Es un robo

Por Eduardo Platero.

Apropiarse de lo ajeno es un robo, eso lo aprendimos y aceptamos desde niños. Ni sabemos ni recordamos cuándo porque fue a una edad muy temprana. Pero lo internalizamos y hasta quienes transgreden esa norma elemental lo saben. Por eso, los ladrones utilizan un eufemismo; no dicen “soy ladrón”. A lo sumo ablandan los términos, “andan en el choreo” o “son chorros”… ¡no ladrones! Pesa sobre el acto esa condena social que internalizamos tempranamente y que contribuyó a integrarnos a la sociedad. A esta sociedad. A la sociedad que consideramos “civilizada” y cuyos orígenes se confunden con lo que llamamos “nacimiento de las primeras civilizaciones”. Nos parece tan natural que haya límites claros entre lo que es de uno y lo que no es de uno que olvidamos que han existido culturas (no civilizaciones) en las cuales la propiedad privada no existía y todos podían utilizar los bienes que la naturaleza ponía a su disposición. ¡Por eso exterminamos a los charrúas! A los charrúas “tribalizados”, no por indígenas, sino por no integrarse a la cultura de  “lo mío” y “lo no mío” que estaba en la base de la organización social y política. Y digo “exterminamos” porque, si bien fue Rivera quien ideó la forma y la ejecutó, nadie, absolutamente nadie de sus contemporáneos estuvo en desacuerdo con la idea base: sólo se podía constituir un Estado si todos sus integrantes participaban de algunos principios básicos. Empezando por el concepto de propiedad individual. Sin embargo, en nuestras sucesivas “civilizaciones”, rastreando un poco encontraremos supervivencias de estadios anteriores en los cuales ese asunto de la sacrosanta y absoluta propiedad individual no existía. ¿Transgrede la norma el recoger y comer pan de la basura? No. Nos explicamos: ese pan tuvo propietario y luego fue abandonado, por tanto, apropiarse del mismo y comerlo no es delito. Bien, pero si en lugar de comerlo, lo comercializamos, ya la cosa no es tan clara. El dueño que lo abandonó ya no tiene derecho a reclamo, a menos que aduzca que no hubo abandono, sino extravío. Pero, en cambio, el Estado sí puede enjuiciarte por atentar contra la salud del comprador. ¿Puede? Sería un pleito interminable acerca de algo de muy poco valor. ¿Y apropiarse de las flores puestas en una tumba y ponerlas en otra perteneciente a alguien querido por el actor? ¿Cuándo? ¿De inmediato? ¿Cuando todavía están lozanas o cuando ya empezaron a marchitarse? Gasto sin objetivo material, pero que significó obtenerlas en propiedad y luego abandonarlas. En fin, no quiero entrar en finuras jurídicas porque a lo que voy es, primero que nada, a apartarme de ese respeto ceremonial y servil que estamos demostrando por la propiedad individual. Que es un robo. Es la apropiación por un ajeno del plusvalor generado por el trabajo de alguien que no es dueño de esa valorización. Si quieren, volvamos a los clásicos, el valor agregado de las cosas es obra del trabajo humano y su apropiación por un tercero es sencillamente un despojo. Un robo. Quiere decir esto que con los años me estoy volviendo un radical rabioso. Con un cuchillo entre los dientes dispuesto a ejecutar por ladrones a todos los “chanchos burgueses” y, ya que estamos, “con las tripas del último cura, ahorcar al último rey”. Pese a lo escandaloso, no deja de ser una proclama y yo trato de vivir en la realidad. Una cosa es que recuerde que la propiedad individual es un robo y otra cosa es que piense en que puedo abolirla. Eso sí; creo en el concepto absoluto y teórico de que la propiedad de una cosa permite a su dueño hacer de ella lo que quiera. Incluso destruirla, como nos enseñaba Panchito Del Campo hace añares (¡incluso destruirla!). Tiene matices. Porque la “propiedad individual” no existe en el vacío, existe en el seno de una sociedad y  esa sociedad tiene derecho a establecer normas que la limiten. ¡Vaya! Pensemos en el simple ejemplo de las “servidumbres de paso”. Por más dueño que sea de un terreno, no tengo derecho a dejar encerrado a nadie. Por algún lado tendrá que pasar, y ese sitio, determinado por la ley y la justicia, pasa a ser una propiedad sujeta a condiciones que la limitan. Mi razonamiento, hasta aquí, ¿tiene alguna falla? Creo que no, y prosigo. Convengamos en que la propiedad (aparte de que yo y muchos la consideremos un robo) no está por encima de las conveniencias sociales. Y que, en representación de la sociedad, los gobiernos legítimos pueden imponerles limitaciones. Pueden, deben y lo hacen. Por ejemplo, la esclavitud fue abolida y lo que antes era un derecho de propiedad absoluto (hasta su destrucción como aconsejaba Catón el Censor para ejemplarizante demostración) hoy es un delito. Su sustitución por el pago de un salario demostró ser una superación. De paso, me pregunto: ¿qué nos pasa que no terminamos de aprobar la ley de responsabilidad patrimonial del empleador? ¿Cómo es que no se nos mueve un pelo cuando los atrasos patronales llevan el hambre a las casas de los asalariados? ¿Cómo es que dejamos que cierren, dejen a un montón en la vía y no les pase nada? A lo sumo, salimos a ver si ayudamos a los robados prolongando la duración del seguro de paro. Pero ese asunto de distinguir entre ladrón y emprendedor nos llevaría lejos del objetivo de hoy, que es insistir entre el derecho de la Sociedad a limitar e incluso eliminar los derechos de propiedad. Bertolt Brecht definía al ladrón como “un financista apurado”. Y poco ortodoxo, agrego. Pero ¡punto por aquí! A donde quiero llegar es al sempiterno tema de las viviendas abandonadas que constituyen un problema para la ciudad y sus habitantes. Me produce una gran satisfacción que hayamos hecho algo. En tales y cuales condiciones de abandono, el gobierno (no sé muy bien qué organismo) se hará cargo de ponerlas nuevamente en el comercio de los hombres. Bueno, a más de 20 años de que Juan Seguí se hiciera cargo de la cuadrilla de barrido del “tren fantasma” y elevara su denuncia de cuánto y cómo incomodaban las propiedades abandonadas que tenía en su sector a su obligación de barrer las calles y veredas. A cerca de 15 años de un par de notas que le dediqué y luego de infinitas vueltas y revueltas, parece que le daremos cara al problema. No por lo de Seguí o por mis notas. Es que ya no daba más. ¡Sí, señor! El propietario podría haber demolido (destruido) su propiedad, pero, en la medida que ella integra la trama urbana, lo que no puede es abandonarla para jorobar a medio mundo. La “intervenimos” y hacemos de ella algo que beneficie al entorno y no un juntadero de mugre y mala vida. Así como me dejó contento escuchar a la ministra, me reventó la cantidad de veces que se detuvo a aclarar que no estábamos atacando al derecho de propiedad. ¡Que no es sacrosanto nada! El día que nos arrodillemos ante ese “derecho”, estaremos abdicando de nuestra obligación de gobernar en nombre de la sociedad y para su beneficio. ¿O tenemos miedo? Blancos y colorados en el gobierno congelaron los alquileres hasta que la dictadura dictó la ley Soneira que liberalizó las contrataciones, con todo aquel cortejo de cosas que suponía el Rave. ¿Y nosotros tenemos miedo de meterles mano a las propiedades abandonadas? Y desconfío, creo, me parece que los que saldrán más beneficiados de esto serán los acaparadores de vivienda. Termino porque me estoy extendiendo mucho. Si hay cantegriles, es porque los alquileres expulsan a la gente con los precios. Y por más que yo sea un trabajador disciplinado en la “cultura del trabajo” y me esfuerce por tener una vida ordenada y una familia con los más respetuosos valores, si al final termino en un cante, mis hijos se criarán en el cante y serán cantegrileros. Y si nosotros vivimos temblando ante la sacrosanta propiedad, no mereceremos el voto que le saldremos a pedir a la gente.  

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