Si la cara fuera el espejo del alma, Ignacio de Posadas tendría un lugar asegurado en el infierno. Sin embargo, la cara es de lo mejor que tiene, porque me temo que el alma es aun peor que lo que se ve a simple vista. Ignacio de Posadas Montero tiene, no obstante, una virtud que lo hace casi insustituible: dice la verdad oligárquica sin pelos en la lengua, al contrario de tanto dirigente aguerrondo-lacallista que finge buscar el bien público. De Posadas quiere una revolución de los ricos que les transfiera toda la riqueza posible y lo dice sin problemas. Y no sólo lo dice, también lo hace, porque De Posadas reza cada mañana, de espaldas a Dios y de cara a don Dinero. Cuando era joven, fue alcahuete y hasta chofer de Wilson, el caudillo que quería la reforma agraria, la nacionalización de la banca y la del comercio exterior, y que anatemizó como nadie la existencia de sociedades anónimas en el campo. Si algo decía con claridad Wilson, era que la relación entre la tierra y el hombre que la cultiva era indisoluble y que jamás podía existir como intermediario una sociedad anónima. Tuvo que venir el gobierno de Lacalle Herrera para imponerlas. E Ignacio de Posadas olvidó sus tiempos de amanuense para convertir su estudio en una fábrica de Sociedades Financieras de Intermediación (SAFI), sin moral alguna, organizadas para ocultar a sus beneficiarios finales, para la evasión fiscal y el lavado de activos, a las que él mismo definió como “cuchillos, que depende del dueño, el uso que tengan”. Y de alcahuete de Wilson pasó a ser su mayor detractor, burlándose -por supuesto a casi 30 años de su muerte, cuando el caudillo no puede darle el tratamiento que le hubiera dado de estar vivo-, diciendo en el filme Wilson, de Mateo Gutiérrez, que “Nuestro compromiso con usted” fue “un mamarracho hecho por unos contadorcitos”. Esos contadorcitos eran José Pedro Laffitte y Mario Bucheli, gigantes de la Academia y la acción política, destacados luchadores contra la dictadura, a los que él no llegó a la suela de sus zapatos. Pocos representan mejor que Ignacio de Posadas -acaso su amigo Ángel María Gianola- lo que es el aguerrondo-lacallismo. Ignacio de Posadas es un enemigo jurado del Estado. Eso no le impide beneficiarse de él en todo terreno y tampoco le impidió aprovecharse de una abultada exoneración fiscal (que el Ministerio de Economía de este gobierno nunca debió otorgar) para construir su lujosísimo estudio en la calle Mones Roses en el paquetísimo barrio de Carrasco. El “revolucionario” Nuestro anterior editorial habló del propósito restaurador de la “contrarrevolución conservadora” que alienta Ignacio de Posadas en sus editoriales de El País. Pocos días después, en las mismas páginas, lloriquea lamentándose de que la tan deseada epopeya apenas si quedó en una “revuelta” sin consecuencias y se decepciona, augurando tiempos aun peores. El artículo salió el sábado pasado en El País y comienza con cierto desaliento: “En mi anterior [artículo], comentando el fenómeno de la erupción ‘autoconvocada’, señalaba su gran potencial transformador, al intuir que el Estado uruguayo no se soporta más, pero también el riesgo de que se agotara en una mera revuelta, contenida por el gobierno. Todo parece indicar que eso es lo que va a ocurrir”. Algo, sin embargo, reconoce De Posadas: “Fácil es juzgar sentado en la tribuna (o frente al televisor) y, además, nadie soy yo para dictar sentencias, pero me desespera ver algo valioso escurrirse como el agua sobre la arena. Por lo que me animo a criticar. En una buena. Porque todavía se está a tiempo para rescatar la ‘revolución’. El camino no será el de más reuniones con el gobierno. Habrá que hacerlas, pero de allí no vendrán las soluciones”. Las soluciones para De Posadas están en su programa neoliberal, reaccionario, antiestatal y retaurador. El mismo sólo se puede alcanzar si los reclamos y las demandas de los llamados “autoconvocados” alcanzan dimensión política y si la “revuelta” reivindicativa adquiere características tales que devuelvan los privilegios a las clases dominantes y reduzcan los beneficios que en estos años han adquirido los trabajadores, los jubilados, las capas medias y los pequeños y medianos productores y empresarios de la ciudad y del campo. Para esto, De Posadas propone privatizar las empresas y los bancos del Estado, reducir el papel de la salud y la educación públicas, achicar el Estado, congelar el presupuesto de manera que la carga impositiva se torne más injusta, reducir las atribuciones de los poderes Ejecutivo y Legislativo, congelar los sueldos de los funcionarios públicos, reducir los derechos de trabajadores eliminando los Consejos de Salarios y permitiendo la negociación por empresa. “El problema de fondo de nuestro Uruguay -dice De Posadas- no es político. Sería menos problemático. Es cultural: una cultura conservadora, igualitaria, utópica y voluntarista, en cuyo carozo está el Estado, a la vez bastión y herramienta de esa cultura”. Por eso De Posadas quiere atacar el corazón del problema, esa hegemonía cultural del llamado Uruguay batllista que considera al Estado escudo de los débiles y que promueve un pensamiento laico, progresista, reformista e igualitario. Por eso, advierto que la derecha viene por todo y que es ingenuo creer que todos los blancos y colorados admiten los límites que imponen las instituciones democráticas. Hay pitucos con mucho poder que convocan a la contrarrevolución y que se desalientan pensando que algunos aún no perciben que inexorablemente se están perdiendo los privilegios de una clase que se creyó dueña del país. De Posadas y los dueños de El País ya no aguantan más y se desesperan, y en lugar de beneficiarse con una psicoterapia, escriben e imploran a Dios por una recontrarrevolución. Pero no hay que menospreciar a estos señores porque tienen mucho poder y es evidente que hay algunos de ellos que no aguantan más y están, como bien reconocen, desesperados porque el Frente Amplio aspira con muchas posibilidades a un cuarto gobierno. Ojo con menospreciar esta advertencia porque no hay peor ciego que el que no quiere ver.
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