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Huaxhi

Por Enrique Ortega Salinas.

Lo primero que debo confesar antes de contarles lo que he vivido en un pequeño pueblito de Michoacan, es que soy agnóstico. Agnosticismo (del griego, a: “sin”, gnosis: “conocimiento”) es un término creado por el biólogo británico Thomas Henry Huxley en 1869 y se refiere a una corriente filosófica antidogmática que considera que la existencia o inexistencia de deidades es algo incognoscible. Como diría Silo: Dios es algo inseguro. Los agnósticos consideramos que los seres humanos no tienen la capacidad suficiente para comprender lo absoluto. La existencia o inexistencia de un poder creador y ordenador del universo son indemostrables. A diferencia del que cree por la fe, antítesis de la razón, el agnóstico requiere de pruebas para sostener la existencia de algo sobrenatural; pero no cierra su mente como el ateo, que niega de plano la supervivencia del espíritu más allá de la muerte del cuerpo físico. El agnosticismo no es un credo, sino un método basado en un principio: “En cuestiones del intelecto, sigue a tu razón tan lejos como ella te lleve, sin tener en cuenta ninguna otra consideración. No pretendas que son ciertas las conclusiones que no han sido demostradas o no sean demostrables”. Ahora bien, tras un viaje de tres horas y media desde Ciudad de México a esa localidad perdida, en el grupo que visita la casa de campo encuentro diferentes creencias. Yo no creo en personas con naturaleza divina ni en libros sagrados. Sin embargo, soy aceptado sin importar si creo o no, o si aporto dinero o no. De hecho, no pongo un peso. No tengo que arrodillarme frente a ningún mortal, ni jurar nada por nada ni por nadie, ni contar mis intimidades ni pedir perdón por algo. No importa que sea extranjero porque allí las fronteras no existen y la tierra es de todos y para todos. Hay muchos pueblitos en México donde en cada casa tienes las puertas abiertas y te invitan a su mesa sin cobrarte nada. Esto, en un mundo capitalista, suena a mentira. Es verdad. Nos cuesta comprender esto tanto como comprender que en dichos pueblos las mujeres juntan la sangre menstrual para regar la tierra y fertilizarla. Cuando estuve en Ecuador y Bolivia conocí muchas etnias, pero no llegué a comprender su adoración por la Pacha Mama. Me parecía una pendejada, como adorar al Sol o a la Luna. Tras lo que voy a comentarles, lo comprendí, y al comprenderlo, aun sin creer lo que ellos creen, algo cambió en mí de una manera que no puedo narrar. No con nuestra lógica y lenguaje. Sería más fácil en náhuatl. En esa lengua, me cuenta la joven Xochiquetzal -tras deslumbrarme con su danza ancestral, sensual e indescriptible-, no existe la palabra “malo”; sólo lo que no sirve, lo que no conviene. Tampoco tienen las palabras dioses, adoración y sacrificio, introducidas por los conquistadores. En estas tierras, admiran a Eduardo Galeano y no pocos han leído Las venas abiertas de América Latina. También a Pepe Mujica, y me hablan de él, no como un político, sino como un filósofo. Ambos me allanan el camino. Por “el uruguayo”, el anfitrión, Anau, trae cuatro botellas de vino para que yo invite al resto de los 20 comensales en esa casa de campo de estilo colonial con 12 habitaciones y cientos de artesanías precolombinas. Ahí, antes del brindis, cuento lo que Horacio Guarany me dijo un día: “Cuando un hombre te invita a tomar un whisky, te va a hablar de negocios; pero cuando te dice ‘A ver cuándo viene por mi rancho a tomar un vinito’, te está abriendo las puertas de su casa y de su corazón”. En El Portal de la Esperanza, así llamado el lugar, nadie habla mal de nadie y todos dan sin pedir nada a cambio. El espíritu de un jaguar, llamado Huaxhi, lo custodia. Es raro. Aun sin creer; me invade un profundo respeto por esa creencia. El misticismo se respira, se siente y se vive, tanto como lo sentí hace poco en la Isla del Sol, sobre el lago más alto del mundo. Nadie tendría el coraje suficiente para robarse algo de allí; en primer lugar, porque cualquier cosa que pidieras, se te daría. El sincretismo religioso impera. Cuando España impuso el cristianismo, no tanto por la fuerza de la cruz como de la espada de Hernán Cortés y sus piratas, creó deidades cristianas hispanoamericanas para poder fusionar las creencias locales con las de los invasores, caso de la virgen de Guadalupe y otros mitos. También predomina lo femenino, la fuerza guerrera de lo femenino, y disculpen si aquí las palabras no vienen en mi auxilio para explicarlo. Aquí nadie es más que nadie, como dijera Artigas. Nadie ostenta prendas de marca ni joyas innecesarias. El ego y la soberbia quedan en la puerta. Por la mañana no me despiertan las bocinas provenientes de los embotellamientos de Ciudad de México, sino el canto de los pájaros. Aquí aprendo a agradecer el alimento diario y a desear que a nadie le falte. Durante la primera cena, se me acerca Kobu. Lo acaricio y lo abrazo y él me observa y estudia. Mientras lo hago, noto que un silencio sepulcral invade el comedor. Todos quedan congelados sin atreverse a hablar o respirar. Cuando me incorporo, todos me miran, mientras el enorme perro lobo se aleja silencioso. Cuando me explican que Kobu odia que lo toquen, agradezco a lo que sea conservar mi mano y mi brazo. Todo bien… pero me espera el Temazcalli, una práctica extrema de hipertermia con más de 5.000 años de antigüedad. Durante todo el día me explican lo que haremos a medianoche; pero no llego a comprenderlo. Sólo después de pasar por allí me enteraré de que en Guatemala murieron varias personas en 2011 durante este ritual por no tomarse las precauciones adecuadas.   Temazcalli: tan peligroso como ancestral, milagroso y sanador Lo poco que conocía de rituales ancestrales venía del libro Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda, publicado en 1968. En tal caso, el autor narra sus experiencias con un chamán yaqui y el consumo de tres plantas psicotrópicas, entre las cuales figura el peyote. Gabriela, nuestra guía espiritual, me muestra esta planta y me explica que es sagrada, la cuidan y protegen, pero no se meten con su poder. Castaneda cuenta en su libro el potente efecto alucinógeno del peyote. Otro amigo, Marco, me cuenta que muchos que lo han consumido no han regresado jamás del viaje astral que produce. Por el momento, mi instinto de conservación supera mi curiosidad de escritor y la planta queda allí, en su rincón, mística, poderosa y silenciosa, preguntándose cuánto tardaré en aceptar su desafío. El temazcalli es otra cosa, pero también apasionante y peligroso si no se está con personas responsables. Se trata de una ceremonia ritual prehispánica consistente en un baño de vapor con hierbas medicinales y aromáticas a temperaturas extremas para lograr el equilibrio físico, mental y espiritual. El resultado es extraordinario. Sin embargo, esto es mucho más que un baño de vapor en la oscuridad. La ceremonia se lleva a cabo en una especie de iglú u horno gigantesco en el que caben varias personas. La palabra temazcalli proviene del náhuatl: temaz, sudor, y calli, casa. También se considera que proviene de tetl, piedra, mazitli, caliente, y calli, casa; o sea, “casa de las piedras calientes”.   Esta experiencia era común entre las culturas teotihuacana, tolteca, maya, paquimé, tlatelolca, mexica, zapoteca, mixteca y purépecha. Antes de entrar a esa construcción, nos sorprenden con danzas milenarias e increíbles atuendos con exóticas plumas. Los tambores inundan la noche entre alaridos que parecen imitar pájaros que desconozco. En tanto, en un gran horno se calientan las abuelitas, así llamadas las piedras volcánicas que luego se llevarán a esa especie de iglú hecho de ladrillos crudos donde entraré sin saber qué me espera. Su forma circular representa el vientre materno. Alejandra pasa por mi cuerpo una especie de pipa grande que despide humo de copal, la sangre de los árboles, para limpiar el cuerpo y el espíritu. La claustrofobia, pienso, será mi mayor problema. Más que el calor. La puerta de ingreso es muy baja y casi debo entrar de rodillas. Al ingresar al oscuro recinto, en medio de la bóveda, veo un pozo destinado a las abuelitas. Gabriela me hace caminar en el sentido de las agujas del reloj en torno a dicho pozo y luego sentarme. Todos estamos en círculo rodeando al pozo central, sobre la tierra y con el mínimo de ropa. Luego de algunos cánticos, oraciones, invocaciones y palabras que no comprendo, traen en palas las primeras trece rocas volcánicas al rojo vivo, las colocan en el pozo y cierran a mi lado lo que describo como la puerta de un horno. De inmediato, un calor tremendo se apodera de la bóveda. La ceremonia consiste en cuatro niveles, a los que llaman puertas y en cada uno aumenta el calor. Gabriela, sentada al lado del pozo, va echando agua de misteriosas hierbas sobre las rocas generando un vapor que nos va cubriendo a todos tanto como el terror a la sofocación, el encierro y la muerte. Y no exagero. Hay que respirar por la boca muy lentamente. El calor aumenta mientras los tambores parecen imitar los latidos del corazón. En la penumbra, se invoca a los elementos (tierra, agua, aire y fuego) así como a las diferentes etapas de la vida y a la voluntad. Voluntad. Eso es lo que pido para resistir las puñaladas que me provoca en la espalda el estar sentado en el piso. Sucede que tengo escoliosis y artritis y la ceremonia lleva horas. Por otra parte, el calor tiene tal intensidad que sentimos que estamos respirando fuego. Ya tengo deseos de que todo termine, pero no puedo desertar antes que Rafael, un niño de nueve años. Le preguntan si está bien y el muy maldito dice que sí, por lo que sigo aguantando este primer nivel. Antes de entrar, le dije: “Esta gente es cruel. ¿Cómo sobreviviremos dos días sin internet?”. Es difícil respirar. El sudor cae a chorros y apenas mantengo a raya la claustrofobia. Se supone que el temazcalli nos invita a cambiar de vida e iniciar un nuevo ciclo; pero yo me pregunto si saldré vivo de aquí y podré continuar con la mísera y querida vida que aún tengo. Ya finalizando el primer nivel o puerta, se oye la voz del Rafita desertando y queriendo salir; pero para mantener mi dignidad más o menos a flote, me obligo a soportar una etapa más. Sacan al niño, traen otras trece rocas al rojo vivo y vuelven a cerrar el horno. La temperatura se dispara. Si me paro será peor, porque a mayor altura, mayor calor. Cada vez que respiro siento que me entra fuego por la garganta. Estoy bañado en sudor y vapor. La infusión de hierbas que se arroja sobre las rocas contiene miel, pétalos de rosas, canela, gordolobo, cedrón, hierbabuena y manzanilla, lo que al contacto con las rocas se convierten en un vapor medicinal que al inhalarse va por todo el sistema respiratorio hacia la circulación sanguínea y los tejidos, produciendo desintoxicación física y espiritual. Con el sudor se van las toxinas del cuerpo y del alma. Hay quienes agregan plantas alucinógenas y marihuana. Pese a ser una excelente terapia para varias enfermedades, quien sufra de claustrofobia, diabetes, várices, cardiopatías o presión arterial no debe entrar a un temazcalli, ya que lo mínimo que podría ocurrirle es un desmayo. Y yo estoy al borde de uno. Gabriela me recomienda aproximar la cabeza contra el piso de tierra para respirar mejor, pero el dolor físico me lo impide. Los cánticos, los tambores, las rocas al rojo vivo, la sofocación, el encierro, el sudor, el fuego, Tonantzin, que es la Pacha Mama, la madre tierra, el pensar que si a alguien le da un ataque de pánico todo puede terminar mal, el aroma agradable de las hierbas, el saber que pese a todo y después de tantos caminos estoy donde debo estar, el suplicar al aire que no me abandone, el saber que estoy en las entrañas de México, bebiendo sus creencias precolombinas, la maldita claustrofobia en lucha con mi orgullo, la oscuridad, el rugido del jaguar, las cosas en que creo y las cosas en las que no, la muerte, el renacer, la tierra, la tierra, la tierra… Cuando salgo del temazcalli me echan agua helada en la cabeza y me extraña que no se me haya cocido el cerebro. Poco después me recupero y voy hacia el Rafa, que aguarda a sus padres en el patio, cubierto con una toalla. Le refriego en la cara al enano que aguanté más que él, un mísero cobarde mexicano. Ya en la noche siguiente, de regreso a la capital, voy durmiendo en el asiento del copiloto, deshecho y en paz, como si hubiera pasado por 100 terapias. Claro, no les he contado todo. Abro los ojos, o creo que lo hago. Hoy no tendré ganas de escribir críticas a nuestros adversarios políticos. Miro a la carretera sombría y lo veo. Manso y seguro, cercano y lejano, un jaguar corre a mi lado.  

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