Una de mis alumnas, llamada Ester, que pronto cumplirá 79 años, mencionó el otro día en clase la capacidad del ser humano de reinventarse a sí mismo y de explorar en sus propias posibilidades. Dijo que no cualquiera se atreve a hacerlo, pero que para algunos es posible vivir tres o cuatro vidas en una, en lo que a elecciones laborales y vitales se refiere. Paseé la mirada por el salón de clase y no me quedó más remedio que asentir. Ninguno de mis alumnos de ese curso de historia -todos son profesionales jubilados, gente valiosa y múltiple, cuya memoria es un pozo sin fondo, vale la pena aclararlo- baja de los setenta años y son la prueba más palpable de que en este mundo se pueden dar uno, dos o más giros al destino en el devenir de una sola existencia. A todos les interesó aprender historia después de retirarse, por ejemplo. Pero también aprenden danza, literatura, filosofía y hasta astronomía. Organizan paseos y excursiones, almuerzos y tertulias. ¿De qué planeta son? De este. Las palabras de Ester sobre el asunto de reinventarse a sí mismo no me causaron el menor asombro. También yo he sido siempre una obrera de mi propia suerte y he dado uno que otro giro tan radical que todavía me está causando vértigo. Me recibí de profesora de historia a los 22 años, cuando me quedaba casi todo por saber. Era y me sentía una ignorante con título, pero apenas abandoné las aulas del Instituto de Profesores Artigas me integré a un grupo de estudio y uno de nuestros primeros temas fue la figura y la obra de Simón Bolívar. Ingresé a Bellas Artes y me recibí de dibujante en Artes Gráficas en UTU. Diseñé varias tapas de libros, creé el logo de la revista Graffiti y le vendí dos o tres pinturas a un porteño con pinta de tanguero del 900, que me citó en un bar del Mercado del Puerto y las estudió con ojo clínico antes de pagarme una miseria por ellas. Más tarde me recibí de abogada y ejercí la profesión durante varios años, hasta que me salió al paso la escritura… ah, y además soy profesora de solfeo, tejo al crochet y participé en algunos espectáculos musicales -como recitadora- al lado de la talentosa cantautora Erika Busch. Veo casi a diario historias tan o más variopintas. Algunos llaman a esto la reinvención de sí mismo. Yo lo llamo el arrojo existencial. Ya el hombre del Renacimiento se caracterizaba por poseer las más variadas dotes para lo que se presentara. El caso de Leonardo da Vinci es paradigmático y excepcional. No sólo fue un pintor mayor, sino que se destacó en arquitectura, anatomía, paleontología, botánica, escultura, música y poesía; colocó los cimientos de la ingeniería moderna en sus múltiples vertientes, diseñó aparatos voladores, catapultas y otras máquinas de guerra para sus mecenas, y para colmo fue cocinero y organizador de fiestas, al modo de los wedding planners de hoy día. Para la fastuosa boda de Ludovico Sforza con Beatrice del Este, duquesa de Milán, diseñó una especie de pérgola de jardín, enteramente hecha de bizcochuelo -incluso las columnas y barandas-, pero no pudo terminar la obra porque fue devorada por las ratas. El ser humano siempre ha tenido la capacidad de crearse y reinventarse a sí mismo. La lleva en el alma y en los huesos, aunque a veces no puede, no quiere o no se atreve a tirarse de cabeza al agua y nadar rumbo a lo desconocido, salvo que lo obliguen. Los frenéticos cambios de la tecnología, en la era digital en que vivimos, propician con demasiada frecuencia esta última opción. Hay que reinventarse, por deseo trascendental o por descarnada necesidad. Cuando el Homo habilis logró hacerse de un palo para pegarles en la cabeza a sus semejantes y talló las primeras piedras destinadas a la cacería, se estaba reinventando, aunque el cambio frenético al que me referí antes nunca se había dado en la historia con la magnitud del presente. Y no solamente los individuos se transforman; también las instituciones. Para empezar, las personas vivimos más actualmente, y por eso se está hablando de aumentar la edad para jubilarse, así como los años de trabajo. Todos los Estados buscan puntos de fuga para eludir o para minimizar esa terrible imposición de mantener a la gente hasta el fin de sus días. Los cambios repercuten también de otras maneras. Desde hace unos años se viene hablando de las famosas reconversiones laborales. El analista español Bernardo Crespo habló hace poco, en un evento empresarial, sobre la transformación digital; señaló que, en lo personal, le tocó parar y reinventarse. Entre otras reflexiones dignas de comentarse, mencionó la “ataraxia digital”, que consiste en el arte de recuperar la calma frente a un estado de continuo cambio o “encontrar el disfrute en la montaña rusa”. Agregó que “por primera vez tenemos ante los ojos la gestión de la incertidumbre a nivel vital para todos nosotros”. En esto me permito discrepar. Me parece, más bien, que la incertidumbre vital es una constante que nos ha acompañado siempre. Ya los legionarios romanos, que antes de ser guerreros eran campesinos, al regresar de sus campañas militares encontraban su tierra arruinada y tenían que buscar otro rumbo. Odiseo, el héroe mítico de Homero, encarna la alegoría de la búsqueda vital en sus infinitas posibilidades. Eneas, el héroe de Virgilio, abandona Troya y busca llegar a la Roma legendaria, y por el camino debe abordar mil y un desafíos, y más próximo a estos lares está Diego, actor de teatro, guitarrista, dibujante y cultor de la poesía criolla, que optó por irse a vivir a una pequeña villa del interior y hoy vive de vender pizzas caseras. La filosofía contemporánea ha tomado este asunto con una profundidad que seduce y aterra a la vez. Como las buenas novelas, la buena filosofía nos interpela y desnuda aquello que más nos preocupa. El alemán Heidegger exploró la relación del ser humano con el instante fugaz y con cada momento de su existencia, esquivo y a la vez determinante, que se desarrolla siempre en ciertas condiciones. Un estado de ánimo, un lugar, una hora y una fecha, un rostro, un paisaje, un deseo, un proyecto, un recuerdo que se creía perdido, una idea transformada en obsesión creadora, un nuevo amor, una lágrima, un encuentro y una despedida. Esto es lo que el español José Ortega y Gasset -discípulo de Heidegger- llamó “circunstancias”. Para Heidegger no es posible pensar al ser humano sin tener en cuenta su estado de finitud, de ser para la muerte, que por un lado lo condena y por el otro lo eleva, en la medida en que le muestra el ancho horizonte de la vida y el espectro de sus posibilidades. Toda la historia humana, entendida como el paso por la existencia, es la historia de lo que hacemos o no hacemos, de lo que elegimos o dejamos de elegir. No somos una línea recta trazada en la arena por la mano de algún dios implacable. Somos, en todo caso, la ola que viene una y otra vez a borrar esa línea y a crear un diseño eternamente renovado; somos el dasein, el ser arrojado ahí, en el mundo, librado a sus propios recursos e interpretaciones. Somos el ser para la muerte, pero esto mismo nos lanza a la aventura de vivir y al incomparable desafío de buscar, sin descanso posible, la completitud de la existencia. Y es por eso que Diego hace pizzas caseras, mira el horizonte verde, respira y está en paz, por lo menos hasta que acuda a visitarlo un nuevo desafío. Y es por eso que Ester, que pronto cumplirá 79 años, está haciendo danza, organizando su próxima excursión y pensando, incluso, en escribir un libro.
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