La ejecución

Por Leonardo Borges.

¿Quién era este César Díaz, que era conducido hacia un patíbulo oscuro, que observaba atónito los cañones de los fusiles que lo iban a matar? Hacía muchísimo calor aquel fatídico día, era dos de febrero de 1858; habían pasado tan solo veintiocho años del nacimiento del país, y tan solo un par de décadas del doloroso parto, de la divisa por la que estaba por morir. La colorada, la de los forros de los ponchos, la de Rivera, a quien él mismo había llamado cobarde.

Había nacido tan solo un años después del comienzo de la gesta artiguista, en un Montevideo descreído, utilitario y antiartiguista. Se había forjado como oficial del ejército. Siendo coronel, combatió en la épica batalla de Monte Caseros, el tres de febrero de 1852. Le contó a su madre inmediatamente, como un niño ante un nuevo juguete, que había estado en un hecho histórico. Habían vencido al Restaurador… Juan Manuel de Rosas escapó hacia Inglaterra y dejó el camino abierto a los Unitarios en Buenos Aires y a sus colorados en Montevideo.

 

Seguía cavilando el ya general Díaz, mientras era golpeado por unos soldados andrajosos que lo bajaron del caballo a las patadas. Era una verdadera afrenta para el elitista caudillo conservador.

–“¿Dónde está Medina?” –preguntó intempestivamente Díaz, mirando a sus lados, esperando desesperadamente una señal amistosa –“¿Dónde está Medina, carajo?” –volvió a preguntar ya tremendamente ofuscado.

Y un soldado descamisado le propinó una cachetada, casi como jugando, mientras miraba a sus compañeros, lo que hizo estallar una bomba de carcajadas de los demás soldados. “¿Por qué?”, se preguntó para sí Díaz, mientras mil pensamientos bombardeaban su cabeza. Recordó entonces todo aquel odio reprimido. Recordó entonces el día de la formación del Partido Conservador, por allá por 1853. Detrás de aquel improvisado partido se escondía el odio hacia los blancos y la negativa expresa de aquel país fusionista de no ostentar blasones partidarios. Detrás de estos hombres latía la Guerra Grande, la Defensa de Montevideo y las ideas coloradas. Recordó a algunos de sus amigos, Juan Carlos Gómez y su panfletario diario El Orden, recordó a Melchor Pacheco y Obes, el general que había conocido a Alejandro Dumas en París. Una vez le había mostrado la pintura que el hijo de Dumas le había regalado antes de partir hacia Montevideo. Y recordó muerte y recordó más odio. Un episodio le retuvo unos segundos: dos años después del fin de la Guerra Grande se conmemoraba el vigésimo tercer aniversario de la Jura de la Constitución, era 18 de julio y todos estaban preparados para olvidar los resquemores pasados y festejar. O no.

Ese día la guerra estalló por unas horas en Montevideo nuevamente. Frente a frente se encontraron dos escuadrones haciendo honores a los funcionarios, desfilando lentamente, observándose sigilosamente. La Guardia Nacional, de origen blanco, había nacido en 1835 y era liderada por Pantaleón Pérez. Los batallones Nº 1 y 2 al mando de los coroneles Solsona y Palleja, colorados hasta la médula. Recordó Díaz aquel día. Su orgullo ante la estampida de los batallones, los gritos, las balas. Los blancos que se habían retirado a recargar gritaban desencajados “Viva Oribe”, mientras que los otros gritaban “Viva César Díaz”. Qué orgulloso que estaba ese día.

Todo terminó de repente, cuando el general Pacheco calmó la cosa, pero él mismo la había comenzado, lo sabían muchos… pero callaron, era todo tan complicado. El presidente Juan Francisco Giro renunció junto con su ministro Bernardo Berro. Sonrió de repente Díaz, los soldados lo observaron extrañados. “¡No le tiene miedo a la muerte!”, comentó uno al otro, con sorpresa. Reía por aquel día en que el presidente y su ministro salieron corriendo, muertos de miedo, y se metieron en la legación francesa. Aquellos turbulentos años vieron el gobierno de un triunvirato, extraño pero funcional.

–¡Todos tienen que ser colorados! Tres colorados y mi voto es suyo –reunidos tertuliaban Juan Carlos Gómez, José María Muñoz, Pacheco y Díaz, tejiendo el futuro del improvisado país. Habían transado con Venancio Flores y el viejo caudillo Rivera, pero de repente uno tiró sobre la mesa un nombre que los dejó perplejos.

–¿Quién? Ese es blanco, Lavalleja peleó con Rosas –gritó Díaz.

–Se hará colorado –se escuchó una voz contundente.

“Mi desgracia ha consistido en haber creído en el Partido Blanco, que me hablaba en nombre de la ley y de la patria para hacerme instrumento de sus infamias y maldades. Pero Dios ha permitido que no muera sin poner el sable de Sarandí del lado del Partido Colorado, al cual he debido pertenecer toda mi vida…”, en primera persona, Lavalleja cerraba el trato.

“Cuánta vida, cuánta gloria”, pensó, para morir como un perro, solo y olvidado. Justo él, que había sido presidente. Tras la muerte de Lavalleja y Rivera, el triunvirato se había convertido sin quererlo en un gobierno unipersonal del general Flores, quien debió viajar al interior a sofocar levantamientos blancos. Así le llegó el poder, de buenas a primeras… y le llegó la oportunidad de llevar adelante todo lo que siempre había soñado.

“¡Y qué cerca estuve!”, pensó. Lanzó dos decretos inmediatamente después de ingresar al Cabildo, con el pecho inflado de orgullo. Primeramente, puso precio a la cabeza de Berro, con un decreto de ejecución. Por otra parte, derogó la Paz de Octubre de 1851, la que puso fin a la Guerra Grande. Con un movimiento de su pluma había reabierto un caso cerrado, “sin vencidos ni vencedores”. Buenos tiempos. Pero recuerda también las traiciones, y pasa de reír a fruncir el entrecejo, apretar los dientes y chocarse de frente con la cruda realidad. Iba a morir y ningún caudillo colorado, ninguno de los que se decían amigos, lo había apoyado. Ni Flores ni Silveira ni el Goyo Jeta ni Fausto Aguilar. Nadie estaba allí. Y recordó cuando Flores volvió al poder y derogó sus decretos, ni le preguntó. Cerró los ojos e increpó a Medina, su sicario, por su situación, pero nadie haría ya nada por él. Y odió aún más y con más fuerzas; amigos y enemigos complotaban, todos, todos contra él. Y cuando fue a abrir sus ojos, escuchó la voz firme de Medina: “Fuego”. Fue lo último que escuchó. Odio fue lo último que sintió.

 

2 comentarios en «La ejecución»

  1. Sin pretender cuestionar la versacion de Borges en temas históricos , me gusta afiliarme a la version de José Luciano Martinez, historiador colorado,que dijo que Diaz fue ejecutado a la luz del sol, al pie de un espinillo en Quinteros. En violacion de un pacto firmado por Medina que por las dudas, no sabia firmar.

  2. Excelente reseña Leonardo.

Comentarios cerrados.

Compartir: