Garra celeste, gran tema identitario

Por Rafael Bayce.

En todos los países del mundo, las características identitarias, la autoestima y el orgullo nacionales se anclan y desarrollan a partir de hechos, situaciones y personajes que se producen en variados ámbitos de la vida de las comunidades de que se trate. En el caso de Uruguay, los triunfos futbolísticos internacionales, de nivel mundial y regional, resultaron importantes para construir rasgos identitarios que desbordaron su origen futbolístico, se extendieron a otros deportes y quizás también al carácter nacional en su globalidad.

Los rasgos identitarios, autoestimas y orgullos pueden nacer no solo de distintos ámbitos de la vida, sino ser producto, también, de un intercambio, en el espacio-tiempo, de ‘autoimágenes’, generadas desde fuentes endógenas de consolidación de representaciones e imágenes, con ‘heteroimágenes’, más bien producto de fuentes exógenas. Auto y heteroimágenes se convierten, aunque refractadas, unas en otras, o se funden en rasgos novedosos, sintéticos de sus componentes originales.

El tema de la ‘garra celeste’ (radicalizada a veces como ‘garra charrúa’) se ha meneado considerablemente en el folclore del periodismo deportivo. Mejores y más sistemáticos tratamientos del tema aparecen en 1959 (Nilo J. Suburú, Fútbol uruguayo y fútbol moderno) y en 1970 (Alberto S. Montaño y Redacción de la colección 100 años de fútbol uruguayo, Arca/Editores Reunidos, 1969-1970). Más recientemente, merece el último capítulo de un suculento libro del Dr. Aldo Mazzucchelli: ‘Del ferrocarril al tango’, El estilo del fútbol uruguayo 1891-1930 (Taurus. Montevideo. 2019. 595 págs.).

Como quedó dicho, parte de la autoestima, el orgullo y rasgos identitarios favorables radican en los triunfos futbolísticos. Los uruguayos, casi sin importar extracción social, lugar en la división del trabajo y trayectoria vital, son ‘futboleros’, viven ese deporte con pasión e interés. Pese a ello, el fútbol no es tema de análisis prioritario para la academia universitaria uruguaya, perdiéndose, por prejuicios temáticos, una verdadera oportunidad de que confluyan, del lado de la oferta, los futboleros pasionales que analicen, con instrumental académico más riguroso, lo que el periodismo deportivo trata diariamente en publicaciones escritas, espacios radiales y luego televisivos o del nuevo ciberespacio de Internet y de redes sociales; y del lado de la demanda, un público potencialmente interesado, aunque no tanto en el análisis de los objetos y sujetos de su pasión.

El libro de Mazzucchelli, académico con inmejorable formación y profesor titular en la Universidad de la República, es uno de los pocos que rompe el prejuicio académico para con temas populares, y produce un libro tan ampliamente documentado como de reflexión severa y redacción amena, que fluye a través de un relato narrativo atractivo y un discurso analítico severo.

Justamente, la garra celeste será un ejemplo del origen exógeno e interesado del rasgo como heteroimagen, de su internalización endógena poco crítica, y de intentos desesperados por corregir ese trayecto, que emprenden todos los nombrados con su culminación en el capítulo 42 referido. Porque no es fácil, desde un país pequeño, con baja hegemonía en los mercados periodístico y editorial, deconstruir heteroimágenes que reproducen hegemónicamente la prensa y editoriales globales, en especial con dominio argentino -padres de la criatura- en esos ámbitos de reproducción; peor aún, cuando la prensa uruguaya incorporó esas heteroimágenes y las convirtió en autoimágenes, adornadas con matices diversos, en general poco favorables al verdadero valor histórico del fútbol uruguayo y a  la identidad nacional a la que contribuían.

 

La depreciación periodística argentina del fútbol uruguayo

El fútbol comienza en el Río de la Plata desde la común impronta de la influencia inglesa: desde su carácter de potencia universalmente dominante, y desde las huellas duraderas y múltiples que dejaron las invasiones inglesas de inicios del siglo XIX. Buenos Aires fue una ciudad administrativamente superordinada en la organización colonial española, aunque con autonomías y rebeldías constantes desde la subordinada Montevideo. Una múltiple rivalidad histórica que se traslada al ámbito deportivo futbolístico y se retroalimenta potenciadamente desde esa rivalidad deportiva. La historia registra una esperable predominancia argentina durante los primeros 15 años de enfrentamientos internacionales 1901-1915.

Pero cuando Uruguay comienza a desarrollar un fútbol original y competitivo, los argentinos empiezan a desarrollar un discurso que aspira a mantener la creencia en su superioridad técnica, intentando explicar las derrotas mediante aspectos coyunturales (i.e. arbitrajes) o más bien al diferencial favorable a los uruguayos de determinadas cualidades que, si bien son influyentes en los resultados, son secundarias en la valoración deportiva agregada y en la exaltación del deportista nacional como tipo humano (i.e. agresividad física, arrestos anímicos). Un lento proceso de afirmación de esta racionalización patriotera de las causas de las derrotas se va construyendo desde el épico triunfo de Nacional ante la selección argentina en Buenos Aires en 1903, pasando por triunfos celestes en torneos sudamericanos; pero el complejo argentino de hermano mayor superado por el menor se agudiza con instancias internacionales más configuradoras aún de prestigios jerarquizados que los regionales.

El triunfo olímpico, en realidad mundial para ese entonces, de 1924, enciende una luz roja que brilla siniestramente para ellos cuando Uruguay les gana en final directa el título olímpico de 1928 y, también en final directa, el primer mundial de fútbol en Montevideo en 1930; la gota que desborda el vaso de la necesidad argentina de justificar sus derrotas como ungido y perenne favorito, es el Sudamericano en Perú de 1935 en que Uruguay golea y con lujo 3-0. Las menciones a la ‘garra celeste’ como cualidad mística incorporada que le permitiría a los uruguayos superar su inferioridad técnica, comienzan a aparecer.

El capítulo del libro de Mazzucchelli es muy elocuente en mostrar, sobre la base de comentaristas internacionales y rioplatenses prestigiosos (Pozzo, Hunot, etc.), que nunca hubo inferioridad técnica uruguaya, desde 1916 y hasta 1935; que tampoco el estilo contragolpeador adoptado durante la decadencia de los 60 y 70 caracterizó siempre al fútbol uruguayo; tampoco el estilo golpeador que se usó en lo más hondo de la decadencia (i.e. sudamericanos campeones de 1956 y 1967 en Montevideo).

La hegemonía periodística argentina en la región y en el mundo consigue subordinar causalmente la originalidad táctica y la exuberancia técnica mundialmente reconocidas del fútbol uruguayo a cierta especial potencia anímica, a una inferioridad condenada a contragolpear y a una inmoral agresividad física arbitralmente tolerada. El epicentro del debate sobre la triunfalidad histórica del fútbol uruguayo se da cuando su nivel decae, y algunos de esos rasgos se manifiestan, haciendo olvidar, hasta por hegemonía periodística y diplomática, que no habían sido esos los secretos de las victorias tan envidiadas. Pero quizás peor aún que la comprensible y exitosa manipulación argentina de las características del fútbol uruguayo en aras de la defensa de su autoestima nacional es la introyección, internalización por los uruguayos, como autoestima, de esas heteroimágenes. Nos comimos la pastilla. Y lo que Nilo Suburú, la colección 100 años de fútbol y Mazzucchelli -más aún- subrayan es la necesidad de deconstruir esa arbitraria heteroimagen equivocada y mezquina sobre la esencia histórica del fútbol de Uruguay; al menos comenzando por no considerarla más como autoimagen fundante de un orgullo identitario, combatiéndola con su deconstrucción, y mediante la reconstrucción de una autoestima anclada en otras imágenes que existen en abundancia, pero que deben ser sacadas a luz y difundidas emulando el poder comunicacional y retórico argentino, instalado en una hegemonía periodística que se ha ido reconvirtiendo y manteniendo en el tiempo.

Para terminar, y matizando tantos elogios al libro y a Mazzucchelli, un par de chás-chás por dos pequeños matices: uno, en el capítulo (11) en que con mucha justicia reivindica y justifica la característica inteligencia táctica exhibida por los uruguayos al enfrentar cambios en las reglas de juego y en los avatares durante los partidos. Se resume esa inteligencia en palabras del muy picante y ocurrente puntero José Pepito Urruzmendi: “Es muy sencillo. Poníamos el bazar adelante y la ferretería atrás”; contrariamente a lo que el autor cree, yo pienso que es un pésimo y lesivo resumen de esa cualidad. Uno, porque todos los equipos de la historia del fútbol han hecho y hacen eso: ponen a los más dotados técnicamente del medio hacia adelante y a los menos, del medio hacia atrás, de modo que eso no caracteriza específicamente al fútbol uruguayo; dos, tampoco le hace justicia a los defensores uruguayos famosos por su técnica y su juego limpio, desde José Benincasa, pasando por la idolatría a Domingos da Guía, Raúl Pini, Núber Cano, Manicera, Cococho Álvarez, Roberto Matosas, Luis Varela y la idolatría por Elías Figueroa; tres, contribuye, llamando ‘ferreteros’ a los defensores uruguayos (golpeadores), a la leyenda negra de la garra celeste golpeadora. Quien combate tan valiente, erudita y eficazmente falsas creencias como Mazzucchelli, no debería contribuir a crear otras del mismo tipo, inciertas y contraproducentes.

Otro matiz: usar la palabra ‘mito’ en una acepción periodística nacida en una acepción decimonónica, como hecho falso pero fundante de una creencia identitaria; desde la antropología de los años 20, y luego desde todas las ciencias sociales en los 70, ‘mito’ es algo mucho más serio, independiente de su ocurrencia real y verdadera, pero sí identificatorio y fundante de identidades y autoestimas. Sería bueno al menos ingresar al siglo XX para calificar fenómenos como Gardel, los futbolistas, algunos héroes patrios como Artigas, y un importante etcétera que es responsabilidad de los científicos sociales y la academia reelaborar.

Pero es, de nuevo, un libro suculento, erudito, reflexivo, valiente, ameno, sobre algo muy caro y significativo para los uruguayos al menos: las características auténticas de su fútbol, tan generador de identidad y autoestima a proteger, también desde la academia, desde la prensa y la opinión pública se han comido pastillas argentinas.

1 comentario en «Garra celeste, gran tema identitario»

  1. El texto de Bayce es fundamentalmente un comentario como crítico del libro de Mazzucchelli, que no leí, el capítulo de 100 años de fútbol del año 70 dedicada a La garra charrúa lo tengo conmigo y es muy válido aún, escrito por el periodista Nilo Subaru. Hay una anécdota que se recuerda en el Defensor de los 70 que cuando se recibían aspirantes en las divisiones formativas del club y estaba presente el técnico profesor Ricardo De león, les preguntaba a cada gurí «de que jugas?» si era defensa le decía que ya tenían porque los que sabían más con la pelota eran los delanteros a los cuales después intentaba hacerlos defensas.Se decía en la época de oro del fútbol sudamericano,lo ideal delanteros brasileros, mediocampistas argentinos y defensas uruguayos.

Comentarios cerrados.

Compartir:
Leer entrada anterior
Sí a la grieta

Por Martín Generali.

Cerrar