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Editorial

La pinza y el odio

Por Leandro Grille.

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Caras y Caretas Diario

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A la una de la tarde, escoltada por legisladores, ministros y otras autoridades, la candidata a la Intendencia de Montevideo por la coalición multicolor, Laura Raffo, ofreció una conferencia de prensa que se convirtió de inmediato en una nueva cadena de radio y televisión. Esta vez, el cometido de su mensaje fue protestar por la decisión del Frente Amplio de no debatir, sin mencionar que ninguno de los candidatos multicolores a las intendencias del país donde marchan como favoritos va a prestarse a un debate con sus competidores. Lo más interesante de la comparecencia de Raffo fue la confirmación de la estrategia de pinza que ejecuta la coalición para enfrentar a la izquierda. En un extremo, todo el gobierno participa de la campaña electoral promoviendo a su candidata, más allá de cualquier limitación legal o simple decoro democrático y, en el otro, toda la prensa amplifica esa campaña y golpea sin descanso al Frente Amplio y a sus candidaturas.

La pinza, como táctica militar, es bien conocida, y su aplicación en la política es antigua. Se trata de  un movimiento de encierro para disponer del adversario por ambos flancos. La izquierda también ha sabido utilizarla, tanto en la disputa por el poder del Estado como en su ejercicio, para lograr avanzar posiciones ante los representantes del capital. La pinza, para la izquierda, es la articulación entre el partido político, o bien el gobierno, y el pueblo organizado en las herramientas del movimiento social, en sus formas diversas.

Hay que relativizar, entonces, esa afirmación extendida de que este gobierno comunica bien porque cualquiera comunica bien cuando cuenta con todos los medios. Y hay que relativizar aquella crítica visitada de que el Frente Amplio hizo muchas cosas, pero comunicó mal, porque por más que hubiese recurrido a las mejores agencias de publicidad, es casi imposible comunicar sin medios. Los gobiernos del Frente hicieron mucho por mejorar la vida de la gente y entre los múltiples errores que cometieron, no cabe adjudicarles su incapacidad para el autobombo porque la información o la propaganda estaban fuera de su alcance.

Ahora bien, este gobierno cuenta con la connivencia de los grandes medios y, en consecuencia, el dominio global de la agenda. Semejante control de la comunicación de masas se traduce en una gran responsabilidad sobre el discurso público. ¿Para qué utiliza su control de la agenda? Por el momento el gobierno no comunica logros. Así como antes, en la oposición, la derecha no comunicaba ideas genuinas, más allá de vaguedades de consenso y prédicas de autoayuda. El centro de su discurso es la defenestración de la izquierda y de sus dirigentes. Algo así como el insólito segundo artículo que le agregaron a la Rendición de Cuentas para decir que la aprobaban -¡bueno fuera otra cosa!-, pero que lo hacían señalando que repudiaban la gestión anterior y hasta la condenaban. En esos términos.

Ese discurso sostenido de rechazo a la izquierda, esa campaña permanente para instalar que los anteriores gobernantes hicieron todo mal, malgastaron los dineros públicos, sobreendeudaron al país y que todos los logros que reconoce todo el planeta eran mentira, acompañados de ni una sola prueba, busca construir odio en el seno de la sociedad. Y, a la vez, pretende desviar la atención pública de los problemas de la realidad hacia un pantano de auditorías, denuncias cinematográficas y escándalos fabricados para el enchastre.

Mientras tanto, continúa en marcha un programa de ajuste feroz que abarca todos los incisos del Estado, incluyendo la alimentación escolar, las políticas sociales, la educación pública, las inversiones de las empresas públicas, los salarios, las jubilaciones y hasta las transferencias a los municipios.

El odio, multiplicado en las mentes vulnerables a la intoxicación, produce consecuencias sociales graves, además de desplazar la agenda de los verdaderos problemas que impactan sobre la vida cotidiana de la gente corriente. Es el odio el trasfondo de las agresiones contra militantes, como las ocurridas en Salto esta semana, y es el odio irracional el mayor perturbador de la discusión pública.

No hay ninguna posibilidad de discutir ideas si no para la manija de la denostación. Ese terreno no conduce a nada más que a la violencia. Pero, además, es un terreno que impide que la sociedad se concentre en los problemas que está sufriendo, porque ante una embestida de esta naturaleza, no queda otra que defenderse de los ataques todo el día y todos los días.

Hay pocas cosas que conciten acuerdos amplios, pero si hay uno que es inmediato, es que la política económica del ajuste no va a producir un shock de bienestar en la sociedad. Eso lo saben el gobierno y la oposición. Con ese panorama, es evidente que el gobierno no puede dedicarse a mostrar lo que hace porque sería como pegarse un tiro en el pie. Es imposible convocar al pueblo para festejar un ajuste, esgrimiendo consignas triunfalistas del tipo “¡Bravo, bajamos el salario real!” o “¡Festejen, uruguayos, que achicamos el presupuesto de la Universidad!”. Pero más allá de esa dificultad propia de un gobierno neoliberal, bien podrían dedicarse a prometer un futuro venturoso o algo por estilo y no a ser militantes de la bronca contra sus adversarios. Ese camino de agresiones sistemáticas, en prime time, va a pudrir todavía más el clima político y social y sus consecuencias pueden ser nefastas para la convivencia en este rincón donde vivimos todos.

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