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Exteriores e interiores

Por Leandro Grille.

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La política exterior no suele ser un tema que mueva el amperímetro de la población. Naturalmente, a la mayoría de la gente no le da lo mismo que haya una guerra en Lejano Oriente, pero tampoco le quita el sueño, salvo que la misma importe armas de destrucción masiva o riesgos reales en la comarca. Las peripecias y catástrofes que se producen en tierras no tan cercanas pueden suscitar debates acalorados, pero más allá de cierta distancia geográfica, a la multitud la suele conmover más lo que suceda en países o sociedades que creen parecidas, hijas de una misma tradición o, aunque sea, identificables en sus costumbres por obra y gracia de la propaganda. Aunque una bomba que estalle en Sri Lanka puede matar a la misma o más gente que una bomba que estalle en España, es improbable que produzca el mismo impacto social en un país como el nuestro, que por motivos históricos, lingüísticos y culturales los siente con muy distinta proximidad. Por otra parte, los medios de comunicación se encargan de dar una repercusión muy diferente a ambos acontecimientos, y mientras un caso puede ser abordado con detalle, pasión y horas de informativos, otro puede ser simplemente reseñado en pocos segundos e incluso ignorado. En Uruguay la política exterior no define una elección nacional. Quizá en Estados Unidos influye mucho, porque el votante puede estar seriamente condicionado por los continuos conflictos bélicos en los que el país se involucra, pero en Uruguay, un sempiterno neutral, la política exterior se ve más como una política de comercio y apertura de mercados que como la plataforma para expresar ideas sobre la organización de la civilización humana. En general, en nuestras tierras, la marcha de la economía, los problemas de seguridad domésticos, el estado de la educación o las denuncias de corrupción tienen mucha más trascendencia que el alineamiento internacional o la actitud adoptada ante las diversas situaciones que se producen en el mundo. Más allá de esa especie de intrascendencia pública, la política exterior es un asunto objetivamente importante y subjetivamente determinante. Sobre todo en la izquierda. A los militantes de izquierda no les da para nada igual si Uruguay se alinea con Estados Unidos o lo denuncia. Si Uruguay se solidariza con los procesos revolucionarios de otras tierras, si mantiene su postura tradicional de no intervención en asuntos ajenos y defensa a ultranza del principio de autodeterminación de los pueblos, que si Uruguay se involucra en una campaña de países que se abocan a aislar a otro. Cuando el ministro Rodolfo Nin dice que no es dramático tener diferencias con Venezuela, dice a la vez algo compartible como generalidad e incomprensible en sus detalles particulares. Porque no es lo mismo tener diferencias con la apreciación sobre la situación venezolana que haber contribuido al hostigamiento. No es lo mismo tener valoraciones diversas sobre su proyecto político que andar firmando declaraciones injerencistas acusando al gobierno de la violencia y las muertes, exigiéndole la libertad de presos políticos o el llamado a elecciones. El problema de fondo es que el gobierno uruguayo tomó partido y tomó partido en contra. Eso se refleja en un montón de pronunciamientos que son más irritantes en la boca de Nin que en las expresiones de Tabaré, que suele ser más medido. Ahora bien, lo que dice Rodolfo Nin en relación a la consulta con el presidente también es atendible, pero difícilmente sea siempre él así, o es que acaso consultó con Tabaré cuando se burló de la canciller venezolana en una conferencia con empresarios. Esas cosas no se consultan, son reacciones, son deslices, cosas que suceden cuando el pensamiento profundo no es contenido por un razonamiento más diplomático. Pero sucedieron. A mí no me cabe la menor duda de que los aspectos centrales de la política exterior responden a una voluntad mayoritaria del gobierno, y muy principalmente de Tabaré. No tengo dudas de que Nin es un ejecutor de esa política que tiene aristas más provocativas que otros posibles cancilleres, pero que en última instancia no se aleja de lo que el presidente quiere. Ahora, tampoco me cabe duda de que es una política exterior que representa un realineamiento. Un alejamiento de Venezuela, un acercamiento a la nueva correlación conservadora que ha ganado espacio en América del Sur, y una política exterior mucho más alineada con los poderes centrales. Nunca fuimos en estos años una expresión contrahegemónica clara. No teníamos por qué serlo y había muchos motivos para no intentarlo, comenzando por el tamaño. Nunca pronunciamos discursos como los de Correa o Chávez. Ni tímidamente. Pero mientras dominaba la mayoría progresista, nos manejábamos con una sintonía razonable, aunque ciertas –muchas– licencias. Ahora ya ni eso. Ahora la embajadora de Estados Unidos escribe en el Acupaís lo que tenemos que hacer y no somos capaces de citarla a cancillería y manifestarle nuestro desagrado. Le impedimos ingresar a un representante político de Corea del Norte luego de que lo invitó la Comisión de Relaciones Exteriores del Frente Amplio. Denunciamos las conductas del régimen norcoreano, que nunca ha invadido país alguno y no decimos una palabra de lo que está haciendo Estados Unidos. Dice nuestro embajador en el Consejo de Seguridad que se ha probado uso de armas químicas por el gobierno del Al Asad –falso de toda falsedad– y no denunciamos con nombre y apellido un bombardeo unilateral de Estados Unidos. Le exigimos elecciones a Venezuela y no denunciamos el golpe en Brasil. Pedimos por Leopoldo López, los presos políticos en Venezuela y que pare la represión, pero no estamos haciendo un escándalo por Milagro Sala, la represión de los maestros en Argentina o las escenas de represión muy violenta en Brasil. En suma, hacemos unas cosas, no hacemos otras, y dale que va, somos todos amigos, somos todos compañeros, y no seamos dramáticos que igual no pasa nada. Pero sí pasa, aunque Nin, Tabaré o los diputados y senadores del Frente Amplio no lo noten y no lo midan. Y lo que pasa es gravísimo, porque sucede dentro del corazón.

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