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Hablame de presente

Por Celsa Puente.

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El psicoanalista uruguayo Marcelo Viñar en uno de sus textos en los que reflexiona sobre adolescencia y juventud recoge un par de citas de hace más de veinte siglos que son sumamente elocuentes. “No veo esperanzas en el futuro de nuestros pueblos, en tanto dependa de la frívola juventud de hoy, pues ciertamente todos los jóvenes son increíblemente irresponsables… son demasiado impulsivos y los límites los impacientan”, decía Hesíodo allá por el siglo VIII antes de Cristo. En tanto el gran dramaturgo griego Sócrates, en el siglo V antes de Cristo, aseguraba: “Los jóvenes de hoy aman el lujo, están mal educados, desdeñan la autoridad, no tienen ningún respeto por sus mayores y charlan en vez de trabajar. Ya no se ponen de pie cuando un adulto entra en la habitación en donde se encuentran. Contradicen a sus padres, en la mesa se apresuran a engullir los postres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros”.  La condena a los jóvenes, asociada siempre al desmoronamiento, a la pérdida de los valores, a la destrucción de las buenas costumbres, parece ser una cantinela constante a lo largo de toda la historia de la humanidad. Dice Viñar que “la confrontación entre tradición y novedad no es un hecho accidental o coyuntural, sino estructural e inherente a la dinámica de la Historia”. Uno queda entonces pasmado, asombrado, perplejo de la actualidad de esos dichos con respecto a los jóvenes a pesar de la  distancia de más de veinte siglos en este viaje al pasado a través de la palabra.

Uruguay es un país envejecido donde el discurso condenatorio sobre los y las jóvenes tiene un vigor inusual. Ya hemos respondido mil veces y trabajado en relación a las miradas criminalizadoras de los jóvenes y a las actitudes menos visibles pero igualmente dañinas de evitar su protagonismo o desmerecer su trabajo, sus posturas, su capacidad de debate y de construcción de ideas, también en relación a la acción y al trabajo por ellos encarnado.

Yo quisiera detenerme unos instantes a contarles una experiencia sumamente recordable que acabo de vivir.

El domingo pasado el sol primaveral -con éxito al menos por ese día- decidió  instalarse para darnos un entorno ideal a cielo descubierto. Una calle del barrio Malvín me encontró en las primeras horas de la tarde con algo más de una veintena de jóvenes del Frente Amplio del este montevideano trabajando sobre un muro. Algún desprevenido quizás pueda pensar en esta noticia como una acción típicamente juvenil, espontánea, sin embargo, yo creo que admite un análisis que da cuenta de compromisos, organización, planificación y convocatoria a toda la sociedad que habilita otras miradas sobre esta tarea.

Hace un tiempo que estos jóvenes se reúnen a interpelar con perspectiva política el mundo que habitamos. Si tenemos en cuenta que vivimos en una sociedad marcada por la pulsión individualista y la compulsión consumista como ejes vitales, el mero hecho de reunirse a pensar juntos, a intercambiar, a trabajar para definir ideas y defenderlas ya nos regala una perspectiva esperanzadora de presente y futuro. La fuerza de lo colectivo parece enunciarse para recordarnos que es con los otros y en esos vínculos que nos vamos construyendo humanos.

De la palabra a la acción es la otra perspectiva encarada, ideas que van y vienen y se tejen armando trama para producir encuentros, trabajo en las ferias del barrio para hablar con los vecinos, convocatorias cotidianas nada ampulosas pero firmemente sostenidas en la fuerza de lo que se comparte en el cara a cara, acercando ideas, invitando a estar del lado de la vida en la que los derechos son indiscutibles.

Así salió la idea del mural. Un mural en una calle del barrio, una calle arbolada de Malvín, una pared que ofrece buenamente un vecino -otro adulto convocado a sumarse a la fuerza juvenil- y toda la organización que supone armar esta “movida” -desde hacer finanzas ofreciendo a voluntad en la feria pegotines y banderas para comprar las brochas, pinceles y pinturas- hasta armar el diseño y forjar el encuentro. Porque la confección de este mural no quedó solo ligada a los integrantes de este colectivo, sino que se configuró como una convocatoria abierta a todos y todas de todas las edades. Dos integrantes con formación artística, Matilde Rubio y Gabriela Barretto, fueron de alguna manera las que encarnaron las ideas, el mensaje, la voluntad de todo el equipo y ofrecieron generosamente su saber para armar un diseño que diera cuenta del mensaje a ser transmitido. Así que asumieron la responsabilidad de proyectar y preparar esa pared con antelación delineando las siluetas del trabajo final: seis figuras humanas abrazadas mirando una bandera roja, azul y blanca intervenida con elementos que dan cuenta de las preocupaciones: el cuidado del medio ambiente, la defensa de los derechos, la creatividad a través de unos tambores típicamente uruguayos, tradicionalmente candomberos. El amor y la alegría con la que fueron delineando cada detalle fue emocionante. Me quedaron impresas las retinas con la imagen de ellas y ellos rodeados de sus tarros de pintura, la circulación de vecinos alentando la tarea, otros jóvenes que no participan del equipo de la Juventud del este pero que acercaron y fueron hospitalariamente recibidos y un par de  detalles finales que son simbólicamente intensos: dos de las figuras que enmarcan el abrazo dibujado, una jovencita y un muchacho que se encuentran en los extremos de ese instante de brazos que se unen, lucen dos pañuelos: ella porta en el cuello el pañuelo rojizo de lucha contra la reforma constitucional de carácter punitivo alentada por un sector conservador de la sociedad y él luce en su puño el pañuelo amarillo de la ley integral para personas trans. Hablame de un presente comprometido y te contesto con los y las jóvenes. Hablame de futuro y te contesto con la esperanza plena y la certeza de una justicia social como utopía indiscutible.

Adultos/as: a correrse que estos jóvenes se ganaron el sitio.

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