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Sociedad

La resurrección de Eduardo Bleier

Por León Lev.

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Caras y Caretas Diario

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Hace unas semanas se desenterró un nuevo cuerpo en el Batallón de Infantería Nº 13, tristemente conocido durante la dictadura como “300 Carlos” o “Infierno grande”.

Tras ser enviados dichos restos al Equipo de Antropología de Córdoba (Argentina) y luego de cotejarlos con el catálogo de ADN de ex presos uruguayos, se confirmó la identidad: Eduardo Bleier Horowitz, detenido desaparecido emblemático de Uruguay, quien fuera secretario nacional de Finanzas del Partido Comunista de Uruguay.

Fue detenido en octubre de 1975 en la vía pública como parte de la “operación Morgan”, cuyo objetivo era destruir el Partido Comunista y hacerlo desaparecer por 100 años.

Bleier era padre de cuatro hijos, Irene, Carlos, Gerardo y Rosana. Poseía una personalidad fuerte, de gran temple, de convicciones profundas; integraba la Dirección Nacional del Partido Comunista de Uruguay.

Luego de largos meses de prisión, quedó en 1976 como detenido desaparecido; almas errantes, sin que se supiera su real destino.

Quienes estuvieron junto a él, encapuchados, colgados, torturados, lo recuerdan con un temple invencible. Corajudo, firme.

Lo torturaron salvajemente. Querían obtener las fuentes de los recursos del Partido Comunista.

El fascismo es tortura, vejación, violaciones, pero también es botín de guerra, obtener propiedades, vehículos.

Uno de los hechos mas dramáticos era que ponían a los presos, encapuchados, a hacer el “trencito”. En determinadas circunstancias hacen que los presos escarben en la tierra; debajo, en un pozo, estaba -ensangrentado- Eduardo Bleier. A esa tortura la llamaban el “ghetto”.

Hay un relato de alguien, cuando quedaban alrededor de 200 presos: “Estábamos de plantón, el agotamiento físico y mental eran enormes. De pronto llega la orden, podemos dormir en el piso. Nos despertamos cuando llaman a Eduardo Bleier y le gritan: ‘¿Vas a hablar hoy?’. Bleier se pone de pie y con voz clara y fuerte, contestó: ‘Con ustedes no tengo nada de que hablar ‘.

En ese momento, los carceleros se ponen como locos y empiezan a gritarle de todo y se lo llevan arrastrando y con una brutal golpiza, que apenas pudimos ver debajo de nuestras capuchas. A los gritos lo interrogan los militares: ‘¿No dijiste ayer que ibas a hablar hoy?’. LLovían los insultos y golpes.

La respuesta fue: ‘Les dije que iba a hablar para que levantaran el plantón’, que llevaba días, y los enfrenta con firmeza: ‘Con ustedes no tengo nada de qué hablar’.

Contundente, categórico, desafiante.

Se lo llevaron; en el camino le iban dando una brutal paliza y en medio de los insultos se escuchaban los golpes y las patadas que le propinaban.

Nunca lo volvimos a ver o escuchar.

Algunos piensan que fue su ultima jornada”.

43 años después -ya llevamos 35 en democracia-, la tierra nos devuelve los restos de Eduardo Bleier.

Parece increíble.

Inventaron la “operación zanahoria” para desestimular su búsqueda.

A la Comisión para la Paz del año 2000 (gobierno de Jorge Batlle) las FFAA hicieron llegar un informe que decía que los habían desenterrado, cremado y sus restos, tirados al mar.

Pero la mentira fracasó y 19 años después, aparecen sus restos; el cuerpo casi desnudo, con las manos atadas hacia adelante. Las causas de la muerte están determinadas por los golpes recibidos. Su deceso, por efecto de las torturas.

Eduardo Bleier sintetiza una generación de mujeres y hombres que lucharon contra el nazismo y el fascismo del siglo XX. Hicieron de la pasión política su razón de ser. Buscaban cambiar el mundo: nunca más fascismo, nunca más dictaduras. No buscaban enriquecerse, sino construir un mundo más justo, sin guerras, donde el hombre no fuera el lobo del hombre.

Militante político democrático, comunista, frenteamplista, humanista. De familia judeo-religiosa, provenientes de Hungría, llegaron sus padres, corridos por el hambre y el antisemitismo, para salvarse del Holocausto, de los campos de concentración y los crímenes masivos que se llevaron seis millones de vidas.

Tenía dos pasiones: la música, le gustaba tocar el violín, que aprendió y se ejercitó; y la odontología, que dejó ya en una etapa avanzada de su carrera para dedicarse por entero a la labor partidaria.

Ponía toda su pasión, su entrega y sus argumentos para desarrollar la labor financiera: “Ninguna de las tareas que el Partido requería se debían dejar de hacer por falta de recursos”.

“Al Partido lo financia el pueblo”. Cientos de militantes dedicaban sus energías a obtener su recursos para financiar su propaganda, su funcionamiento, sus locales, sus funcionarios.

No era un “funcionario gris”, como lo quiere describir la propaganda anticomunista. Era un ser humano a carta cabal. Capaz de construir una familia, vivir con deleite los placeres de la vida, pleno de humanismo, amor y fraternidad.

Alto, de ojos claros, mirada penetrante, ademanes enérgicos, era un volcán humano para argumentar sus razones.

Le decían el Ruso, pero era un judío húngaro-uruguayo.

Su “aparición” fue un estruendo en la sociedad uruguaya. Fue una verdadera “resurrección”. Rompió el silencio de los que decían que había que “dar vuelta la página”. Si hubiera triunfado la tesis de la impunidad, nunca se sabría la verdad y tendrían vida cualquier tipo de teorías.

Ya aparecieron seis desaparecidos: Roberto Gomensoro, Ubagesner Chávez Sosa, Fernando Miranda, Ricardo Blanco, el maestro Julio Castro y Eduardo Bleier.

Seguirán apareciendo y los seguiremos desenterrando.

Habrá un velatorio público en el Paraninfo de la Universidad de la República apenas las autoridades judiciales liberen el cuerpo.

La sociedad uruguaya está estremecida. El dolor y el horror recorren la república. Pero las nuevas generaciones tendrán referencias humanas sobre cómo se defendió la democracia y, a pesar de la barbarie autoritaria, el ser humano vence sobre la irracionalidad y el exterminio.

El triste destino de Eduardo Bleier seguirá siendo un faro para las nuevas generaciones. Un grito de nunca más dictaduras.

Una exigencia de construir democracia plena, sin exclusiones, en la que los seres humanos tengan derecho a la vida digna.

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