generación de un estado psicosocial de terror y miedo como consecuencia de esos actos y de la probabilidad variable sentida de su reiteración, multiplicación y agravamiento cualitativo. Recurren al terrorismo individual o microgrupalmente ejecutado quienes no tienen el potencial electoral para imponerse, quienes tampoco disfrutan de potencial bélico alternativo del electoral, que ni siquiera poseen el potencial para acciones de tipo ‘comando’ o ‘guerrillero’ y que consideran a sus creencias como únicas y superiores a las de otros, infieles y ovejas negras por ello. Si aviones, vehículos, armas y bombas más o menos caseras pueden acercarse a la realización de justicias y castigos, serán utilizados sin escrúpulos, como “perros cimarrones”, estos tan elogiados como lo fueron las mujeres porteñas que les tiraban agua hirviendo a los invasores ingleses, o los defensores medievales que lanzaban aceite hirviendo a los atacantes del castillo, o como recursos de la Inquisición u ofensivas de las Cruzadas. Es, en todo caso, la alternativa desesperada de los más débiles en cuanto al instrumental de poder, cuando no se dispone de poder electoral, ni bélico convencional, ni de comandos guerrilleros. Es así que mediante el uso de ese terror y miedo se busca empeorar el cotidiano de ‘infieles’ así castigados, y se los obliga a abdicar creciente y paradójicamente de las libertades y garantías por medio de las cuales los occidentales desarrollados glorifican sus diferencias respecto de los menos desarrollados ‘predemocráticos’ o bárbaros. Jean Baudrillard considera este efecto como el mayor triunfo simbólico de los atacantes sobre sus atacados: la radicalización normativa autodestructiva de libertades y la imposición de un terror global como respuesta a terrores puntuales temidos como reiterables.   Radicalismo islámico Otro factor a analizar es la creencia islámica que le da sustento teórico y moral al terrorismo, que es apenas una versión minoritaria del Corán, cultivada por minorías tanto sunnitas como chiitas, que en algunos casos canalizan frustraciones de individuos con historias de vida duras étnicamente humillados, así como pueden erigirlos en vengadores de injusticias históricas de los países más poderosos. Hay fatwas islámicos (decretos religiosos, paralelos a los sharia seculares), provenientes de Osama bin Laden y de sus sucesores, que ya reclamaban de los islámicos un accionar evangelizador y de castigo de los infieles en todo tiempo y lugar. No son monopolio ni novedad; Estado Islámico es la actualización histórica de las fuentes de creencias radicales que se arrogan una conducta de castigo de infieles en todo tiempo y lugar, con lo que muchas veces canalizan personalidades o historias de vida que alimentan esa filiación y sus consecuencias. Las naciones históricamente vulneradas, económica, política, cultural y cotidianamente por Occidente, y los individuos frustrados por las consecuencias de esas asimetrías, desarrollan los altruismos y los odios que serán la semilla o embrión. Habrá que compensar esos extremos históricos, combatir los extremismos teológicos en el Islam, y no construir monstruos internos si se quiere que no haya más suicidas altruistas. Estamos muy lejos de aceptar siquiera diagnósticos profundos para intentar soluciones. Seguirán, y es imposible prevenirlos o evitarlos con la normativa, los instrumentos y la comprensión actuales.

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