Imprevisible y críptica

Por Eduardo Platero.

Me refiero a la memoria, no a la de recordar cosas de todos los días, sino a la que te ayuda a reflexionar. De manera inesperada se produce un circuito en tu cabeza que une algo de tu presente con algo que tenías almacenado y que, al parecer, no tienen nada que ver. Y sin embargo, de forma críptica, la memoria te está haciendo presente algo almacenado porque tiene que ver con tu presente. Para ser claro, me referiré al caso concreto. Estaba leyendo algo acerca del “presunto” atentado contra Nicolás Maduro cuando la memoria me evocó una escena de la ópera que Federico García Vigil compusiera en torno a la figura de Benito Mussolini, libretada o versificada (no sé cómo se dice) por Mauricio Rosencof. En la escena evocada, una pareja, de las que han sacado partido con el ascenso del fascismo, transita del brazo, desde un costado en donde se está reprimiendo, hacia el otro costado, en el cual están de banquete. Banquete al que concurrirán, pero, mientras transitan, uno de ellos le dice a su consorte algo así como: “No mires; así podremos decir que no estábamos enterados”. La clave estaba en “no mirar” pese a que lo sabían; en poder decir que no estaban enterados. ¡No me reclamen exactitud! Vi la obra cuando la estrenaron, una sola vez y no soy muy bueno en música. Lo que retuve fue la actitud: no miramos, así podemos decir que no lo vimos, pese a que lo vimos, que fuimos plenamente conscientes de lo que estaba pasando y nos hicimos los ignorantes. Por miedo e impotencia, ya que nada podíamos hacer por evitarlo o, por lo menos, nos parecía que nada podíamos hacer. Y porque, de alguna manera, sacábamos partido de la situación. Y otro recuerdo me ayudó en la reflexión que hoy quiero compartir con ustedes. Cuando vivíamos en Sarandí del Yi, cuando los años de mi segunda y muy feliz infancia, teníamos gallinero en la “quinta”. Estaba la inmensa casa con su patio con tangerinos y jazmines, luego una cochera de una empresa de pompas fúnebres en donde mi padre guardaba el Chevrolet del 28 junto a las carrozas y luego, la “quinta”, como un cuarto de manzana que nos correspondía, y junto con los canteros, teníamos el gallinero, siempre poblado y del cual, en los cumpleaños y cosas así, sacábamos dos pollos para hacer al horno. A mí me tocaba escogerlos, retorcerles el pescuezo y traerlos. De lo demás se encargaban mi madre y la empleada. Como el espacio era grande, teníamos un gancho de alambre para cazarlos de la pata y traerlos. Los ojeaba, porque no es como con los corderos, que les tanteás el rabo; tratándose de pollos, la cosa es a ojo. Seleccionaba los que me parecían mejores y deslizaba el gancho hasta cazarlos. Peleaban un poco, pero nada del otro mundo. No era lo mismo con los pavos o los patos, pero eran menos las ocasiones. Ahora que lo pienso, podríamos internarnos en disquisiciones acerca de “la banalidad del mal” y eso, pero, yo pensaba únicamente en liquidar rápido para ir a jugar y en lo ricos que quedaban con bananas fritas y salsa de choclo. La memoria me estaba indicando que pusiera atención en la actitud de los pollos y gallinas. Se inquietaban un poco con mi presencia, se advertían con ese sonido que hacen para avisarse; el mismo que emiten si sobrevuela un chimango. Y se alejaban del intruso poniendo atención. En cuanto pasaba el revuelo de los dos cazados, volvían a su estúpido e inútil picoteo, que, más que buscar comida que poníamos en el comedero, indicaba que “todo estaba normal”. Como criamos gallitos canarios y de riña, sabíamos, por los primeros, que cuando uno se rendía, luego de disparar, avisaba que no quería seguir en combate picoteando. Los ingleses morían peleando, pero los canaritos picoteaban como diciendo “no me interesa la riña, me someto y busco comida”. Bueno, no es que los personajes de la ópera no supieran: hacían como si no supieran y picoteaban fingiendo que buscaban de comer, es decir, prosperar. Concurrían a los banquetes y saraos festejando el régimen y haciéndose los ignorantes. Los pollos y gallinas creo que lo hacían de estúpidos, porque olvidaban rápido y a lo sumo se sentían aliviados porque no les había tocado a ellos. A esta altura, todos se estarán preguntando a dónde quiere llegar Platero con este divague de la memoria, la banalidad del mal y los pollos que mató y comió en Sarandí del Yi. Ya estoy llegando. Todo empezó con el asunto del “presunto” atentado a Maduro, al cual, además de poner en duda a sus autores, los medios le dedican un espacio mínimo. ¿Lo quisieron matar? No lo creo. Debe de haber sido un autoatentado para hacerse la víctima. “También, con tantos que no lo soportan más”. Le han dedicado mucho más espacio a los que emigran que a un atentado que pudo haber terminado en masacre, que tiene autores confesos y senadores que admiten su complicidad. Mucho más espacio en los medios ha ocupado el presunto y fracasado intento ruso de asesinar a un exagente de la KGB, hace años refugiado en Reino Unido; truculento, con un veneno químico muy raro que parecería que vino desde allá para fracasar en el intento. Vamos, mucho más eficiente es una pistola 45 y no hay que traerla de tan lejos y con tantos peligros. Pero el “presunto” atentado contra Maduro es una noticia de cuarta que no conmueve más que a sus aliados incondicionales como Cuba y Bolivia. Ah, y a ese “otro” de Nicaragua. Son mucho más sabrosas las notas sobre “la ruta del dinero K” o las confesiones de los “arrepentidos” que cada vez son más y todo se vuelve un matete de “me dijo, me dijeron”. Y nosotros, como los pollos de mi recuerdo, nos sentimos aliviados de que el gancho no nos haya elegido y picoteamos haciendo que no vimos nada o adoptando una actitud de “yo no vi nada” por si algún día me preguntan. Los medios, que nos proporcionan detalles sobreabundantes de la mansión que le regalaron a Wanda Nara, del hambre que están pasando los venezolanos (cosa de la que no dudo, pero tampoco creo que sea tan desesperada) o de los muertos de un atentado en Pakistán. La verdad, ya ni leo ni llevo cuenta de los atentados y los muertos en Pakistán. ¡¿Qué puedo hacer desde tan lejos?! Con este asunto de los pollos, la ópera de Federico y mis reflexiones no estoy tratando de pasarle factura a Nin Novoa por el silencio estruendoso de nuestra cancillería. No ha sido únicamente esa cartera; el gobierno trata de pasar ligerito por este asunto y ponerse, como mis pollos, a picotear con aire de yo no sé nada. “¿Pasó algo?”. Seamos realistas: ¿qué podemos hacer? Estamos en medio de arenas movedizas y no sabemos si movernos en alguna dirección no nos enterrará de lleno en el sumidero. Las grandes potencias están en terrible forcejeo y el que queda mal acomodado se hunde. Argentina prendida desesperadamente al FMI, dispuesta a ignorar las mayores manifestaciones y tirando temas polémicos para ver si se alivia dividiéndonos el frente. Ya gastó la mitad de lo que le dieron, desató al caballo desbocado de la carestía y está dispuesto a vender hasta los calzones de la abuela. Brasil, oscilando entre un Temer que mantendrán hasta que puedan y con una alternativa terrible: Bolsonaro, el golpe militar que los generales más lúcidos tratan de evitar porque la ven feísima. Y  manteniendo en una especie de limbo a Lula. Si no hay más remedio, lo dejarán competir y hasta ganar; siempre tendrán el juicio político si se desmanda. Y nosotros con malas cosechas, la carne paraguaya en las carnicerías, Pili, que puede ser otra Pluna, y Conaprole, a la que creemos tan grande y en el océano de las finanzas es apenas una mojarrita. En fin, no eran únicamente cínicos o burros los de la ópera. No es la primera vez que me siento como pollo en el gallinero o cordero en el corral. El depredador ronda siempre. A veces más lejos, a veces más cerca. Y nosotros no hemos encontrado la forma de defendernos agrupándonos. La realidad es dura y uno busca desesperadamente una forma de eludir o de enfrentar, una alternativa viable y progresista. Hay veces en que aspirar a la “pública felicidad” resulta hasta doloroso. Pero veremos. Como dicen, “no está muerto quien pelea ni quien a la guerra va”.  

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