La mentira como estrategia

A Uruguay algunas cosas llegan un poquito después. Pero llegan. Para bien o para mal, y pese a la jactancia excepcionalista de los orientales, los servicios, la tecnología y las modas que hacen patria en el mundo finalmente arriban a nuestras tierras.

Por Leandro Grille

No es que lleguen solas. Alguien las trae, seducido por el impacto en otras urbes u olfateando la posibilidad de hacer negocios, y no siempre es una experiencia próspera. Porque Uruguay es una comarca chica y hay cosas que sólo parecen resultar en sociedades grandes.

Entre las cosas que llegan también están los vicios. Y la política, tan proclive al heroísmo como a la miseria, es un ámbito donde funcionan la inspiración y la imitación, por lo que no debe sorprender que los métodos más repugnantes que operan en las campañas políticas internacionales tengan sus versiones y recreadores en el terruño.

Quizá la práctica más dañina para la democracia liberal del mundo occidental moderno, de por sí muy en entredicho por la dimensión de la desigualdad, es la manipulación de la información. La manipulación organizada de la información: la dispersión de mentiras, las campañas sucias, la difusión de rumores infamantes, y el uso de las más avanzadas tecnologías de la comunicación para manipular la percepción de la realidad de la gente e influir sobre la opinión de los individuos.

El profesor de sociología Philip N. Howard, experto en estudios de internet de la Universidad de Oxford, Reino Unido, se ha dedicado a estudiar el impacto de la propaganda computacional automatizada en la vida política de los países, entre ellos los más poderosos del mundo. En un artículo de octubre de 2016 detalla los resultados de una investigación sobre el uso de Twitter en el segundo debate en la campaña por la presidencia de Estados Unidos entre Hillary Clinton y Donald Trump. Howard rebela que el tráfico en esa red social a favor de Trump duplicó al tráfico a favor de Clinton, pero también que por lo menos un tercio de los tuiteros pro Trump eran robots, contra un cuarto de los tuiteros a favor de Clinton.

El uso de trolls (perfiles truchos gestionados por gente contratada) y bots (programas diseñados para publicar contenido de forma automática en las redes sociales), crear perfiles falsos e incluso “interactuar” con personas reales sin que las personas reales se den cuenta de que están conversando con una máquina, se ha extendido del marketing comercial al marketing político.

Cualquier partido político o candidato que cuente con los recursos suficientes puede contratar los servicios de una agencia que por una suma de dinero crea decenas de perfiles falsos y contrata gente para estar posteando todo el día con un guion dinámico. Por un poco más de dinero se puede acceder a la tecnología de los bots que publican o retuitean la información que se les proporciona, alcanzando una amplificación extraordinaria.

Si se añaden recursos y tecnología, se puede comprar big data. Es decir, toda la información que tienen los monstruos del ciberespacio sobre los usuarios: datos tales como sexo, edad, filiación, gustos, ideas políticas, religión, lugares favoritos, dónde estuviste cada minuto desde que tenés celular con internet, qué películas o series mirás, qué música escuchás, qué ropa te ponés, quiénes son tus seres queridos, entre otras miles de cosas que se pueden saber sin tener que leer o escuchar las conversaciones que surgen de la metadata. Y con esa información, las campañas políticas se pueden personalizar. A tu perfil de Facebook le puede llegar el tramo del discurso de un candidato en el que justo habla de algo con lo que vos podés estar de acuerdo. O una publicidad política diseñada para vos y tus amigos. Maravillas del microtargeting.

Casi todo es posible si se tiene plata, aunque para acceder a algunas tecnologías además de plata se necesitan contactos con el poder. Hace unas semanas, cuando el fundador de Wikileaks, Julian Assange, confirmó a Nocaute que Michel Temer había sido informante de Estados Unidos, explicó que la campaña para destituir a Dilma Rousseff había sido fogoneada por robots en las redes sociales y subrayó que eso no era posible en América Latina “sin el apoyo de Estados Unidos”.

El uso de bots y trolls está muy extendido en Argentina y Brasil, y tuvo un impacto político notable en ambos países. Los ejércitos de trolls a cargo del jefe de gabinete de Mauricio Macri, Marcos Peña, ya ha protagonizado escándalos públicos. Sobre todo por sus campañas de desprestigio, eventualmente contra gente todavía más influyente que el presidente. En julio del año pasado, por ejemplo, se metieron con Marcelo Tinelli, y el conductor televisivo los bautizó de “troll centers” y los prendió fuego con capturas de pantalla en Twitter en las que el conductor tiene más de nueve millones de seguidores, contra los 3.600.000 de Macri o 4.700.000 de Cristina. El troll center de Peña tiene incluso oficina en la Casa Rosada, donde funciona bajo el nombre de Subsecretaría de Vínculo Ciudadano.

En diciembre de 2016, cuando se produjo la ocupación por jóvenes científicos de la sede del Ministerio de Ciencia y Tecnología de Argentina, en contra del recorte del presupuesto previsto por el gobierno para el ingreso a la carrera de investigador y el número de becas doctorales y posdoctorales, se produjo un feroz debate fogoneado por los medios sobre la pertinencia de las líneas de investigación científica en ese país. Los medios se encargaban de tergiversar el contenido de las investigaciones para presentarlas como ridículas y desconectadas de la realidad, de forma de justificar el ajuste. Pero además, en las redes sociales mucha gente salía a replicar información y comentarios contra los científicos (también mucha a favor), presentándolos como parásitos o ñoquis del Estado. Hasta que una investigación realizada por dos jóvenes científicas argentinas (Analía Celeste y Yamila Abbas) demostró que mientras que los comentarios a favor de los científicos y la inversión en ciencia y tecnología los producían usuarios desperdigados, los comentarios en contra se organizaban en torno a superusuarios de las redes, tipos mencionados o retuiteados miles de veces.

Mientras que los que se expresaban a favor comentaban todos los días, los contrarios lo hacían ¡los días de semana y en horario de oficina! Tan esclarecedora es la investigación, que vale la pena revisarla para estar advertidos de lo que son capaces los expertos en manipulación (https://elgatoylacaja.com.ar/jugada-preparada/).

Pues bien, en Uruguay estas cosas también existen y se están poniendo a punto. Basta leer los comentarios a las notas políticas en el perfil de Facebook de Caras y Caretas, así como en otros medios y perfiles. Algunos temas o autores excitan a los troll centers, y los foros de los diarios o portales se llenan de un fascismo recalcitrante que parece surgir de debajo de las piedras de la sociedad, en ocasiones por fanáticos que avergonzarían al propio Trump. Por suerte, sólo algunos perfiles son reales. Otros son trolls. Y otros merecerían serlo.

Hay que estar alerta sobre estas prácticas y sus derivaciones. Conceptos como kompromat, información comprometedora y a menudo falsa que se utiliza para destruir la imagen pública de adversarios políticos (recordemos hace poco la foto trucha publicada por Ana Lía Piñeyrúa, en la que aparecía Tabaré Vázquez, incluido mediante Photoshop, en el acto de asunción de Juan María Bordaberry), o el astroturfing, término con el que se conoce una práctica de propaganda porque se simula que un concepto publicitario político sería la opinión de grupos sociales o individuos reales, son formas actuales de la comunicación política. Y no deberían ser ignoradas o subestimadas.

Con trolls y bots cargados de rumores, kompromat y astroturfing se puede poner a Trump de presidente, pero también a Macri, a Temer y a sus émulos locales. La tecnología está. La plata, también. Y la oportunidad. Sólo lo impide la decencia. Y ya sabemos que la decencia es muchas veces la variable de ajuste en la lucha por el poder.

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