Juan Estévez: «Soy un periodista que se atrevió con la literatura»

Formado en el periodismo, y especialmente en el campo de la crónica, Juan Estévez se convirtió en una de las voces más potentes de la escritura uruguaya. Su primera novela, Entusiasmo sublime, fue ganadora del Premio Nacional de Literatura. Y acaba de editar la segunda, AgarralaGalarragA, sobre la que Gustavo Espinosa escribió una elogiosa y entrañable reseña.

Estévez

Textos: BL

Hace más de una década que decidió quedarse en Villa Soriano, un pueblo de sobrevivientes, ha dicho Juan Estévez (1956). Allí vive, trabaja, escribe, sueña, curte el rock, casi a contrapelo de los clisés más afectados de la clase cultural. Y allí, y desde allí, viaja en moto, lo que define su forma de encarar la vida. Se formó como periodista en la práctica diaria, lejos de la academia, y desde ese mundo, desde el mundo de la crónica, llegó a la ficción. Tiene varios libros editados a nivel local, pero fue con la novela Entusiasmo sublime (Estuario, 2017) que su escritura rompió la frontera local, fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura, y se convirtió, ya grande, en una revelación, en un creador “emergente”, esa etiqueta nefasta con la que se suele “organizar” los mapas de la creación artística. Ahora editó AgarralaGalarragA, su segunda novela, y sigue dispuesto a escuchar y escribir esas historias que están debajo de la vidriera más iluminada de la realidad.

 

Estévez dixit

“No incursiono en temática técnica porque bastante audaz soy para meterme de colado y no me da para opinar de gramática u ortografía”, dice Juan. “Tengo que pensar muy bien antes de ubicar la diferencia entre sujeto y predicado. Escribo para contar y trato de entretener, para lo cual utilizo elementos que más o menos conozco, traducidos con mi forma de ver, entender y sobre todo vivir mi vida. La escritura ha sido una manera de compartir guiñadas”.

 

¿Cuánto puede enriquecer la ficción a nuestra experiencia de lo real?

La lectura de la realidad por lo general es demasiado grosera e indigesta así que incursiono por vericuetos del humor y en la visión poética, entendiendo como tal a un barniz indeleble de amor. Me es muy difícil despegarme del amor humano, del dolor de la pobreza, de la ingenuidad. Intento que se metabolice la crónica aderezando el relato con ficción cargada de verosimilitud. Creo. Soy periodista empírico. No tengo título, lo máximo que he estudiado fueron dos libritos cubanos sobre periodismo social y con algunos conceptos a cuestas y la absoluta libertad que me dieron en el diario Crónicas de Mercedes fui construyéndome. Escribía una crónica por día referidas a gente común, exitosos de oficios, pobres ricos en humildad… Vengo de la pobreza y les creía. Y los amaba. Los amo.

 

¿Cómo incidieron la moto, el entorno inmediato, tu familia, la música, en tu labor periodística, en la escritura de ficción?

El periodismo es mi manera de sobrellevar la vida, las historietas, el cómic me llenaron de imágenes para ficcionar. El motociclismo ha sido la única manera  de poder meditar. Soy inquieto y de distracción fácil y manejar muchos kilómetros me hace concentrarme, más aún si me cuelgo auriculares y escucho rock. Entusiasmo Sublime tiene mucho rock (en los primeros párrafos se menciona “C’est la Vie”, de Emerson, Lake and Palmer). En AgarralaGalarragA hay bastante menos, pero hay.

 

¿En qué cambió tu vida como escritor el Premio Nacional de Literatura?

Fue mi primera novela y el premio me puso la cocarda de escritor. Creo que soy un periodista que se atrevió con la literatura. Sólo eso.

 

¿Cómo es crear lejos de Montevideo, este enclave que suele asumirse -para mal- como el ombligo de la vida cultural del país? ¿Qué implica vivir -o sobrevivir- con la escritura en el interior?

Montevideo existe. El Interior insiste. Esa dicotomía es resuelta por cada quien según le salga. A mí no me pesan las distancias y mis referentes están en Salto, Treinta y Tres, San José, Fray Bentos, Mercedes, Maldonado, Montevideo. La geografía se la fagocita internet.

 

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Tuve la idea de escribir un libro reportaje sobre el asesinato de Joaquín Kkuver, estudiante mercedario, en 1972, muerto por un tiro de fusil por la espalda. Pero creo que abandonaré la escritura.

 

 

Espinosa dixit

Bajo el título “Crónica de un niño solo (apuntes sobre AgarralaGalarragA)”, el escritor Gustavo Espinosa escribió la siguiente reseña sobre la segunda novela de Juan Estévez.

“Aunque narra la vida de los plebeyos -de los que crecimos en el siglo pasado, sin heladera ni agenda de derechos, con olor a Primus- la segunda novela de Juan Estévez tiene un abolengo ilustre. Es un relato de iniciación, un Bildungroman dicen los alemanes: la crónica del crepúsculo de la infancia. El protagonista de este crecimiento es Iván, un niño pobre de un barrio de Mercedes, alrededor de 1966. Tal vez el ancestro más viejo y más ilustre de este subgénero es el Lazarillo de Tormes (1554), historia de un niño serio que se construye determinado por la penuria. Pero inesperadamente, acaso también Proust figura entre esos trasabuelos de Iván: allí está la memoria, sus vaivenes y remolinos, sus bifurcaciones sorprendentes como impulso que hace fluir con tensión o con júbilo (pero nunca tediosa) la narración. Y está también en esta nouvelle saludable toda la tradición del realismo, el de Lazarillo, pero también el de Flaubert, y su versión nacional y popular: Espínola y Morosoli. Lo que hay de ellos, lo que más me gusta, en estas páginas de Estévez es la meticulosa estetización de lo ínfimo: “Iván entró delante de su madre a una habitación grande, la olió, tocó el Primus parado sobre una bandeja con publicidad impresa de cerveza Doble Uruguaya en la que un Papá Noel sin gorro navideño sostenía una jarra con espuma sobrepasando el borde. Todo encima de una mesita con mantel de nailon chamuscado por las salpicaduras del alcohol encendido y algunos fósforos arrojados sin cuidado”.

“[…] Pese a que en cada página de AgarralaGalarragA esplende un cromatismo deslumbrante (el verde flúo de un muñeco de plástico, el destello azul de las centellas, el verde de loros, árboles y pastizales después de la lluvia, las calles de greda roja), la novela se ve en blanco y negro. Tal vez porque una convención del cine nos impone esa modalidad para la representación del pasado: esta novela es un largo e intenso flashback respecto de Entusiasmo sublime, la primera de Estévez. Creo, sin embargo, que esa ilusión del blanco y negro me llega mediante una percepción formateada por otras formas de la ficción: tal vez sin proponérselo, Estévez realiza, punto por punto, la estética del neorrealismo italiano. Esta tendencia, aparecida en la segunda posguerra, se caracteriza por privilegiar la emotividad de los personajes sobre la trama, los ambientes pobres y aún miserables, la improvisación (o la ilusión de improvisación) como modo de representación de la realidad social, el uso de locaciones exteriores y actores no profesionales, las intermitencias melodramáticas. Los personajes de Estévez, sobre todo Iván, su hermano el Cerote, su madre Lala, Bigotes, el solemne fabricante de escobas, la pandilla de gurises descalzos, parecen libres de los protocolos o estereotipos de la literatura. Hay un aire no profesional en ellos, como si se los hubiese puesto allí a representar, ante la mirada que los registra, unas formas de vivir que son las suyas propias. Pese a que ese registro es puntilloso y casi siempre poético, no hay en esos personajes ni en sus peripecias ni un síntoma de aquella peste que Onetti llamaba literatosis”.

“[…] Además de las filiaciones prestigiosas que apunté al principio, AgarralaGalarragA tiene una relación de hermandad con El zambullidor, la nouvelle con que Luis Dos Santos irrumpió urbi et orbi en 2017. En ambas se evoca una arcadia pobre desde la perspectiva de un niño. En una y otra historia lo que alcanza al lector es el reflejo del mundo fascinante y amenazador de los márgenes en la sensibilidad de un niño que, en soledad, va dejando de serlo. No se trata de niños radicalmente abandonados, como Lazarillo o como el protagonista de Plegaria para un niño dormido (o el de Chiquilín de Bachín de Piazolla-Ferrer, o de Hay un niño en la calle de Tejada Gómez). Estos niños del interior del Uruguay tienen un amparo familiar, un amor hosco y contrariado que los protege y los maltrata. Por eso viven extrañados y distantes de sus adultos. Tienen que resolver solos las complejidades y desencuentros que el mundo les propone. Por eso se refugian en la transgresión (las travesuras más o menos riesgosas que serán fatalmente castigadas con palizas maternas) y en la fantasía. Pero esta imaginación fantástica es de distinta índole en El zambullidor y en AgarralaGalarragA. En Dos Santos está más cerca de la oralidad popular; hay muertos que se arriman a conversar como en Rulfo. Todo está allí más cerca de lo real maravilloso. En Estévez la fantasía de Iván ya está determinada por la industria del entretenimiento. Hay, en la página 38, un prolijo catálogo de revistas y/o personajes de historietas; hay referencias muy precisas a la saga de los superhéroes de DC o la mitología del Llanero Solitario. Casi todo este mundo le llegaba a Iván y, probablemente a Juan Estévez, traducido al mexicano por las revistas de la Editorial SEA (pocos años después a mí me llegarían por la Editorial Novaro). Y en el núcleo del relato, el amigo imaginario de Iván, el Galarraga del título, se materializa en un muñeco de plástico fosforescente que es uno de los enanitos Disney de Blancanieves. La cultura de masas, su merchandising llega a las orillas del mundo y sustituye a la tradición oral”.

“[…] Soy un lector privilegiado de AgarralaGalarragA. No por haber escrito cuatro o cinco libros ni por trabajar de profesor de literatura. Hay una zona común (sociocultural, generacional). Sé perfectamente quién era Roy Rogers, usé zapatos Durabel, no me extraña la palabra sanforizado para designar a un gurí travieso, y no me sorprende que Lala, la madre del protagonista, azote – un día sí y otro también – a su hijo, sin dejar por eso de ser connotada amorosamente por el narrador. Otros lectores más nuevos tendrán una recepción enrarecida o enriquecida de este mundo. Lo verán con cierto distanciamiento antropológico. Así, esta novela agregará a la exactitud de su calibre estético el valor de un testimonio histórico”.

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