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Sociedad

Historias invisibles: mujeres que desean mujeres

Invisibles es parte del proyecto (In)Visibles. Memorias lésbicas. Género y generaciones del Fondo Intersecciones de la Secretaría de la Diversidad Sexual de la Intendencia de Montevideo, propuesto y llevado adelante por el Colectivo Ovejas Negras y Cotidiano Mujer.

«Como toda buena niña nacida a fines de los 90, más específicamente en el año 1997, nunca se me había siquiera mencionado que podía existir la remota posibilidad de que me atrajese una chica, y en las pocas ocasiones en que mis oídos de niña habían captado el concepto de homosexual, aunque no con esa palabra, no fue necesariamente con una connotación positiva». Así comienza Alejandra López su relato, publicado bajo el título «Heterosexual no practicante», comienzo de la edición de Invisibles.

Invisibles es una publicación sobre mujeres que aman y desean a otras mujeres. Es el rescate de las memorias lésbicas y bisexuales, un libro de relatos diversos que invita a conocer la cotidianidad e historia de mujeres lesbianas y bisexuales.

Invisibles es parte del proyecto (In)Visibles. Memorias lésbicas. Género y generaciones del Fondo Intersecciones de la Secretaría de la Diversidad Sexual de la Intendencia de Montevideo, propuesto y llevado adelante por el Colectivo Ovejas Negras y Cotidiano Mujer.

El objetivo no es solo recopilar historias. Porque estas historias no están, como otras, flotando en la superficie a la vista de todas y de todos. Están sumergidas, hundidas, acalladas y olvidadas en el fondo del mar. Negadas, incluso. Tergiversadas o contadas por voces ajenas; a veces ignorantes, prejuiciosas y violentas.

Este libro busca rescatar las memorias ahogadas, rescatarlas del olvido y del silencio. Historias individuales y colectivas de diferentes generaciones de mujeres que desearon a otras mujeres, que amaron a otras mujeres.

Hablar de memorias lésbicas y bisexuales implica hablar no solo de sus vínculos sexoafectivos y sus maneras de sociabilidad, sino también de sus estrategias de resistencia, sus producciones de sentido con respecto a la sexualidad y cómo los contextos políticos y normativos de la historia de Uruguay afectaron su vivir.

Ahora, por primera vez «muchas personas se animan a romper el silencio y a ocupar el espacio público» tras las «conquistas jurídicas de la era progresista [que generaron] un contexto de enunciación completamente nuevo».

Todas las entrevistas realizadas en el marco de Invisibles fueron cedidas al Archivo Sociedades en Movimiento (FCS, FHCE, Cesam-Udelar), que también colaboró en su realización. El acervo documental y de historia oral de la Universidad de la República «nos resultó el mejor lugar para garantizar la custodia de estos testimonios y facilitar el acceso de acuerdo a los parámetros que define la ley de acceso a la información y datos sensibles», aseguran en el prólogo desde Ovejas Negras y Cotidiano Mujer.

Invisibles está disponible en formato digital en la página web de Cotidiano Mujer. Reúne 16 relatos, algunos con la autoría explícita y otros publicados de manera anónima. Desde la organización aseguran que este proyecto demuestra que «las mujeres lesbianas y bisexuales quieren contar su historia».

El equipo del proyecto está integrado por Magdalena Bessonart, Daniela Buquet Bidart (coordinadora), Nicolás Castillo, Silvina Font, Lucy Garrido, Sofía Pandolfo, Diego Sempol y Marisa Silva.

Los relatos abordan la aceptación propia, la «salida del clóset», los problemas que surgen cuando la otra mujer que ama a una mujer no está dispuesta a aceptarse y a aceptarlo, la endometriosis, las lógicas patriarcales en parejas de mujeres, el destrato, los «¿no estarás confundida?», las amigas y el enamoramiento, la ruptura con parejas heterosexuales, la dificultad de identificación de la propia sexualidad en un mundo heteronormado, el lesbianismo en la adolescencia, las etiquetas y los relatos propios.

Las dos primeras historias abordan la heterosexualidad como norma y la dificultad de contar que una no ama ni desea a quienes le enseñaron que tiene que amar y desear.

 

No practicante

«Pantallas» llama Alejandra López a los varones con los que desde su infancia entabló vínculos de pareja. Pantallas, porque ser lesbiana estaba mal. Alejandra nació en 1997. Una tarde soleada en Paysandú, relata, optó por categorizar su sexualidad. Se dijo: «No sos lesbiana, Ale, claro que no, sos perfectamente heterosexual, así te cases con una mujer y tengas hijos como proyectás».

Alejandra decidió que era «heterosexual no practicante». Lo importante era la definición, cómo se nombraba, cómo se mostraba al resto. Y así vivió, anclada a la palabra, hasta que una mujer le «voló el bocho». Eso la llevó a explorar su sexualidad y se preguntó si no sería bisexual, como la mujer que le gustaba. Pero luego se dio cuenta de que era lesbiana.

El nuevo término, la «nueva etiqueta» como la llama, la ayudó a no sentirse sola. «Me costó mucho entender que no era la única chica que pasaba por esa situación, ni la única que sentía lo mismo», relata, por eso nombrarse con una categoría sirvió, aunque después comprendió que era más que una etiqueta.

«Comprendí que no se elige lo que se siente, lo que sí se puede elegir es vivir acorde a lo que sentís, y opté por eso. Para algunas personas eso nos cuesta discriminación, muchas lágrimas, mambos familiares, mucho dolor al aceptarnos. A mí me costó un montón de miedo, lágrimas, pensamientos muy alegres y la entrega forzada de besos a chicos porque tenía que encajar en algo que no sé quién estipuló», cuenta Alejandra en su relato.

Ahora Alejandra es «una joven mujer lesbiana militante, orgullosa y visible, aunque no sin recordar y jugar entre risas, diciendo con mis amigos que soy heterosexual no practicante».

 

La confusión

«—¿Vos no estarás confundida? ¿No se estarán confundiendo porque son muy amigas? —mi madre me miraba casi implorándome que le dijera que sí, que todo lo que le acababa de decir no era más que una confusión. ¿Cómo decirle que mis amigas no me calentaban como me calentaba Leti?

—No, mamá, no estoy confundida porque seamos muy amigas. Estoy enamorada de ella.

—Pilar, ¿vos te das cuenta de que estás destruyendo a la familia? Nos estás haciendo mierda, Pilar. ¿Qué te hicimos para que nos hagas esto? —el sentimiento de culpa empezó a hacerse más fuerte en mí. ¿Y si mamá tenía razón? ¿Y si estaba confundida?— Decime algo, Pilar, por favor, no te quedes callada. ¿Es solo ella? ¿Vas a volver a estar con un hombre? —se agarró la cabeza como hace cada vez que algo la supera. Sus ojos estaban rojos, hinchados, las lágrimas le corrían por la mejilla.

—No sé, mamá, no sé. Es solo Leti, creo, capaz después vuelvo a estar con un hombre, pero ahora estoy enamorada de ella —no era solo Leti, en el fondo lo sabía, pero necesitaba justificarme de alguna forma—. Y no sé si te voy a dar nietos, mamá, no sé».

Así retrata la autora de este relato el momento en el que le contó a su madre que estaba enamorada de una mujer. A las mujeres lesbianas y bisexuales les preguntan con frecuencia si no se habrán confundido, les hablan de que «es una fase», hasta les dicen que «cuando estén con un buen hombre se les va a pasar». Son cosas que todas y todos hemos escuchado, ¿no?

«—¿Me abrazás, mamá? Por favor, abrazame.

—No puedo, Pilar, no puedo ni mirarte

Hacía seis meses que soñaba con ese día, le tenía miedo, le tenía respeto, tenía esperanzas todavía en él. Muchas veces preparé el discurso que les iba a decir. Muchas veces me dije hoy es el día y después me cagué, y cuando por fin se los había dicho, todo había salido para la mierda, las esperanzas a la mierda».

La confusión que temía la autora del relato era la suya propia. ¿Realmente Leti, a quien había conocido en un equipo de hockey, estaba en la misma sintonía que ella? ¿Y si quería ser su amiga?

La historia aborda la vergüenza frente al resto de la gente, como cuando Leti y Pilar iban agarradas de la mano del baño al living y cuando estaban por llegar se soltaron porque estaban sus amigas. «Tenía que actuar, sabía que tenía que actuar. Tenía que actuar porque no dejaba de mirarla, no dejaba de mirarme y al carajo, la vida era una y me la tenía que jugar, estaba decidida».

Leti y Pilar fueron, volvieron, se vieron a escondidas, tuvieron novios (pantalla, como los de Alejandra), se separaron y lloraron y se abrazaron y se alejaron hasta que finalmente se reencontraron, siendo otras.

Así lo relata la autora: «Hace seis meses que volvimos a estar de novias con Leti. Ella ya no es la Leti que conocí, aprendió a quererse por quien es y a aceptar cada parte de sí misma. Día a día la veo luchar por esto que siente, empoderarse poco a poco en el valor que tiene y en su sexualidad. Ya no esconde al mundo quién es, ahora la veo pelear por la libertad de poder mostrarse. Yo ya no soy la que fui, ya no siento culpa de sentir lo que siento, ya no siento la responsabilidad de tener que explicar por qué siento esto. Vivo mi sexualidad con orgullo».

 

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