La Ruta de la Seda

La diplomacia del ping-pong cumple 50 años

Por Daniel Barrios.

China

Desde que Mao Zedong proclamara, el 11 de octubre de 1949, la fundación de la República Popular China y pusiera otra vez al “pueblo chino de pie” devolviéndole  la dignidad perdida en el “siglo de humillaciones” -100 años de invasiones, intervenciones de las potencias occidentales, Rusia y Japón-, Estados Unidos y China interrumpieron sus relaciones económicas, políticas y diplomáticas.

La recién nacida república, comunista y aliada de la Unión Soviética, representaba una amenaza al equilibrio inestable de la Guerra Fría entre Washington y Moscú.

Desde entonces, y por más de 20 años, fueron enemigos acérrimos e implacables y sus ejércitos se enfrentaron en la Guerra de Corea y en Vietnam con un saldo de decenas de miles de muertos en cada uno de los bandos.

El divorcio se mantuvo hasta finales de los 60 cuando ambas partes empezaron a repensar su política hacia la otra y de ellas hacia el resto del mundo.

En lo que aún hoy se reconoce como uno de los ejemplos mejor logrados de la realpolitik o pragmatismo político, los dos países iniciaron un proceso de casi 10 años que culminaría con la total normalización y establecimiento de las relaciones diplomáticas el 1º de enero de 1979.

El acercamiento con Beijing representaba para Washington una oportunidad estratégica en su lucha por la hegemonía del bloque capitalista que lideraba, frente a la otra superpotencia comunista, y la posibilidad de un interlocutor con el gobierno del norte para encontrar una salida “digna” del pantano de la Guerra de Vietnam.

Por su lado, la República Popular – en un proceso de ruptura política e ideológica con el partido comunista soviético desde los tiempos de Nikita Khruschev y agudizado durante el mandato de Leonid Brézhnev por disputas territoriales que llegaron a un enfrentamiento armado en el río Ussuri en 1969-, necesitaba de una potencia del calibre de Estados Unidos para romper su aislamiento e ingresar por la puerta grande al mundo de las relaciones políticas y económicas internacionales.

Fue en este contexto que el primer ministro Zhou Enlai y Henry Kissinger, consejero de Seguridad Nacional del presidente Richard Nixon, dieron el puntapié inicial al tortuoso y complejo proceso de deshielo.

El hermetismo chino impulsado por Mao, las secuelas de la Guerra de Corea, el estatus de la isla de Taiwán, el sentimiento anticomunista de Washington, el ingreso de China en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas hasta la famosa negativa del secretario de Estado John Foster Dulles a estrechar la mano de Zhou Enlai en 1954, durante una conferencia internacional sobre Vietnam celebrada en Ginebra, eran algunos de los tantos obstáculos que conspiraban contra cualquier tipo de entendimiento.

Sin el protagonismo de Zhou y Kissinger, el acercamiento hubiera sido imposible. El primero, que pasó parte de su juventud en Inglaterra, Francia y Alemania, estaba convencido de que China no podía seguir siendo un eterno espectador del escenario mundial, mientras Mao, por el contrario, recurría a su proverbio favorito para describir la Guerra Fría entre Washington y Moscú: “Sentarse en lo alto de la montaña a ver la pelea entre dos tigres”.

Tampoco fue fácil para Kissinger convencer a Nixon, quien, siendo vicepresidente de Eisenhower, había jurado que en una eventual presidencia suya, Estados Unidos no negociaría jamás con China comunista.

Sin embargo, la historia oficial registra que el primer paso en el restablecimiento de relaciones entre Estados Unidos y China tuvo poco que ver con el entramado político que tejieron los dos políticos y mucho con el deporte.

El mundo que hoy conocemos comenzó a gestarse en abril de hace medio siglo en un encuentro casual durante el Mundial de Tenis de Mesa que se celebraba en Nagoya, Japón, cuando un jugador estadounidense perdió el omnibus de su delegación y -violando el protocolo que prohibía a los atletas chino hablar con sus rivales “capitalistas e imperialistas”-, fue invitado a subir en el vehículo que transportaba a los atletas asiáticos.

Según cuenta la leyenda política, cuando Mao vio la foto de ese encuentro en el Diario del Pueblo, ordenó a Zhou invitar inmediatamente a la delegación estadounidense a visitar China. Cuatro días después, un 10 de abril de 1971, 15 deportistas fueron los primeros estadounidenses en cruzar el “telón  de bambú”, la barrera física e ideológica que, según Estados Unidos, separaba la República Popular del mundo occidental desde 1949.

Así nacía la diplomacia del ping-pong, que dio paso a la llamada “operación Marco Polo”, la misión secreta de Henry Kissinger para negociar con Zhou el restablecimiento de las relaciones diplomáticas y convencer a China de que recibiera al presidente de Estados Unidos. Fue así que, el 21 de febrero de 1972, Richard Nixon aterrizó en Beijing convirtiéndose en el primer presidente de Estados Unidos en visitar la República Popular China, abriendo una nueva etapa en las relaciones entre la potencia del norte y el gigante asiático, según Kissinger, una “alianza tácita” que sepultó el mundo bipolar y abonó el terreno para un multilateralismo que maduraría en los 90 tras la desintegración de la URSS.

Al final del histórico viaje de Nixon, que él mismo calificó como “la semana que cambió el mundo”, los gobiernos chino y estadounidense emitieron el Comunicado de Shanghái, la primera declaración conjunta, preludio para establecer las relaciones diplomáticas y en la que, por primera vez, Estados Unidos reconoció la política de “Una China”, aceptando que la República Popular ocupara el asiento de Taiwán en el Consejo de Seguridad de la ONU.

“La pelota pequeña es la que mueve la pelota grande”, afirmó Mao luego del encuentro con Nixon, atribuyendo a su gobierno la iniciativa en las negociaciones bilaterales.

Cinco décadas después, las tensiones entre las dos potencias se han ido exacerbando y el “aliado tácito” de entonces pasó a ser, para la Casa Blanca de Trump, el “enemigo estratégico” de una guerra comercial y tecnológica que muchos describen como una nueva “Guerra Fría”.

«Tenemos que admitir una dura verdad. Si queremos tener un siglo XXI libre, y no el tipo de siglo con el que sueña el presidente chino, Xi Jinping, el viejo paradigma de interacción con China simplemente no funciona», afirmó el secretario de estado Mike Pompeo, semanas antes de dejar su cargo, en referencia al tipo de diplomacia desplegada por Nixon.

«No debemos continuar con [ese modelo] y no debemos volver a él», añadió en un discurso titulado China comunista y el futuro del mundo libre, que, para expertos en temas internacionales, tenía la intención de articular una doctrina a largo plazo, la doctrina Pompeo para las relaciones entre Estados Unidos y China de las próximas décadas.

Al neto de los exabruptos, insultos y amenazas que caracterizaron la época “trumpiana”, Joe Biden también lo apuesta todo contra China y su objetivo declarado es acabar con la hegemonía de su gran rival.

Semanas antes de asumir su cargo de consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, en coautoría con Kurt Campbell, principal asesor de Biden en temas asiáticos, publicaron un artículo en la revista Foreign Affairs (Asuntos Exteriores) en el que abiertamente declararon que «la era de acercamiento con China había llegado a un abrupto final”.

Evidentemente la política internacional (y de alguna manera su agenda doméstica) gira alrededor de China, que, para el gobierno de Biden, es el «único competidor potencialmente capaz de combinar su poder económico, diplomático, militar y tecnológico para ejercer un desafío sostenible contra un sistema internacional estable y abierto”.

Antes de embarcarse en una “Guerra Fría, capítulo dos”, Estados Unidos debería reconocer que China es y seguirá siendo por muchos años más el competidor más poderoso que haya enfrentado jamás y considerablemente más poderosa económicamente (y un rival militar a su mismo nivel en términos de su propia seguridad) y con una influencia internacional muy superior y decisiva que la ex Unión Soviética. Basta recordar que, en su máximo apogeo, el PIB de la URSS no llegó a alcanzar el 40% de EEUU. China en cambio lo alcanzará antes de finales de esta década (y ya supera desde 2015 si se mide en términos de paridad de poder adquisitivo).

“Comenzar una nueva Guerra Fría, rechazar, amenazar o intimidar a otros, imponer deliberadamente el desacoplamiento, interrumpir el suministro o sanciones y crear aislamiento o distanciamiento solo empujará al mundo a la división e incluso al enfrentamiento”, había advertido Xi en el foro de Davos a pocos días de la asunción de Biden.

Muy por el contrario, Biden en su primera conferencia de prensa presidencial presentando lo que será su política exterior, sostuvo que la competencia geopolítica será entre modelos de gobernanza, “una batalla entre la utilidad de las democracias en el siglo XXI y las autocracias”. Un buen epitafio para la lápida de la moribunda diplomacia del ping-pong.

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