La convulsión latinoamericana

Apenas un día después del resultado electoral en Uruguay, el Fondo Monetario Internacional (FMI) reapareció, tras muchos años sin meter cuchara en el ámbito local, recomendando cambios en la política económica y medidas fiscales de ajuste que debería aplicar el próximo gobierno.

El FMI y La convulsión latinoamericana

Bastó una elección en la que el Frente Amplio (FA) no alcanzara su expectativa por tres o cuatro puntos, llevando el proceso electoral a una segunda vuelta en la que la izquierda puede perder, para que el Fondo hiciera oír su voz temeraria, con el carácter imperativo que suele imprimirle. Simultáneamente, el gobierno de Estados Unidos (EEUU), que es el mayor acreedor y, por lo tanto, el Estado con más peso en las decisiones del FMI, reclamó al presidente electo de Argentina, Alberto Fernández, que cumpla con los compromisos asumidos con el organismo por el país durante el gobierno de Mauricio Macri, al que financió con un préstamo exorbitante, aun a sabiendas de que era imposible de pagar. En pocas horas EEUU y uno de sus organismos subordinados se encargaron de marcar la cancha a dos países que acababan de vivir procesos electorales el mismo día, pero en condiciones económicas y sociales diametralmente opuestas.

Los llamativos pronunciamientos de EEUU y el FMI deben ser anal Izados a la luz de los acontecimientos que están sacudiendo a la región. En particular, cabe consignar la dramática situación de Chile, donde el gobierno de Sebastián Piñera tambalea ante un verdadero estallido social, provocado por el descontento acumulado en décadas de neoliberalismo, cuyo detonante definitivo fue el incremento del precio del transporte decretado por el gobierno y resistido a tal punto por la población, que el gobierno instaló el estado de excepción, la militarización de las ciudades principales de Chile y el toque de queda, con un saldo trágico de miles de heridos, detenidos, desaparecidos y más de 20 muertos. Piñera enfrenta ahora acusaciones constitucionales, manifestaciones que no cesan y exhibe un nivel de impopularidad tan grande, que resulta difícil proyectar que su gobierno de sostenga. Sin embargo, EEUU ha salido a respaldar al gobierno chileno y ha responsabilizado a gobiernos del exterior de promover y organizar el estallido, como si semejante revuelta careciera de motivos propios. Antes de Chile, el gobierno de Lenín Moreno en Ecuador también debió recurrir al estado de excepción y a la utilización de fuerzas armadas para contener el movimiento social ecuatoriano, que reaccionó con furia a la aplicación del programa del FMI, que incluyó la eliminación de subsidios a los combustibles, con el consiguiente ajuste al alza de todos los precios y tarifas. También en el caso ecuatoriano, se contaron por cientos los heridos y detenidos y hubo que lamentar muertes, hasta que el gobierno debió dar marcha atrás, al menos parcialmente, con el paquetazo neoliberal del FMI.

En el caso ecuatoriano, EEUU, como sus gobiernos aliados en la región, tampoco perdieron la oportunidad de acusar públicamente del estallido social, fundamentalmente indígena, a los gobiernos de Venezuela y Cuba. La situación que se produjo en Ecuador hizo temer a Lenín Moreno por la posibilidad real de que su gobierno cayera por las movilizaciones y, por supuesto, de forma subterránea requirió el apoyo de EEUU. De hecho, diversas fuentes dan cuenta de que emisarios de Moreno se reunión con una organización fachada de la Usaid, conocida como Creative Asssociates International (CAI), con sede en Washington, para requerir fondos rápidamente en un contexto de gran inestabilidad. Hacía tiempo que Moreno y su gabinete venían buscando beneficiarse de fondos de la Usaid, que es la “Agencia de Estados Unidos Para el Desarrollo”, un organismo privilegiado en la política exterior de los EEUU para promover operaciones de todo tipo, que no pocas veces han incluido la desestabilización de gobiernos que llevan una línea discordante con las directivas del Departamento de Estado. Lo que apuró las cosas fue el contexto. Con estos fondos de la Usaid, canalizados por la CAI, Lenín Moreno puede financiar la campaña política permanente contra su antecesor, Rafael Correa, con el apoyo inestimable de los medios ecuatorianos, y comprar favores políticos. Pero, además, es probable que se asegure un sobresueldo permanente para él y los miembros de su gabinete, como es de estilo en este tipo de programas ocultos de EEUU. El programa de la Usaid que le interesa a Moreno es el vinculado a la formación de líderes y activistas opositores venezolanos entre las comunidad venezolana migrante al Ecuador. Activistas dispuestos a la violencia cuando son introducidos en Venezuela. Para eso hay fondos infinitos en EEUU y masticar un poco de esa torta siempre es buen proyecto para este tipo de gobiernos, aunque habitualmente con la excusa de que son programas pensados para evitar que venezolanos migrantes caigan en la violencia o en el narco, producto de la precaria situación económica que padecen.

Como es evidente, el neoliberalismo está haciendo estragos en los países en los que se aplica: Chile, Ecuador o Argentina son muestras de ello, donde se han producido gigantescas reacciones sociales. No son las únicas naciones en este momento porque América Latina exhibe conmociones sociales en todos lados, pero son las que han llegado a situaciones más extremas. Y EEUU siempre está, o bien por sí mismo, a través de declaraciones o sanciones, o bien por intermedio de organismos supuestamente multilaterales, pero que controlan, como el FMI o la Organización de Estados Americanos, o incluso con organismos de fachada como la CAI y, por supuesto, a través de las agencias destinadas específicamente para esto, como la Usaid. Están en todos lados, están en todos los conflictos que vemos, en algunos casos protegiendo a sus gobiernos aliados, en otros, intentando destruir a sus enemigos. No paran. Su vocación de imperio no se detiene nunca.

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Gorostiaga.

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