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Previene el peligro de

El FMI enfrenta las políticas de Trump

El informe del FMI a la Asamblea de Primavera prevé severos “riesgos a la baja” en la economía mundial que derivan de políticas generales: el “factor Trump” y la “austeridad”; elogia a China, que invierte en inclusión social, y propugna mejores políticas tributarias; estas sorpresas depara la vida: estamos ante el “factor Obstfeld” y el FMI enfrenta las políticas de Donald Trump.

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Contra algunas valiosas opiniones, reiteramos que las reuniones de los organismos multilaterales (por más que persistan sus dobles discursos y algunas recomendaciones perversas) siempre permiten obtener información útil acerca del presente y acerca de lo que debemos hacer.

Sabemos que el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) fueron fundados en Bretton Woods en 1944 para cumplir la premisa keynesiana de construir instituciones que posibilitaran un desarrollo mundial equilibrado y equitativo entre las naciones, asegurando, entre otras cosas, el pleno empleo y creando el Estado de bienestar como forma de impedir nuevas guerras mundiales. Se trataba de evitar un nuevo Tratado de Versalles (como el que creó las condiciones para que se impusiera el nazismo y tuviera lugar la Segunda Guerra Mundial), ayudar a los vencidos y a todos los países necesitados, y crear así un círculo virtuoso que consolidara la paz y construir un mundo nuevo donde todos ganaban porque habría mercados para todos.

Sabemos también que Keynes fue traicionado, y el FMI y el BM se convirtieron, como denunció el premio Nobel Joseph Stiglitz, en el “síndico de los países desarrollados”.

Hubo, a pesar de todo, una “Edad dorada del capitalismo” que se extendió entre 1945 y 1973 en el mundo desarrollado, pero llegó la globalización asimétrica y resurgieron todas las tensiones del sistema, que ahora desembocan en un mundo que, quiérase o no, enfrenta incluso los riesgos de nuevas guerras mundiales, que podrían ser nucleares. Ahí tenemos al presidente Trump jugando con su portaaviones repleto de misiles ante una Corea del Norte igualmente erizada de ojivas nucleares.

Como contrapartida menor de esta regresión, llegó a la cumbre del FMI, con el cargo de economista jefe, el Dr. Maurice Mauri Moses Obstfeld (1952), egresado de la Universidad de Cambridge y del Massachusetts Institute of Technology (MIT), docente en Columbia, Berkeley y Harvard, que fue entre 2014 y 2015 jefe del Consejo de Asesores Económicos del presidente Barack Obama, teniendo como titular de la Reserva Federal a Ben Shalom Bernanke (de quien nos ocuparemos detalladamente en su momento), hombre de la misma formación.

Obstfeld es reconocido como discípulo de Stanley Fischer, como docente y por sus obras, la mayoría escritas en colaboración con economistas como Paul Krugman, Rudi Dornbusch y Guillermo Calvo, el argentino que previó, en absoluta soledad, la crisis mexicana de 1994 (que derribó a Carlos Salinas de Gortari, provocada, como las nuestras, por la sobrevaluación de la moneda nacional o atraso cambiario), la primera de la era de la globalización.

Maurice Obstfeld es ante todo un hombre muy inteligente, formado en los ámbitos keynesianos de excelencia (ver recuadro), y no un banquero depredador o burócrata supremacista clásico, como han sido los tres últimos presidentes del FMI: Rodrigo de Rato, Dominique Strauss-Kahn y Christine Lagarde, los tres casualmente procesados por la Justicia.

Es obvio que Obstfeld no va a cambiar el FMI ni su orientación general, al menos de un día para otro. Pero debemos recordar, escépticos como este cronista, que Barack Obama impuso en 2011 al frente del Banco Central Europeo (BCE) a Mario Draghi (1947), otro hombre del MIT, quien logró, contra todos los pronósticos, imponer políticas monetarias expansivas que mitiguen la asesina “austeridad” de Angela Merkel y Wolfang Schäuble.

Por lo pronto, Obstfeld no ha podido sustraerse a su formación y a su pasado, y eso se ve en el documento Perspectivas Económicas Mundiales del FMI, actualizado a abril de 2017, cuya introducción y su resumen ejecutivo pertenecen a su puño y letra. El Dr. Obstfeld, pese a la orientación del FMI (y su perverso doble discurso hacia naciones desarrolladas y subdesarrolladas), alerta con gran precisión al mundo sobre “la variedad de riesgos” que acechan a la economía mundial.

Sus afirmaciones son intrínsecamente realistas, pero además nos hablan de la caja de sorpresas que puede ser la historia, la misma que tras un Obama nos deparó un Trump.

Guste o no, vivimos en un mundo que será capitalista por mucho tiempo (sería elocuente hacer un ranking de cuáles son la naciones más salvajemente capitalistas), y si queremos mejorar nuestra vida y la de nuestros descendientes, debemos operar positivamente dentro del sistema, guiados por los ideales de siempre, buscando el desarrollo, la equidad y la inclusión social, el pleno empleo y el Estado de bienestar.

En esas búsquedas y tareas (y ahí están los ejemplos de la Gran Depresión de 1929, la «Edad dorada del capitalismo» y varias crisis hasta llegar a la Gran Recesión 2007-2010), los discípulos de John Maynard Keynes, hasta ahora, son insuperables.

Veamos los documentos.

“Variada serie de riesgos”

Contra lo que dijo cierta prensa local, la postura oficial del FMI enfrenta las políticas anunciadas por Donald Trump.

En la introducción al informe Perspectivas Económicas Mundiales, que firma Maurice Obstfeld como consejero económico del FMI, se señala que “las perspectivas mundiales se están despejando” y que por ello la presente edición a abril (para la Asamblea Conjunta del FMI y el BM) eleva las proyecciones de crecimiento mundial para 2017 a 3,5%, frente al 3,4% de la última previsión, y mantiene el pronóstico para 2018 en 3,6%.

Debemos recordar que Trump asumió el 20 de enero y aún no se implementaron sus anunciadas reformas económicas, como la de rebajar los impuestos a las empresas (incluyendo las suyas, por supuesto) de 35% a 15%, eliminar el impuesto a las herencias, reducir los tramos fiscales de siete a tres (10%, 25% y 35%) y rebajar la tasa al sector social más elevado de 39% a 35%. Esas medidas tendrán como consecuencia inevitable aumentar significativamente el déficit fiscal de la primera superpotencia económica, que fue de US$ 587.000 millones en 2016, 3,2% del PIB.

Sin duda es por esto que el informe señala que “hay significativos riesgos a la baja que continúan opacando las perspectivas a mediano plazo y que, de hecho, pueden haberse intensificado desde la publicación de nuestras últimas previsiones”, a los que describe.

Señala en primer término lo que para el FMI constituye el peligro principal: “Un riesgo destacable es un giro hacia el proteccionismo que haga estallar una guerra comercial. Especialmente en el caso de las economías avanzadas, se observan varios factores que han generado respaldo político a favor de marcos […] capaces de socavar las relaciones comerciales internacionales y, a nivel más general, la cooperación multilateral”.

Rescatando la formación referida, continúa el documento: “Al término de la Segunda Guerra Mundial, cobró vida un enfoque de política económica internacional basado en la colaboración entre los países […] Como lo demuestra la historia de crisis financieras y monetarias durante las últimas décadas, la evolución no ha ocurrido sin tropiezos, pero hasta ahora los mecanismos de protección de la economía mundial han demostrado ser eficaces. Una de las consecuencias ha sido una escalada notable del crecimiento en economías de mercados emergentes y en desarrollo, algunos de los cuales se han sumado al grupo de los países de alto ingreso”.

Más adelante, agrega este otro pasaje impensable hace apenas dos años, cuando reinaban en el FMI los escribas de la Dra. Lagarde, hoy relegada al plano de las fotografías oficiales, que dicho sea de paso, elige muy mal, como para salir con Angela Merkel e Ivanka Trump: “La desigualdad sigue siendo sustancial en los países más pobres, pero como estos tienen un margen más amplio de convergencia hacia una mayor prosperidad y un potencial de crecimiento más elevado con las políticas adecuadas, han podido incrementar sustancialmente los ingresos, incluso los de los ciudadanos más pobres. El comercio internacional ha sido un componente clave de ese éxito”.

Haciendo una velada referencia al gran problema que se agrega al cambio climático (la desaparición a corto plazo de un gran porcentaje de las tareas actualmente desarrolladas por seres humanos, al ser desplazados por la robótica, con las desastrosas consecuencias previsibles), agrega que “las tendencias mundiales de la desigualdad tienen que ver con el comercio internacional, pero en gran parte especialmente en algunos países se deben al cambio tecnológico, en la medida en que es posible hacer una separación conceptual entre el avance de la tecnología (que facilita el comercio) y el comercio internacional propiamente dicho que dispersa los conocimientos tecnológicos.”

Tras una extensa fundamentación de su rechazo a las formas proteccionistas emergentes [léase Donald Trump], señala que “lo que deben hacer las autoridades es [asumir] la dura labor de invertir en sus propias economías [consejo válido para Uruguay, donde la inversión pública cae y los sectores privilegiados, que tanto gritan en sus cámaras empresariales, sacan del país entre US$ 1.500 y US$ 2.000 millones de dólares por año], y especialmente en la población, para poder hacer frente mejor a un sinnúmero de cambios estructurales actuales y posibles, tales como las cambiantes modalidades de la globalización. Las reformas pueden centrarse en políticas laborales activas [en Uruguay hay quienes se lamentan de que 15% de la población ocupada sean funcionarios públicos], mayor progresividad tributaria cuando corresponda [tome nota: en nuestro país a quienes tienen responsabilidad en la materia se los dice el FMI], una inversión en educación más eficaz y cambios en los mercados de vivienda y crédito que faciliten la movilidad de los trabajadores”.

La introducción escrita por Obstfeld concluye alertando sobre el peligro de “graves tensiones”, manejando con delicado equilibrio los tiempos: “La economía mundial parece estar cobrando ímpetu y podríamos estar en un punto de inflexión [no debemos olvidar que se está refiriendo a los resultados de la era Obama, porque aún no se han implementado las eventuales reformas de Trump, N. de R.]. Pero aun si el contexto económico es prometedor; el sistema de relaciones económicas internacionales que nació después de la Segunda Guerra Mundial se encuentra sometido a graves tensiones a pesar de los beneficios globales que ha generado, precisamente porque el crecimiento y los ajustes económicos muy a menudo crearon desigualdad en términos de recompensas y costos dentro de los países. La política económica debe atacar estas disparidades de frente para garantizar la estabilidad de un sistema comercial abierto y concertado que beneficie a todos”.

Vemos así que, al igual que como empezó, concluye anatemizando en forma central el proteccionismo. Más claro, imposible.

Los principales riesgos

El resumen ejecutivo, que también debe haber sido escrito por Obstfeld, parece un recetario explícito anti-Trump que contesta una por una sus propuestas económicas.

Veamos los peligros que enumera el documento, tomado textualmente:

1. “Un giro de las políticas que lleve a los países a replegarse en sí mismos y los dirija incluso hacia el proteccionismo, con menos crecimiento mundial debido a la disminución del comercio internacional y de los flujos transfronterizos de inversión.

2. Alzas de las tasas de interés estadounidenses más rápidas de lo esperado, lo cual podría acelerar la contracción de las condiciones financieras mundiales y provocar una fuerte apreciación del dólar, con repercusiones desfavorables para las economías vulnerables.

3. Un ambicioso repliegue de la regulación financiera, que podría estimular una asunción excesiva de riesgos y aumentar la probabilidad de crisis financieras.

4. El endurecimiento de las condiciones financieras de las economías de mercados emergentes […].

5. La formación de un círculo vicioso entre la debilidad de la demanda, el bajo nivel de inflación, la fragilidad de los balances y el escaso crecimiento de la productividad en algunas economías avanzadas […].

6. Factores no económicos como tensiones geopolíticas, desavenencias políticas internas, riesgos generados por la mala gobernanza y la corrupción, fenómenos meteorológicos extremos y terrorismo e inquietudes en torno a la seguridad […] o un giro hacia el proteccionismo en las economías avanzadas […]”.

El documento señala que “por lo tanto, las opciones de políticas tendrán una influencia crucial en las perspectivas y la mitigación de los riesgos […] El capítulo 2 documenta el hecho de que la apertura comercial, la flexibilidad de los tipos de cambio y la fortaleza de las instituciones ayudan a las economías de mercados emergentes y en desarrollo a potenciar el impulso de crecimiento generado por las condiciones externas. Estas observaciones ponen de relieve la necesidad de lograr que el crecimiento sea más inclusivo. Entre las políticas orientadas a ese objetivo sería posible recurrir a una tributación más progresiva (por favor tomar nota en Uruguay, N. de R.); inversión en adquisición de aptitudes, formación continua y educación de calidad, y otros esfuerzos por mejorar la movilidad ocupacional y geográfica de los trabajadores para facilitar y acelerar la adaptación del mercado laboral a las transformaciones estructurales. Muchos de los retos que enfrenta la economía mundial requieren medidas nacionales respaldadas por la cooperación multilateral. Algunos de los ámbitos críticos para la acción colectiva son el de preservar un sistema comercial abierto, salvaguardar la estabilidad financiera mundial, lograr sistemas tributarios equitativos, continuar brindando respaldo a los países de bajo ingreso en la consecución de sus objetivos de desarrollo y facilitar la mitigación y adaptación al cambio climático”.

Debe notarse que no figuran expresiones como “reformas estructurales” (que siempre referían a privatizaciones de empresas y bancos públicos), “desindexación” y “flexibilización de condiciones laborales”, que apuntaban a eliminar la protección de las retribuciones de trabajadores y jubilados contra la pérdida de poder adquisitivo por efectos de la inflación (como ha ocurrido en Uruguay en los últimos dos ajustes fiscales), y otras expresiones clásicas de las recetas contractivas y recesivas del FMI para los países subdesarrollados, al contrario de las políticas expansivas que recomiendan a las grandes potencias.

No puede juzgarse a organismos como el FMI o el BM por un documento, pero este texto es significativamente distinto de los “clásicos” y contiene un programa de claras referencias políticas que enfrenta puntualmente las propuestas del presidente Donald Trump, al contrario de lo que afirmó cierta prensa uruguaya, que no se remitió a los documentos.

El tiempo dirá qué rol juega o no el Dr. Maurice Obstfeld en los siempre influyentes trabajos del FMI.

La barra del MIT
En julio de 2015, el premio Nobel de Economía Paul Krugman, seguramente el economista más importante y combativo de los últimos 20 años (siempre contra los conservadores republicanos desde George Bush a Donald Trump), escribió en The New York Times un artículo cuyo título podemos traducir como ‘La barra del MIT’. En él señala que la expresión “Chicago boys” se usó para referirse a los economistas latinoamericanos que, doctorados en la Universidad de Chicago, llevaron las doctrinas neoliberales a sus países de origen. Ello ocurrió en las décadas de los 70 (épocas de dictaduras militares en las que Milton Friedman aconsejó personalmente al Gral. Augusto Pinochet y envió a sus hombres a Jorge Rafael Videla) y de los 90, cuando los Chicago boys asesoraron a Salinas de Gortari, Menem, Fernando Henrique Cardoso y Alberto Fujimori, entre otros presidentes. Krugman afirmó que “ahora hay otra escuela que está en alza, y merecidamente”, y se mostró sorprendido de la poca atención que prestan los medios al predominio de los economistas formados en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT por sus siglas en inglés, estrechamente vinculado a la Universidad de Harvard), en importantes cargos políticos y académicos. Enumeró a Ben Shalom Bernanke, titular de la Reserva Federal se doctoró en el MIT, igual que Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, y que Olivier Blanchard, (el entonces) economista jefe del FMI. Blanchard iba a jubilarse, pero sería sustituido por Maurice Obstfeld, “otro hombre del MIT y otro alumno de Stanley Fischer, como yo, que dio clase en el MIT durante muchos años y ahora es vicepresidente de la Reserva Federal, después de haber sido gobernador del Banco Central de Israel”. Sostuvo que los economistas formados en el MIT “tienen un peso enorme en las instituciones y los debates políticos de todo el mundo occidental. Y sí, yo formo parte de la misma barra”. Habló de la “raíz keynesiana del MIT” y de su aparente derrota por Milton Friedman, el asesor de Pinochet en los 70. “Sin embargo, John Maynard Keynes nunca se marchó del MIT […] Los alumnos siguieron aprendiendo acerca de las imperfecciones de los mercados y la función que la política fiscal y monetaria puede desempeñar a la hora de estimular las economías en crisis o deprimidas, con desempleo y pobreza”. “Este punto de vista pragmático y de mentalidad abierta se vio reivindicado de forma abrumadora” tras el estallido de la Gran Recesión, entre 2007 y 2010. “Los economistas de la Escuela de Chicago advertían una y otra vez que si se respondía a la crisis imprimiendo dinero y permitiendo que aumentase el déficit, se provocaría una estanflación similar a la de la década de 1970, y que la inflación y los tipos de interés se dispararían. Pero los del MIT predijeron, con acierto, que la inflación y los tipos de interés seguirían bajos mientras la economía estuviese deprimida, y que los intentos de reducir drásticamente el déficit agravarían la depresión. La verdad es que el análisis económico que aprendimos en el MIT funcionó muy, pero muy bien durante los siete últimos años”. Sin embargo, reflexiona con amargura, los políticos europeos insisten en mantener una “austeridad devastadora” y en Estados Unidos los republicanos no aprendieron nada de la experiencia. “En otras palabras –concluyó Krugman–, tener razón no siempre alcanza para cambiar el mundo. Pero, aun así, es mejor tener razón que equivocarse, y la economía del MIT, con su pragmática apertura a la evidencia, ha estado efectivamente muy acertada”. Alguien más enfático podría afirmar que la economía mundial sigue funcionando hoy gracias a los esfuerzos que desarrolló un conjunto de hombres y mujeres pertenecientes al MIT, gracias a su “raíz keynesiana”.

La reforma fiscal de 1%
El 25 de abril, Trump anunció “el mayor recorte de impuestos de la historia de EEUU”, de acuerdo a los parámetros ya consignados. No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que esta reforma va directamente a beneficiar al 1% (seguramente mucho menos) más rico de la población. La justificación presidencial dice que esos montos que los ricos no pagarán se volcarán a la inversión y a la creación de empleos. Es vieja como el mundo y nunca se cumplió. En realidad, dado que, por ejemplo Trump aumentó el presupuesto militar en 9%, lo que parece es que habrá un aumento del gigantesco déficit fiscal de EEUU y que son los sectores menos ricos los que van a pagarlo. Trump ganó las elecciones con el voto de los blancos pobres desposeídos, hablando de “volver a hacer a América grande”. Al mundo le aguardan tiempos muy difíciles.

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