Cómo morir abrazado a una urna y que la historia te olvide olímpicamente

Francisco Lavandeira

Por Leonardo Borges.

Francisco Lavandeira

Si uno camina por la Plaza Constitución y se arrima al atrio de la Iglesia Matriz, podrá encontrar una placa que recuerda a un hombre que fue asesinado allí mismo, hace ya 144 años. Francisco Lavandeira murió abrazado a una urna, en medio de unos comicios municipales, definitivamente crispados por la dicotomía entre principistas y candomberos. Una muerte sepultada en el olvido, que quizás enseñe mucho más que otras muertes y odios que la historia oficial ha elevado al podio de la épica.

El 10 de enero de 1875 hubo balazos, muchas balas y muchos muertos. Se desmoronaba de golpe la paz que tanta algarabía había generado el 6 de abril de 1872 (Paz de Abril). El banquete y los discursos, la algarabía en las calles se convirtió en ira; y en un santiamén, el motín se desató. El primero de enero de 1875 se debían llevar adelante las elecciones, unas elecciones de corte menor, las de alcalde ordinario de defensor de menores; pero el Uruguay estaba demasiado crispado. Las divisiones eran moneda corriente en aquel país, ya se sumaban a blancos y colorados viejos conservadores, cursistas y oristas; ahora “principistas” y netos, despectivamente nombrados “candomberos”.

Los candomberos, o netos, tanto sean colorados como blancos, tenían una base rural, diríase caudillesca. Eran tomados como los defensores de las viejas tradiciones. Los principistas eran jóvenes, en general universitarios, que defendían ante todo “principios”; muchos de ellos, en cierta medida, lejos del país real.

Lo cierto es que aquel 1º de enero, la sangre bañó el fallido acto electoral.

Francisco el “Pancho” Belén, caudillo renombrado, la desató a los tiros contra Alfredo Castellanos. Castellanos esquivó las balas y repelió el ataque con más plomo, e hirió a Belén en la espalda. Seguidamente al ataque se dispararon los disturbios. Las noticias son confusas. Se cuenta que Belén fue herido. Castellanos escribió en la prensa, en vísperas de Reyes:

 “…él es quien fue a saciar su sed de sangre, contra jóvenes como los nombrados (principistas), recibiendo una bala que, por detrás o por delante, ha ido a castigar a un pícaro a quien puede compararse con las víboras…”

De esta manera, las elecciones de alcalde ordinario se suspendieron hasta nuevo aviso. La fecha elegida era el 10 de enero. Restaban diez días de especulaciones y crispaciones. Cuenta Alberto Zum Felde que durante el ínterin los diarios se despachan. El diario El Siglo, órgano doctoral principista, vomita su verdad; para ellos, los votantes contrarios son una “…turba de gauchos y borrachos…”. Por su parte La Tribuna, instrumento candombero, no se queda atrás y arremete en una lucha que parece más social que política: “…la mayoría del país contra el grupo oligárquico, que quiere adjudicarse la República…”. La lucha entonces toma ribetes sociales. Ya no es tan solo una contienda ideológica entre fuerzas conservadoras y progresistas. No sólo el campo y la ciudad, o como plantea Zum Felde: la masa y los doctores. O tal vez, el elemento gaucho y el universitario europeizante. Ahora también era en esencia un problema de clases. Todo se unía en un cóctel peligroso.

Los días previos hubo reuniones de un bando y del otro. El mismo día de las elecciones, apareció un interesante editorial en La Democracia, que tiene una doble significación. El Dr. Francisco Lavandeira escribió su último artículo, lleno de fervor, ese 10 de enero.

Jamás se trabó entre nosotros una lucha más trascendental y de mayor magnitud, después de los grandes días de la independencia.

Están en tela de juicio las bases fundamentales en que reposa nuestro orden político y social.

Si los ciudadanos se dejan imponer hoy por la fuerza, y triunfan los elementos bárbaros por medio de la agresión y de la violencia, la soberanía popular vuelve a ser una mentira escrita en nuestros códigos y quedan para los próximos comicios generales librados los destinos del país a las imposiciones de los más fuertes, de los más desalmados, de los que no tienen reparo para lograr sus fines, en convertir el sufragio en lucha sangrienta, en innoble pugilato de pulperías”.

Así que el 10, los ánimos más caldeados que nunca esperaban los resultados. Los principistas unidos apoyaban la candidatura de José Pedro Varela y Adolfo Artagaveytia como titulares. Los netos o “candomberos” presentaron dos listas, pero en esencia unían fuerzas contra los jóvenes universitarios. Se presentaron dos listas, una colorada encabezada por Francisco de Tezanos y una blanca con Cristóbal Salvañach en la primera línea.

Los comicios en aquel pequeño Montevideo se llevaban adelante en la Iglesia Matriz. Todo parecía tranquilo en las inmediaciones, tal vez era la calma que precede a la tormenta. Cuenta Maiztegui que los “netos” votaban y se iban reuniendo en la Confitería del Ruso, en la calle Sarandí. Los principistas, al mismo tiempo, se reunían en el Club Inglés, en las calles Rincón e Ituzaingó.

Al ser público y cantado el voto, todos sabían y podían sacar las cuentas de quién iba ganando. Arrasaban los jóvenes principistas y la candidatura de José Pedro Varela. Un grupo de candomberos no soportó la derrota aplastante que estaban sufriendo. Es así que arremetieron contra el acto electoral. Isaac de Tezanos, Pedro Varela y nada menos que el Pancho Belén desenfundaron sus armas y comenzaron a los tiros. Según se cree, pretendían hacerse de la urna. Es así que el Dr. Francisco Lavandeira, profesor de economía y finanzas en la Universidad, blanco de filiación, pero principista por convicción, corrió hacía la explanada de la Matriz y abrazó la urna para defenderla. Fue entonces atravesado por una bala que terminó con su vida.

Lo recordaba con nostalgia El Siglo:En esta primera descarga cayó muerto Francisco Lavandeira de un balazo en el corazón…”, proseguía el diario principista: “…los sicarios de divisa colorada (…) hacían fuego mortífero y sostenido sobre todo lo que tuviese aire de gente decente”.

Inmediatamente, mientras Lavandeira se desplomaba con la urna entre sus manos, se desató la balacera. Caían muertos de un lado y del otro. Sumado a Lavandeira, Ramón Márquez, Segundo Tajes, Isaac Villegas de Zúñiga y, según todas las fuentes, algunos candomberos, pero no registran sus nombres.

 

Julio Herrera se batía como un león. Estaba parapetado bajo un árbol, sin saco, con las mangas de la camisa remangadas. Fue, de todos nosotros, el que tiró más tiros. Y cuando le faltó la munición, pedía a gritos a sus amigos más balas”, recordaría Pablo de María de aquella fatídica tarde.

Se tiene cierta seguridad que fueron 13 muertos y 53 heridos, un verdadero desastre. ¿Cómo culminó este infierno? Con la llegada presurosa de un nuevo actor, que tomaría la posta, dejando de lado a propios y ajenos: el elemento militar. Restableció el orden nada menos que el coronel Lorenzo Latorre, al mando de los Regimientos 1º y 4º de Cazadores.

Pero más allá del desorden patente en que estaba sumido el Uruguay, la muerte de Lavandeira representa justamente la triste prueba de un país descontrolado y sobre todo abrazado a otra sensibilidad.

Los partidos políticos, patológicamente necesitados de mitos y épica, han dejado olvidado al profesor Francisco Lavandeira. Quizás cuando usted camine por la Plaza, quizás se arrime al atrio de la Matriz y pueda recordar solo por unos segundos esta historia.

 

1 comentario en «Francisco Lavandeira»

  1. En la ciudad de Canelones una calle lleva su nombre.

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